La corrupción sistemática no solo roba de manera constante el dinero y los recursos públicos, sino que además roba nuestra confianza en las instituciones y en los Gobiernos. La impide, la nubla, y sin esa confianza, sin esa lúcida inocencia, es imposible cualquier tipo de relación, así el imponente andamiaje de la democracia nos inste a creer lo contrario. La desconfianza es un peso insoportable: los aldeanos no celebraron cuando el pastorcito mentiroso les contó que esta vez el lobo sí lo había robado. También fueron víctimas, también sufrieron, al darse cuenta de que, entre burlas, ese pastorcito, ahora arrepentido, les había robado su capacidad de creer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario