miércoles, 22 de julio de 2026

Vitalismo, pesimismo, optimismo... una charla con Migue

 


En el balcón de su apartamento, hablábamos Migue y yo acerca del suicidio. Coincidimos en algo: tanto optimistas como pesimistas suelen acabar con su vida, pues este rasgo no es el definitivo: lo trascendente es el vitalismo. 
El pesimista (figura con la cual él y yo nos identificamos) comprende que la enfermedad, la humillación, el desamor, la ruina económica son posibilidades latentes, en tanto ninguno de estos fenómenos deja de ser natural a la experiencia humana, en tanto esto es parte de la vida misma. 
Ser vitalistas es, según lo entendimos, abrazar la vida con sentido apreciativo, con cierta neutralidad (algo apasionada también).
El optimista a veces suele fundar su condición en un pensamiento irracional, mágico - no digamos poco realista, expresión de la cual abusan y con la cual militan los defensores del capitalismo y los promotores de la malevolencia. Esto a veces se contrapone al vitalismo pues en ocasiones pretende imponerse a lo natural, a todo lo vital y humanamente posible. A veces, incluso, el optimismo ubica fuera de los contornos de la vida biológica el principal imán y piedra fundacional: más allá de la muerte está el premio de tu vida. 
Ante esta promesa harto seductora, ¿cómo anclar a la dura vida a esta clase de optimistas?
Ahora bien. La vida es también suave, fluida, tranquila; llena de gráciles instantes, de goce, de amor. Ser pesimista no es ser amargado ni sardónico ni catastrofista. 
El pesimista, creo, ha de cuestionar el valor de "lo peor" que concibe su pensamiento. 
En mi caso, crecer ha sido renovar la categoría de lo peor, de lo malo, de lo desiderable. Las definiciones han variado tantísimo, que compruebo que nombrar algo como malo, peor, pésimo no es sino una insistencia del ego. Lin Chi lo anunciaba: mi labor consiste en librarte de todas tus opiniones.
A los optimistas ser les suele juzgar de ingenuos, pero este diálogo no versa sobre la ingenuidad: un pesimista también puede serlo.
El optimista suicida es otra categoría que debiera analizarse: surge, tal vez, porque, el exceso de opiniones conduce al condicionamiento.