Mientras leía "Pura Pasiòn" de Annie Ernaux, recordé un episodio de mi vida.
Era 1998, enero.
Entre los comerciales televisivos, uno me cautivó: era el anuncio de una próxima serie, Two of a Kind, la cual sería protagonizada por las gemelas Olsen. "Las vimos crecer...", la filiación era parte de la promoción. Yo quedé fascinado. Sí... eran ellas, las de Full House, pero ahora de mi edad, entre los 9 o los 12 años.
Como la protagonista de la novela de Ernaux, yo también me volqué hacia la ociosidad, a la espera, en mi caso, de que se repitiera ese comercial. En vez de salir a jugar basket, me inventaba que estaba enfermo para no perderme ni un segundo de sus rostros, sus risas, su cuerpos, en pantalla. Si salía de mi casa, lo hacía con debilidad, de mala gana, obligado, deseando ya regresar y tirarme toda una tarde, sin dejar de sintonizar Warner, canal 17, para verlas, para encontrarnos.
La serie la empezaron a transmitir, los lunes, pero muy tarde. Solo pude verla dos o tres veces. En la mañana, descubría con frustración que me había quedado dormido.
Quería estar en donde estuviesen ellas. Coincidir. Compartir.
En el fondo de mis cuadernos, con la distracción como método, empecé a dibujar una firma, una insignia, una especie de iniciales superpuestas. Eran las iniciales del nombre Mary Kate y Ashley Olsen, unidas al mìo, Juan Sebastiàn.
M. K. A. O. J. S.
Mis compañeritos de salón no terminaban de entender qué hacían, qué significaban, esas letras ahí, las cuales, evidentemente, no formaban parte del conjunto de vocales y consonantes que constituyen mi nombre. Yo nunca serví una explicación de mi mamarracho, de esas formas intraducibles (aros, óvalos y rayas) pues me daba vergüenza revelar el alcance de mi fascinación hacia dos personas famosas, gringas.
Escribirlo hoy tampoco es fácil. Me imagino cuántos juicios e interpretaciones podría suscitar. (Un caso típico de relación parasocial, ¿no?)
Pero si escribo hoy es porque este repelús me tiene sin cuidado; escribo hoy porque me siento orgulloso de mi gesto desesperado.
Tardes y mañanas enteras las destiné a pulir esa firma que era, como todas las firmas, tanto movimiento como dibujo. Para mí, este garabato era una invocación, y la hacía en todas partes, en todos los cuadernos, en los libros, en las láminas de chocolatina jet, en los pupitres.
Pero lo inextinguible es condiciòn de lo humano, y con el tiempo, cuando mis intereses y obsesiones variaron, dejé de recrear y recrearme con esa imagen en donde ellas y yo nos encontràbamos. Los papeles se perdieron, se botaron, se los robó el Ratoncito Pérez junto con mis dientes de leche.
Me gustarìa poder conservar al menos una de esas firmas, o recordar la forma, pero ese niño que yo era, ese mundo de colores, es ahora tan distante e inaccesible como lo eran esas personas de la televisiòn que a fuerza de fantasìa e imaginación, quise tener cerca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario