martes, 18 de agosto de 2026

El valor de una firma

 


Mientras leía "Pura Pasiòn" de Annie Ernaux, recordé un episodio de mi vida. 

Era 1998, enero. 
Entre los comerciales televisivos, uno me cautivó: era el anuncio de una próxima serie, Two of a Kind, la cual sería protagonizada por las gemelas Olsen. "Las vimos crecer...", la filiación era parte de la promoción. Yo quedé fascinado. Sí... eran ellas, las de Full House, pero ahora de mi edad, entre los 9 o los 12 años. 
Como la protagonista de la novela de Ernaux, yo también me volqué hacia la ociosidad, a la espera, en mi caso, de que se repitiera ese comercial. En vez de salir a jugar basket, me inventaba que estaba enfermo para no perderme ni un segundo de sus rostros, sus risas, su cuerpos, en pantalla. Si salía de mi casa, lo hacía con debilidad, de mala gana, obligado, deseando ya regresar y tirarme toda una tarde, sin dejar de sintonizar Warner, canal 17, para verlas, para encontrarnos.
La serie la empezaron a transmitir, los lunes, pero muy tarde. Solo pude verla dos o tres veces. En la mañana, descubría con frustración que me había quedado dormido. 
Quería estar en donde estuviesen ellas. Coincidir. Compartir.
En el fondo de mis cuadernos, con la distracción como método, empecé a dibujar una firma, una insignia, una especie de iniciales superpuestas. Eran las iniciales del nombre Mary Kate y Ashley Olsen, unidas al mìo, Juan Sebastiàn. 
M. K. A. O. J. S. 
Mis compañeritos de salón no terminaban de entender qué hacían, qué significaban, esas letras ahí, las cuales, evidentemente, no formaban parte del conjunto de vocales y consonantes que constituyen mi nombre. Yo nunca serví una explicación de mi mamarracho, de esas formas intraducibles (aros, óvalos y rayas) pues me daba vergüenza revelar el alcance de mi fascinación hacia dos personas famosas, gringas. 
Escribirlo hoy tampoco es fácil. Me imagino cuántos juicios e interpretaciones podría suscitar. (Un caso típico de relación parasocial, ¿no?)
Pero si escribo hoy es porque este repelús me tiene sin cuidado; escribo hoy porque me siento orgulloso de mi gesto desesperado.
Tardes y mañanas enteras las destiné a pulir esa firma que era, como todas las firmas, tanto movimiento como dibujo. Para mí, este garabato era una invocación, y la hacía en todas partes, en todos los cuadernos, en los libros, en las láminas de chocolatina jet, en los pupitres.
Pero lo inextinguible es condiciòn de lo humano, y con el tiempo, cuando mis intereses y obsesiones variaron, dejé de recrear y recrearme con esa imagen en donde ellas y yo nos encontràbamos. Los papeles se perdieron, se botaron, se los robó el Ratoncito Pérez junto con mis dientes de leche. 
Me gustarìa poder conservar al menos una de esas firmas, o recordar la forma, pero ese niño que yo era, ese mundo de colores, es ahora tan distante e inaccesible como lo eran esas personas de la televisiòn que a fuerza de fantasìa e imaginación, quise tener cerca.

sábado, 8 de agosto de 2026

Imaginario Toyota




¿Sabias que Toyota se rige por una filosofía, por un espíritu rector, por cinco preceptos, además de siete principios empresariales, escritos por Sakichi Toyoda, su líder y fundador? 
Sí. Están en su sitio web principal, en global Toyota punto com. 
Quizá para ti y para mí, como colombianos, leerlos sea como repasar la grieta que da contornos a una triste ironía. 
Acá, esos carros se venden bien, por montones, porque son duraderos, cómodos, espaciosos, pero también porque la compra implica una convención que significa algo más: existes.
Hace días, en un mall cercano a mi casa, en Viva Las Palmas, asesinaron – problemas con los socios, según las autoridades - a un reconocido empresario de aguacates. En los comentarios de Instagram, ante la fotografía y el horror de la escena del crimen noticioso, los comensales terminaron por caracterizar a la marca: "iba en una Toyota de vidrios polarizados, ¿a quién le sorprende?". Sí. ¿Se nos hizo raro ver el capó y las tres elipses que conforman el logo cubiertos de sangre? No. Fue natural. Predecible. Y es que desde los años ochenta, cuando el negocio empezó a prosperar para otros reconocidos empresarios, son un ícono: las mafionetas, las carevacas de los que andan en cosas. No siempre hay por qué vincularle su tenencia a la mafia, pero casi siempre, con toda seguridad, al carácter aspiracional, al desproporcionado prestigiosismo: cuando estuve de visita por el norte del país, en el Córdoba, comprobé que si tu nombre es Juan o Raúl y adquieres una TX-L o una Hilux o una Fortuner, ya pasas a ser otro y te llamarán "el de la Toyota". Es una declaración, un rótulo: la señal de que por donde vas, vas bien. La calidad es innegociable: es un carro para toda la vida, aunque a los cinco o seis años es recomendable cambiarlo para actualizar el traje. Es cuestión de atuendo y, en no pocos casos, de hombría; la línea evolutiva es clara: homo habilis - homo erectus - homo eo camioneta, o - en nombre vulgar - el encamionetado, es decir, aquel hombre, aquel varón, que ha cumplido, que ha resuelto, y logró, al fin, andar en camioneta. Aunque una salvedad es requerida: si por el presupuesto este individuo no ha podido hacerse a una Toyota, sino a un vehículo grande, a un armatoste metálico en ruedas de cualquier otra marca, eso constituye solo un acto sustitutivo, una forma de la consolación, y el sujeto tendrá algo de vencido, y cargará consigo una derrota de económicos repuestos. 
Pero, ¿hasta cuándo? 
La empresa, las autoridades y los poetas persistimos en la negligencia y la falta de sensibilidad. Hablamos de la violencia, de la paz, de pactos, partidos y alianzas, pero cuántas masacres encuentran su sinécdoque en un adelanto violento de una Luv en la carretera, en el hostigamiento de una blindada que insiste y se te mete y viola el cruce peatonal. "Ey, parcero, pero el semáforo está en rojo", no queda sino murmurar en suspensivos...  
Me pregunto si en todas partes funciona igual. Me pregunto qué pasaría si Toyota, en un vuelo entusiasta de renovación y reconciliación simbólica,  decidiera traer a Colombia otros de sus modelos; el Pixis, por ejemplo, un vehículo desde su aspecto y configuración mucho más amigable.
Sé que proponer una revisión de la conducta de los usuarios que consumen un producto, es hablar de una utopía por la cual, como latinoamericanos inmovilizados por un cómodo sentido de inferioridad, no nos permitiremos trabajar ni luchar.
Pero en Japón, Toyoda-san, hace varias décadas sí lo hizo.
Y por eso escribió esos cinco principios, los cuales cito, a manera de conclusión:
- Sé siempre fiel a tus deberes, contribuyendo así a la empresa y al bien común.
- Sé siempre estudioso y creativo, esforzándote por mantenerte a la vanguardia de los tiempos.
- Sé siempre práctico y evita la frivolidad.
- Esfuérzate siempre por crear en el trabajo un ambiente acogedor, cálido y amigable.
- Respeta siempre los asuntos espirituales y recuerda ser agradecido en todo momento.