martes, 9 de diciembre de 2025

Un cuento que escribí en octubre de 2022. " Acerca del género cuento"




Los talleres literarios han destruído a los mejores  y más necesarios escritores de nuestro tiempo. 
De Moscú a Buenos Aires, de Fort Wayne a Pereira, de Estambul a México D.F., todos los espacios de legitimación literaria han sometido a la humanidad al estancamiento, a la perenne peregrinación de las ideas. 

Pienso en Kawabata, en su magistral obra "Apuntes en la Palma de la Mano"; él allí advirtió algo que los mediocres no aceptan: los hechos que más ganas nos dan de contar, que más nos llenan, no son necesariamente historias o relatos; son maneras de percibir: lo que más queremos decir es cómo sentimos algo, como al percibir una coincidencia sentimos que la estamos creando: percibir es crear: todo entendimiento es una forma de orden creado por sí mismo. Los más mediocres siempre querrán un conflicto: tal sujeto desea algo, no puede; lucha por alcanzarlo, la situación se resuelve. Y no: con los años todas aprendemos que la vida se nos revela de repente, como diciéndonos: mira, tú eres capaz de entender esto: asúmelo. Y que en esa revelación hay entendimiento, y que entender, antes que vencer, es la única forma de resolver cualquier conflicto (y más cuando comprendemos que casi todos los conflictos externos son, en mayor o menor medida, proyecciones de conflictos internos).

Recuerdo mucho una historia que no me dejaron contar. 
Recuerdo que me torturaron obligándome a volverla conflicto. Para mí apareció como una acuarela, como una imagen, como una sincronía compacta, precisa que merecía contar.
Cuando era niño (joven y niño), mi papá me llevó a una pequeña tienda en Belén, para comprarme un par de tenis que necesitaba para el diario en el colegio. Los precios venían anotados de cada modelo; ese debía ser siempre mi primer limitante. Ya dentro de los que se ajustaban al presupuesto podía elegir - si me gustaban otros fuera de este, ya no era cosa importante. Era eso o nada. Así, una vez más, dentro de los baraticos, yo no hallé nada para mí, nada que se ajustara a mí. Los más aceptables tenían bonita forma, pero pésimos acabados. ¿Pero por qué no los llevas? - me preguntó mi papá. Yo los prefería negros del todo y no con todos esos acabados rojos. 
Es que no me gustan esas cosas rojas - le respondí.
Pero si son solo unas cositas, yo creo que te puedes ajustar. 
Le dije que no y salí sin dar las gracias, permitiéndome actuar de un modo grosero y tonto simplemente porque creía que lo merecía por ser joven.
Pero en el fondo, ¿yo cómo le explicaba que ya no soportaba seguir comprando zapatos para el disfraz de hombre? ¿Cómo le explicaba que lo que yo quería eran unos tacones, unos bien caros, llenos de brillantes, y no esos tenis de colegial que ha debido ajustar su vestir, su cuerpo no anatómico, a los salarios de sus padres? Son las vueltas del capitalismo, recuerdo haber pensado.

Con el tiempo, los ires y los venires, los dimes y los diretes, los seres y las vivencias compartidas, logré hacerme una buena carrera profesional y habitar este mundo de la mejor manera que pude. No herí a nadie de manera intencional; que mi papá se haya sentido herido a razón de mi transmutación, de mi evolución, ya es otra cosa. De cierta manera, cuando él y mi mamá se pensionaron, yo no quise ofenderlos ni sacarles en cara nada. O bueno, sí. Quise sacarles en cara lo bien que se portaron conmigo, lo mucho que me ayudaron (ella más que él) a aceptarme. Nunca pasé de ser hombre a ser mujer; yo nací mujer encerrada en un cuerpo de hombre, pero me consolaba saber que era un hombre lindo, muy parecido a mi papá y a sus hermanos, y quizá por eso me costó tanto ejecutar el cambio, transfigurarme. 
Con el tiempo todo se normalizó. Durante los domingos en el centro comercial ya éramos los que siempre fuimos: mamá, papá e hija disfrutando de un helado, de una pizza, de vitrinear y antojarse. Un día vi a mi papá pegado al cristal de uno de los almacenes. Estaba enamorado de unos tenis. Le iba a preguntar, ¿por qué no te los compras? pero recordé que su pensión había sido apenas la necesaria para sobrevivir, y tal vez ya no le alcanzaba (y más cuando no exhiben los precios debajo de los modelos, se presume su elevado coste). Me devolví y me acerqué a él. No había notado que llevaba aproximadamente dos años usando los mismos tenis. Estaban limpios pero gastados. Se notaba su esfuerzo porque la goma de la suela siguiera siendo blanca, o bueno, al menos color crema. Pero la lona y los cordones ya no daban más. No sé por qué no lo había notado. La vida se me reveló implacable como una obligación, como un deber de restitución. Comprendí que él debía llevar esos zapatos y yo sería quien los compraría. 
¿Los quieres?, le dije. 
Sí, pero no sé, ¿sí me durarán?
Entramos a mirarlos y él los examinó. 
Quiso preguntar por el precio, pero yo no lo dejé; si le gustaban, serían suyos costaran lo que costaran. 
Papá, lo importante es que te gusten... que sientan que se ajustan a tu personalidad.
Él siguió examinandolos. 
Pues no es que sean muy de mi tipo, pero mijo, muchas gracias. Yo me adapto, me dijo.

Las posibles puyitas de esta frase suya no le restaron belleza al momento. Las vueltas del capitalismo, recuerdo haber pensado. Es una rueda, un carrusel. Salimos abrazados del almacén. 

Cuando presenté esta historia en el taller literario que asistí durante un tiempo, me dijeron: ahí no hay una historia. El director, los asistentes, los invitados, luego de mi lectura fueron implacables. Metele mas ficción, exagerá en ciertos momentos. Otros fueron - no sé si inconscientemente - duros y ofensivos: tal vez debieras hacer que tu papá muera, trasladar la escena a un hospital, contar un poco más de ti, permitirle al personaje lo que no te permitiste tú. En fin, querían que bajo el pretexto de la literatura, agrediera la vida. Y no: yo me divierto con lo natural, con las cosas que son porque son retrato fidedigno de la vida misma. Y la literatura no me parece que deba consistir en un goce basado en la destrucción de los principios vitales, que deba ir en contra de la manera como suceden las cosas, para que sea literatura interesante, o narrativa de valor, o cuento, o novela, o poema. 

Recuerdo muy bien mi sensación de disgusto y de hastío: no, no. Se equivocan. No todo en la vida de un travesti es drama - les dije - Es tan normal como la de cada uno de ustedes.

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