Transcribo de manera íntegra, sin edición alguna, un texto que escribí en el 2016 y que conservé en absoluta reserva por los mismos motivos por los cuales hoy, con orgullo, decido publicarlo:
Declaración de amor
Declaro lo que a continuación podrá leerse para contar con un sustento escrito de lo que decidí, de modo determinante y concienzudo, el miércoles 3 de septiembre de 2014.
Sé que la declaración siguiente otras personas la dan sin palabras, mediante acciones, obras y continuas decisiones. De ellos he de aprender esa vitalidad pero, como ya será de notar, escribir es para mí una acción trascendental e imprescindible, una entrega que no me somete, una condena sin rendición.
Debo decir que decidirlo no ha sido fácil pues ahora mismo nada me asegura nada; no hay seguridades a corto plazo y veo sin esperanza hacia adelante. Este es el principal motivo de haber decidido lo que a continuación declararé pues la erradicación de la esperanza, la resignación de mis ilusiones, representa un mal que yo mismo debo solucionar de la manera que, de acuerdo a mi intelecto y mi intuición, considere más adecuada. El mundo está lleno de desesperanzados que hicieron de sus sueños meras fantasías consumistas. ¿Y qué más se puede esperar de una civilización estropeada por el influjo de moralidades nacidas en geografías donde los inviernos duran nueve meses?
Es entendible que en tales sitios deban trabajar todo el tiempo que lo hacen; pero en muchos sitios del planeta, el modelo de ciudad es un retrato del complejo de inferioridad que nos funda. Acá la moral del trabajo debería ser reemplazada por la moral del cuidado al medio ambiente. Acá no necesitamos trabajar para alimentarnos (para ser obesos quejándose de su obesidad, sí). Acá no necesitamos ahorrar para tener. Acá podemos ser y unirnos al éxtasis universal día tras día, era tras era. Acá podemos entregarnos a la ciencia, a la vida del campo, a la poesía, al observar el cielo y a servir. Acá podemos ser mucho más de lo que nos han permitido ser. Mucho más de lo que Occidente nos permitió ser.
Por eso lo que he decidido lo hago con cierta cuota de riesgo; quisiera ser lo que de niño soñaba ser pero he descubierto que mi mentalidad infantil fue contaminada por pretensiones transmitidas por medio de la TV y del cine. También la radicalidad de mi decisión se debe a mi intención de limpiar mi panorama y erradicar los parásitos que viven y DEPENDEN de mis temores, de mis incertidumbres e inseguridades.
Permeable a ciertas lecturas, he descubierto que es imposible convencer al otro del calor y las bondades de un sol del cual no se dejarán iluminar. La luz es tan suave que desconfían de su valor. Por el azúcar o quizá por influjo hollywoodense, solemos experimentar únicamente aquello que quema, aquello que arde, aquello que nos deja inconscientes, aquello que duele o hiere. No nos enamoramos sin dolor, por ejemplo, y nos cuesta ser sin exagerarnos y está claro y muchas veces manifiesto, toda exageración es una mentira.
¿Cuál es el sentido de mi existencia en sociedad? ¿Qué me emociona? ¿Qué me importa? ¿Cuál es el sentido que le doy a mi vida? ¿Cuál es el sentido de estar inmerso en esta época? ¿Cuál es el sentido de ambicionar un constante devaneo emocional? ¿Cómo quiero aprender? ¿Cómo quiero vivir? ¿Cómo quiero dialogar con el Todo? ¿Cómo me siento parte de Éste?
Decidiéndome y así expresándolo:
“Yo, Juan Sebastián Fernández Gärtner, parte de un Dios vivo, de una expansiva conciencia universal, acepto mi cotidiano destino de lector, poeta, compositor, músico, cantante y escritor. Como muestra de este compromiso enfocaré todos mis esfuerzos en hacerlo día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, cada vez mejor y además en capacitarme para ello, de modo que esta serie de mejoras me permitan la creación de una obra, tanto individual como colectiva, inspiradora, liberadora y benevolente, para toda la humanidad”.







