viernes, 22 de mayo de 2026

Acerca de la transformación interior que exige cada obra

 


Cuando vi este video, hace muchísimos años, si bien me conmovieron las palabras de Mario Vallejo, no entendí de un modo detallado, podría decirse lógico, a qué se refería. Desde entonces, vivir ha sido, entre tanto, precisar, comprenderlo. 
La obra de arte no es solo una materialización de una idea: es la estela de un transformación profunda en la persona o personas implicadas en su elaboración.
Cada canción, cada pintura, cada poema, es vestigio de un cambio ocurrido en un ser humano. 
La transmutación de un estado interior.  
Y por eso el arte es tan exigente: nos obliga a mover algo dentro. Y aunque quiero mencionar los cuentos que actualmente estoy escribiendo, o de cómo Finas Capas de Ficción y Las Deseo han sido medios de metamorfosis de mi espíritu y mis emociones, prefiero abrirme hacia lo que ha representado para mí una apertura: vincularme a procesos musicales no propios sino de amigos. En particular, me refiero a Efecto Gloria, un proyecto que Piero, una amistad de hace décadas, ha venido construyendo minuciosamente inspirado por la idea de crear los sonidos propios del idilio, estado anímico y físico y mental en el que todo está muy bien.
Hay una canción suya llamada Gallinazo. 
Producirla ha sido trasegar un laberinto a cuestas. 
El recorrido por los referentes nos ha llevado a un bello desvarío que nos trajo de vuelta al inicio. Lo complejo no es la canción en sí sino su temática, la cual exige en todos quienes le hemos sumado algo, una transformación interior: la muerte.
Sí, las imágenes no son imparciales y la inercia arrastra al cliché cultural: un ave negra que está al acecho, los giros en el cielo, lo desértico, el sol. Mezcla de western y de réquiem, la canción se ha puesto todos los trajes que no deberá lucir. Lo lacrimoso, la psicodelia mortuoria, lo cansino, la melancolía: nada de eso debe ir porque el concepto de Efecto Gloria nos está exigiendo una lectura, una comprensión distinta de mencionada noción. No es necesario tampoco ironizar o trivializar acerca del asunto, y he ahí el embrollo que nos ha sitiado en el estudio, con el taxímetro prendido, sin saber qué hacer, mirándonos no sin desconcierto, saturados. 
Ayer vi a Piero pensando, fumándose un cigarrillo. Me acerqué a preguntarle cómo iba y su respuesta fue esclarecedora: "Sebas, es que, ¿sabes qué? Esa canción exige en uno un cambio... esa batería, aunque está bien grabada, nos está condicionando... es tan predecible... como desconfiar de la muerte". 
Así, lo que estamos produciendo actualmente no es solo una canción: es una cosmogonía, una sensación frente a la vida misma.