¿Sabias que Toyota se rige por una filosofía, por un espíritu rector, por cinco preceptos, además de siete principios empresariales, escritos por Sakichi Toyoda, su líder y fundador?
Sí. Están en su sitio web principal, en global Toyota punto com.
Quizá para ti y para mí, como colombianos, leerlos sea como repasar la grieta que da contornos a una triste ironía.
Acá, esos carros se venden bien, por montones, porque son duraderos, cómodos, espaciosos, pero también porque la compra implica una convención que significa algo más: existes.
Hace días, en un mall cercano a mi casa, en Viva Las Palmas, asesinaron – problemas con los socios, según las autoridades - a un reconocido empresario de aguacates. En los comentarios de Instagram, ante la fotografía y el horror de la escena del crimen noticioso, los comensales terminaron por caracterizar a la marca: "iba en una Toyota de vidrios polarizados, ¿a quién le sorprende?". Sí. ¿Se nos hizo raro ver el capó y las tres elipses que conforman el logo cubiertos de sangre? No. Fue natural. Predecible. Y es que desde los años ochenta, cuando el negocio empezó a prosperar para otros reconocidos empresarios, son un ícono: las mafionetas, las carevacas de los que andan en cosas. No siempre hay por qué vincularle su tenencia a la mafia, pero casi siempre, con toda seguridad, al carácter aspiracional, al desproporcionado prestigiosismo: cuando estuve de visita por el norte del país, en el Córdoba, comprobé que si tu nombre es Juan o Raúl y adquieres una TX-L o una Hilux o una Fortuner, ya pasas a ser otro y te llamarán "el de la Toyota". Es una declaración, un rótulo: la señal de que por donde vas, vas bien. La calidad es innegociable: es un carro para toda la vida, aunque a los cinco o seis años es recomendable cambiarlo para actualizar el traje. Es cuestión de atuendo y, en no pocos casos, de hombría; la línea evolutiva es clara: homo habilis - homo erectus - homo eo camioneta, o - en nombre vulgar - el encamionetado, es decir, aquel hombre, aquel varón, que ha cumplido, que ha resuelto, y logró, al fin, andar en camioneta. Aunque una salvedad es requerida: si por el presupuesto este individuo no ha podido hacerse a una Toyota, sino a un vehículo grande, a un armatoste metálico en ruedas de cualquier otra marca, eso constituye solo un acto sustitutivo, una forma de la consolación, y el sujeto tendrá algo de vencido, y cargará consigo una derrota de económicos repuestos.
Pero, ¿hasta cuándo?
La empresa, las autoridades y los poetas persistimos en la negligencia y la falta de sensibilidad. Hablamos de la violencia, de la paz, de pactos, partidos y alianzas, pero cuántas masacres encuentran su sinécdoque en un adelanto violento de una Luv en la carretera, en el hostigamiento de una blindada que insiste y se te mete y viola el cruce peatonal. "Ey, parcero, pero el semáforo está en rojo", no queda sino murmurar en suspensivos...
Me pregunto si en todas partes funciona igual. Me pregunto qué pasaría si Toyota, en un vuelo entusiasta de renovación y reconciliación simbólica, decidiera traer a Colombia otros de sus modelos; el Pixis, por ejemplo, un vehículo desde su aspecto y configuración mucho más amigable.
Sé que proponer una revisión de la conducta de los usuarios que consumen un producto, es hablar de una utopía por la cual, como latinoamericanos inmovilizados por un cómodo sentido de inferioridad, no nos permitiremos trabajar ni luchar.
Pero en Japón, Toyoda-san, hace varias décadas sí lo hizo.
Y por eso escribió esos cinco principios, los cuales cito, a manera de conclusión:
- Sé siempre fiel a tus deberes, contribuyendo así a la empresa y al bien común.
- Sé siempre estudioso y creativo, esforzándote por mantenerte a la vanguardia de los tiempos.
- Sé siempre práctico y evita la frivolidad.
- Esfuérzate siempre por crear en el trabajo un ambiente acogedor, cálido y amigable.
- Respeta siempre los asuntos espirituales y recuerda ser agradecido en todo momento.







