miércoles, 9 de agosto de 2023

Una canción escrita por mí en el 2015 llamada "Grima"

 



Entre montañas joven me fermenté
Constantemente me prendí.
Cóctel de miedos, tragos de lucidez
Sombríamente, sombríamente igual
Vulgarmente igual
… cuánto me pesa al despertar.
 
Sobre la cama otro íntimo error
Humanamente dije sí
Mal de apariencias
Egoísmo para dos
Sombríamente, súbitamente el sol
Brilla con estrés
… Cuánto me pesa al despertar
Sombríamente igual
… el sol se asoma con estrés
 
Entre montañas joven me fermenté
Entre placeres me evadí.

domingo, 6 de agosto de 2023

Sobre un cuento de Ana María Maya

Foto de Luis Cano/Agosto de 2007

Año 2007. Me llega a Messenger un mensaje de mi amiga de MySpace Ana María Maya: había escrito un cuento y quería saber si yo estaría dispuesto a leerlo. Por esos días yo estaba obsesionado con William Burroughs, con Stone Temple Pilots, con el unplugged de Alice in Chains, con Juanita Dientes Verdes, y con Bazuka! (agrupación de la cual yo era el bajista). Mi estilo de escritura – bajo el seudónimo “El Bailarín Sin Son” - tendía al grunge y a la fantasía enfermiza: escribir era expresar mi interés por la heroína, los ácidos, las metanfetaminas, todas sustancias de las cuales supe abstenerme a pesar de lo próximas que llegaron a estar. Mataba personajes en tramas que supuraban narcisismo y autocompasión, y esos personajes eran impulsos, imágenes, voces apresadas en un hedonismo sórdido que yo me aseguraba de representar a fuerza de cada vez más rebuscados adjetivos (hipnotizado por la música del discurso que sabía entonar Martín de Francisco en sus entrevistas noventeras). 

El cuento de Ana María se llamaba Entre cigarrillo y cigarrillo, y al leerlo sentí rabia. Quedé desecho. Era yo el que se presentaba a sí mismo como "un escritor". Era yo quien no paraba de ufanarse de haber escrito textos, reportajes y crónicas para la Universidad y la prensa local. Era yo quien se permitía beber aguardiente hasta perder la consciencia y quedar a oscuras, inscrito en esa urgencia estética que era mezcla de cómodo escepticismo, labia y malditismo. Y ahora, aparecía ella, fácilmente (o al menos así lucía), y me enseñaba cómo narrar algo de un modo tierno, amable y respetuoso con los personajes; sin afectaciones - siempre innecesarias -; sin usurpar la intimidad a favor del drama, y a través de gestos y diálogos verosímiles. Cerca del final (el cual es precioso porque queda abierto y le da vía vital a los protagonistas) hay una joya: “…y el sofá se hacía cada vez más pequeño”; esta insinuación la fui comprendiendo mejor con los roces y los romances y, me parece, es tan bella como precisa. No recuerdo qué le dije una vez lo leí; tal vez diluí el profundo impacto en la extravagancia o el mero elogio; el caso es que si antes ella me gustaba, ahora no podía sino gustarme muchísimo más, y esto me hizo sospechar de que, quizá, mi experiencia, este goce estético, estaba velado por la atracción y el apasionamiento.

Año 2017. Octubre. Recién comenzaba a darle forma al libro que publicaré próximamente. Revisando las ideas que había extraído de los computadores viejos, me reencontré con el cuento de Ana María. Volví a disfrutar de la suavidad de su poderosa narrativa. Comprobé que el cuento me fascinaba independientemente de los factores personales. El valor que tiene para mí es el de una enseñanza, enseñanza que cuenta con un significado especial, que destaco y que deseo compartir, primero, porque proviene de una fuente viva, fraternal, directa, y, segundo, porque surge de una niña que quiso escribir algo por íntima necesidad, sin mayores pretensiones literarias. Lo que este cuento logró en mí fue convencerme de que no toda obra debe incluir tragedias, ni peleas, para ser deleitoso y estimulante, y que “conflicto” no es sinónimo de “dolores”; las ruinas de la cotidianidad como única fuente cierta y digna de belleza: los clichés son clichés porque, además de ser genuinos y exquisitos, bien supieron ganarse su lugar.

Persona que llegas a estas líneas: espero que lo disfrutes tanto como yo.


Entre cigarrillo y cigarrillo

por Ana María Maya.

Era una tarde como las otras, de esas que no se prestan para pensar mucho, esperadas, prevenidas; predecibles. Su ropa se veía desgastada y el maquillaje, ya corrido, dejaba mucho qué desear. Entró a la casa agitada, con el cigarrillo en la boca, las llaves en una mano y una bolsa en la otra; con las tristezas que los años habían guardado en ella y la sonrisa cansada que la acompañaba a diario. No tenía mucho por hacer; las pocas cosas que hacía las hacía inconscientemente, su vida era una rutina casi sagrada que seguía al pie de la letra día a día, llena de monotonía, cigarrillos y café. No dudó, se sirvió una taza de café frío mientras saludaba a su gata anciana y gorda y se sentó en el viejo sofá que albergaba monedas, pelusas, y uno que otro pedazo de comida y que nunca se había atrevido a limpiar. Repasó algunas páginas del periódico local y recorrió, como solía hacerlo, las esquinas de su aparta-estudio.

- No estaría mal una capa de pintura - Se dijo como todas las tardes a las 6. Sabía, igual, que nunca tendría con qué comprar pintura, y que también, le faltaba ánimo y determinación. Acarició a su gata mientras le daba una larga calada al cigarrillo y se dirigió hacia su habitación caminando lento como lo hacía siempre. Cuando estaba a punto de dormir recordó que no había comprado pan y como nunca antes decidió pararse y salir a buscar; lo que la sorprendió. Cerró la puerta de su pequeño apartamento y se sumió en la oscuridad de una noche que se aproximaba, acompañada solamente de cigarrillos y una vieja chaqueta de cuero.

 

Él, en cambio, caminaba sin rumbo fijo, divagando en las calles oscuras que recorrían la ciudad. La decepción lo acompañaba pero cada paso era firme a pesar de su inseguridad. Su historia era más simple y común. Engaños, mujeres y tequila; esas cosas que nunca faltan en la vida de un hombre de clase media que no ha encontrado el amor a pesar de dormir con una mujer.

- Nunca había estado tan llevado del carajo – pensó mientras tropezaba con una piedra y escupía al cielo palabras no muy agradables de escuchar.

Él era joven, y estaba bien vestido. Había apagado el celular y aflojado su corbata. En sus ojos negros se veía el engaño, la tristeza. El corazón le latía rápidamente y se sentó un rato en una esquina debajo de un farol igual de triste que él. Al poco rato, se sentó ella a su lado. Ya había empezado otro cigarrillo y al verlo ahí, sin dudarlo, le ofreció uno.

- Tenga, le va a hacer bien, siempre hace bien. - Le dijo.

Él, desconcertado y con los ojos bien abiertos lo recibió agregando

- Los médicos no dicen eso; hm… los médicos no decimos eso -

-Por eso es que está así, ¿ve? - repuso ella en un tono sarcástico y luego rio.

Él ignoró aquel comentario y miró al piso ya fumando. Ella, en cambio, lo observó fumar, se sentía renovada; un sentimiento extraño la invadió. El simple hecho de verlo la hacía enloquecer y con cada calada él se adueñaba de sus ojos tristes. Nunca había visto a alguien fumar con tanta pasión y por un momento sintió envidia y ansiedad. Encendió otro cigarrillo.

La bolsa de panes empezó a pesarle y el cigarrillo se esfumó rápidamente. Fue poco después que la lluvia decidió acompañarlos.

Ella, dándole otro cigarrillo lo invitó a su apartamento; la lluvia, seguramente, dejaría de molestarlos. Él respondió con un “de acuerdo” marchito y mojado. Ella entró primero, esta vez menos agitada, con su cigarrillo y completamente mojada. Él la siguió sin vacilar.

- ¿Otro cigarrillo? ¿Café? ¿Periódico? - preguntó ella.

- Café, café estaría bien - contestó él con la mirada perdida.  Ella rio mientras se dirigía a la cocina por el café y descargaba la bolsa de panes.

- Tenga, lo calentará un poco, sólo un poco.

Él sonrió, por primera vez en toda la noche, y recibió la taza vieja. Bebió todo el café y de repente se encontró sentado en el sofá.

- No estaría mal una capa de pintura - dijo él tras un largo silencio pero luego maldijo por haber pensado en voz alta. Ella sólo lo miró y luego rio casi por minutos. Nunca recordaba haber reído tanto. Asintió con la mirada y con su cigarrillo en la boca, observando sus ojos; negros como la noche.

Después; se perdieron por horas en el recuerdo de sueños casi marchitos y el sofá se hacía cada vez más pequeño. Eran sólo dos almas mojadas por las lágrimas de los engaños que la vida misma les había brindado.

Amaneció después de una noche larga empañada por la lluvia.

Ellos, después de tomar un café, salieron a comprar pintura blanca y una nueva cajetilla de cigarrillos.

Es inútil contar lo que pasó después. Basta simplemente con un día lluvioso, un cigarrillo y un buen café para saberlo, imaginarlo y hasta poder vivirlo.

sábado, 22 de julio de 2023

Surrender traduce "rendirse" pero yo creía que significaba "sorpresa"

 


Vuelco al futuro todas las imágenes. Alguna tarde, sostendré en mi índice una gota de miel y le diré: "ya conozco a alguien a quien no le gustas... prefiere la panela".  El corazón también es un músculo: la lesión se resolverá con quietud, pero, ¿a dónde migrará el cariño? ¿Será que es un llamado para que deje de actuar como hijo pródigo con la música de Andrés Calamaro y de Charly García? ¿Una invitación para que los escuche de igual forma durante los misterios gloriosos que entonan los comienzos de toda relación de pareja? ¿A dónde va esto, esto que a veces es dolor en las sienes, a veces grumo de insomnio o acidez gástrica? Más que un cliché, mi respuesta es un mantra, un sonido al que vuelvo luego de la dispersión, y que proviene de Demian de Hermann Hesse: las canciones son destinos, pues sentimiento y destino son una misma cosa:

Más, mucho más que conjugar dos imposibles.

Más, mucho más que desgastar los adjetivos.

Más, muchísimo más será para mí confiar y escribirte:

No es tan fácil aceptar un adiós definitivo.


Tú, igual que tú, el cielo también se desviste en lluvia.

En desenfrenos de abismos, en desolación de día festivo.

Encenderás el milagro que surge a través de la angustia.

Libre, libre de mitos, ante el altar de mis delirios. 


Tú, ni hoy, ni después.

Cuesta creerlo aún: es duro perder.

No, no, no te dejaré.

Cuesta entenderlo aún: me transformaré…

Y sembraré colores vivos.

De tanto querer, no habrá vestigios.

domingo, 18 de junio de 2023

El "no" que anticipa; el "no" que crea.

 


Escribir acerca de los días en que me he impuesto no escribir. Escribir acerca de mi relación con la escritura, de los diferentes momentos, de la diversidad de los registros. Decir que durante mucho tiempo busqué en la diaria escritura un desahogo que me permitiera descansar; confesar que en el agite de las jornadas, mi obra consistía en simples notas. Sí: para mí, escribir fue anotar y anotar. Luego, un luego inespecífico, casi inesperado e involuntario, movido por el mito del día glorioso, de la sublime mañana, me sentaba a darle sentido a esas notas. Después volvía a mis rutinas, a los memes, a la informalidad. Aún así, y debido a que la palabra manda, el estado de mis registros desbordó sus límites: ahora me gusta pronunciar palabras desde antes preparadas con atención, no de editor, sino de poeta. Es cuestión de seguir el pulso adecuado. Cuando saludo al de la tienda, mientras explico un tema en clase; en toda acción, cuido de mi palabra desde el ritmo y su color, y no solo para no romperla, sino principalmente para mantenerme en un estado que antes era exclusivo del acto de escribir. Thomas Mann ha logrado lo suyo en mí: me visualizo y ya no me concibo como una sombra jorobada apurando ocurrencias, o logrando astucias semánticas o sintácticas sobre el teclado de un computador. En la sabana del hoy, me reconozco como un ser hecho de viento y éxtasis, habitante de eso que algunos críticos literarios han nombrado "la llanura poética en La Montaña Mágica". La advertencia ahora es diagnóstico y tema de otro texto: internet nos roba la intuición.

martes, 16 de mayo de 2023

Acerca de la corrupción y la lúcida inocencia

 


La corrupción sistemática no solo roba de manera constante el dinero y los recursos públicos, sino que además roba nuestra confianza en las instituciones y en los Gobiernos. La impide, la nubla, y sin esa confianza, sin esa lúcida inocencia, es imposible cualquier tipo de relación, así el imponente andamiaje de la democracia nos inste a creer lo contrario. La desconfianza es un peso insoportable: los aldeanos no celebraron cuando el pastorcito mentiroso les contó que esta vez el lobo sí lo había robado. También fueron víctimas, también sufrieron, al darse cuenta de que, entre burlas, ese pastorcito, ahora arrepentido, les había robado su capacidad de creer.  

jueves, 4 de mayo de 2023

Tu terapeuta puede estarse equivocando




Me encanta que me espíes y hacerte creer que no me doy cuenta. Es un hecho: prefiero llamarte audiencia; incluso, comensal. Notarás que con este blog y mi Instagram público me he propuesto a facilitarte la labor, este gustico de odiarme de cerca. Cuando te encuentras con alguien más y en el azar de la conversación me critican, acordando fácilmente los motivos que demuestran por qué es bueno y sano alejarse de mí, yo también estoy ahí, junto a ustedes, celebrando, porque - y sé que te puede costar visualizarlo - en ese diálogo están elevando una oración, una petición con la que intervienen a mi favor. El amor no se destruye: solo se transforma. Y son este tipo de frases mías las que más aborrecen, y me encanta hacer el ridículo con ellas, pronunciarlas como un llamado a que me sigas detestando: es una buena manera de poner a trabajar a mis amuletos. Me encanta lavarme con el hate que derramas sobre Las Deseo, sobre el libro que escribí y que te prohibirás leer; ese castigo que tiernamente impones porque te abandoné en el rincón más agreste de mis afectos: también me encantó someterte. Tu conducta de hoy hacia mí es una respuesta natural, y lo asumo: habrá guayabo luego de beber: es grande mi fascinación por los ratos en que vivo sin pensar en las consecuencias. Mejor que nadie lo sabes, mejor que nadie lo padeces: la ironía y las ínfulas de superioridad de ciertos personajes de universidad pública son todo un género en la narrativa nacional.

domingo, 23 de abril de 2023

Acerca del dolor y de la importancia de saber ubicar su origen

 

En enero de 2022 empezó la molestia: una tensión, un dolor vago, en alguna parte entre mi omoplato derecho y la columna. A veces, lo sentía en mi hombro o en el cuello, cerca ya de mi garganta - siempre en el mismo lado. Acudí a varios profesionales de diversa clase de enfoques clínicos: medicina tradicional, medicina tradicional china, terapia neural, reiki. Un par me sugirieron preguntas que consideré caducas pues ya las he tratado a lo largo de mi proceso psicoanalítico. También me hablaron de la posibilidad de la fibromialgia, pero la misma naturaleza del dolor evadía esta hipótesis: cuando descansaba un par de días de mi rutina de ejercicio, la molestia se iba. Igual, nunca dejé de lado la actividad física y, como lo recomienda Jeff Cavaliere, no entrené alrededor del dolor sino a través del dolor. En ningún momento sentí que estuviera lesionado, ni tampoco tuve que tomar calmantes o relajantes musculares: con cuidado, neutralidad, constancia y atención supe bailar, armonizar, con esta incomodidad. 
Algún día, a inicios de febrero de este año, luego de un set de velitas (o push ups) apareció el dolor. No sé por qué no se me había ocurrido (así como a ninguno de los profesionales a quienes recurrí), masajear mi pecho: era un puntico exacto, cerca de mi esternón, en la raíz donde se divide mi pectoral derecho en su porción superior y media. Al tocarlo sentí un placer que deseo para ti también: una calma, un gusto de haber dado con la fuente del malestar. La dolencia no se expandía hacia los lados, sino que se irradiaba hacia adentro, hacia el fondo: lo que yo sentía en mi espalda era un eco, una sombra. En mi pecho estaba ese foco de dolor. Masajearlo era traer paz a mi vida, serenarme, satisfacerme. Una fácil metáfora, entonces, surgió casi involuntariamente: "pasa igual con la mente, con los traumas, las fobias, la ansiedad, los duelos, la ira... Saber ubicar el origen de cualquier fenómeno, nos permite identificar, comprender, su sentido". 
En ese momento me sentí muy bien, a salvo conmigo mismo.  


martes, 18 de abril de 2023

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En este blog no escribo como, supuestamente, escribo. La intención de este espacio ha sido la de "hablar" de un modo más suelto acerca de mi proceso de creación - el cual consiste en la composición de cuentos y canciones - y de algunas creencias personales (ya que que el criterio es o debiera ser un tejido de ideas más vasto, consistente y pulido que una serie de tuits y espontaneidades). Salvo por las publicaciones líricas logradas junto a Insomnio en Aves, y algunas reseñas de libros redactadas en mi cuenta de Instagram, no hay cómo saber que desde hace unos diez años, aproximadamente, he estado escribiendo un libro. Sí: he publicado en El Espectador un par, asistido a talleres de escritura y quizá haya contado algo acá. No obstante, de esa voz que es suma de varias voces - voz que considero como mi verdadera manera de escribir - no hay ningún registro acá, por lo cual este grupo de textos del blog, los cuales en un principio fueron satelitales en relación con mi "verdadera obra", han venido convirtiéndose en "mi obra", al punto que Diane, una amiga editora de Francia a quien suelo citar frecuentemente, me pidió permiso para traducir y publicar una de estas entradas de blog. Hace unos días, al ver finalizada mi obra, mi "Verdadera Obra", titulada "Finas Capas de Ficción", recordé "El Espíritu del Éxtasis", esa pequeña escultura plateada que adorna los capós de los Rolls Royce. La describo: una mujer se inclina hacia adelante, con sus brazos extendidos hacia atrás, impulsando así al vehículo entero. Mi vida, o sea mi vida literaria, es decir, los textos presentes en este blog, las canciones que he compuesto para Las Deseo y para Insomnio en Aves, además de las lecturas que hago, son el carro; el libro que publicaré es esa pequeña escultura que le da una identidad al modelo. Su tamaño, comparado con el de una llanta o incluso con el de un retrovisor, resulta insignificante -así como son breves los cuentos que integran esta serie-, pero su presencia es lujo y aval pues tiene más valía simbólica que la de cualquier otra parte del auto. Son solo esas cuantas páginas en Arial 12, el Espíritu del Éxtasis de mi vida. Son solo esas escasas 100 páginas el motivo que me separó y me acercó a tantos caminos y personas; lo que me hizo estudiar esto y no aquello, desear tal cosa y no otra. La ilusión es evidente: dirán que soy yo el autor de esas páginas, y se conservará casi como un secreto  - casi tan secretamente como se conservaron muchas de estos relatos que este año publicaré junto a Editorial Vásquez - que son esas páginas las autoras mías; y esta idea es algo fácil de entender: si lo que poseemos también nos posee (imaginemos cuánto costaría el impuesto de rodamiento de un Rolls Royce en Medellín), ¿cómo vamos a negar que lo que creamos, también nos crea?".

miércoles, 22 de marzo de 2023

Bucle


Retrato mío hecho por Fede, mi hermano.

Soñar con ser millonario es parte del subdesarrollo. En donde sea: Alemania, E.U., Arabia, Colombia: soñar con tener "un montón" de dinero es un sueño dictado por el miedo. En Medellín (y más con los titulares alarmistas y los incrementos en los precios que armonizan con ese pánico mediático) abstenerse de soñar con ser millonario (o rico o multimillonario) es como si uno diseñara para sí un proyecto de vida basado en la carestía, en la miseria, en la escasez, en el hambre o la enfermedad; solo falta sumarle "el llanto y el rechinar de dientes" del Evangelista... No hay punto medio y no tiene por qué ser así; no hay ningún motivo salvo el absurdo capitalista y gentrificado al que ya empezamos a acostumbrarnos, creyendo que nuestra democracia y nuestro bienestar consisten en defender una derecha o una izquierda (expresión bastante eurocentrista y de por sí cuestionable al derivar de la Revolución Francesa). La modestia, el desear una vida austera, no tiene por qué ser opuesto a la idea de prosperidad. Es como si en esta ciudad no querer ser millonario fuera lo mismo que no querer tener hijos, o no querer tener una casita en el campo. Es como si la única manera de realizarse fuera a través de ese "montón de dinero" devenido quién sabe de qué modo de vida, de qué golpe de suerte o de qué forma de esclavitud auto infringida. Esto conduce a varios fenómenos cuyos alcances, considero, son evidentes en los eventos de orden público, en los informes médicos, en la música que se produce, en la arquitectura misma. Por ejemplo, muchas personas aseguran que si me dedico a escribir o a hacer canciones es porque seguramente no quiero casarme ni "tener" hijos. Según su decir, creen que estas son actividades propias de un desocupado que ha decidido ocuparse en algo, ya que se resignó a vivir en la indecisión, sin "ambiciones" ni "objetivos claros", y a quedarse "para siempre" en el papel de hijo. Y la verdad, aunque no sé si me acoja a la institución del matrimonio católico, sí me gustaría concebir hijos, o mejor, ser padre y traer a la vida personas, educarlas, formarlas, amarlas, y en simultáneo, regalárselas a la vida, al mundo... aunque, cuando pienso en eso, mientras lo escribo, casi que de inmediato, reconozco en mí una voz, una voz propia pero con rastros del timbre de muchas otras voces, que me pregunta azarada: "¿sí? ¿y cómo los vamos a sostener?".

viernes, 10 de marzo de 2023

El delicioso abrazo de Dunga

 

Siempre que veo la repetición del famoso gol que le anotó Roberto Carlos a la selección de Francia, en el amistoso del 3 de junio del '97, lo que más disfruto de ver es el abrazo con el que Dunga lo recibe para celebrar: su eufórica pero a la vez serena sonrisa; sus piernas flexionadas y su pecho firme acogiendo profundamente el festejo, el otro pecho, en un solo ritmo, en un solo paso, en un solo giro; los brazos que, luego de buscarse, caen en reposo cruzando la espalda de su compañero, abarcándolo, amparándolo entero; el ademán benevolente y cariñoso de su mano libre de anillo, que permanece y resiste sobre esa cabecita sudada a lo largo de la afluencia de los otros jugadores. Algo se habrán dicho al oído; una felicitación secreta; quizá un chiste inocente. Recién empezaban a ser conscientes de la naturaleza de semejante gol, de ese golazo que la prensa deportiva del mundo casi al instante bautizaría con el nombre de "La Bomba Inteligente". Para mí, la obra maestra no es solo la fiereza de ese chute, sino que comprende también la suavidad de su celebración. 
Acá en link de YouTube (es probable que en algún momento se rompa: Internet tampoco se salva de la fuerza de lo perecedero): https://youtu.be/crKwlbwvr88