domingo, 6 de agosto de 2023

Sobre un cuento de Ana María Maya

Foto de Luis Cano/Agosto de 2007

Año 2007. Me llega a Messenger un mensaje de mi amiga de MySpace Ana María Maya: había escrito un cuento y quería saber si yo estaría dispuesto a leerlo. Por esos días yo estaba obsesionado con William Burroughs, con Stone Temple Pilots, con el unplugged de Alice in Chains, con Juanita Dientes Verdes, y con Bazuka! (agrupación de la cual yo era el bajista). Mi estilo de escritura – bajo el seudónimo “El Bailarín Sin Son” - tendía al grunge y a la fantasía enfermiza: escribir era expresar mi interés por la heroína, los ácidos, las metanfetaminas, todas sustancias de las cuales supe abstenerme a pesar de lo próximas que llegaron a estar. Mataba personajes en tramas que supuraban narcisismo y autocompasión, y esos personajes eran impulsos, imágenes, voces apresadas en un hedonismo sórdido que yo me aseguraba de representar a fuerza de cada vez más rebuscados adjetivos (hipnotizado por la música del discurso que sabía entonar Martín de Francisco en sus entrevistas noventeras). 

El cuento de Ana María se llamaba Entre cigarrillo y cigarrillo, y al leerlo sentí rabia. Quedé desecho. Era yo el que se presentaba a sí mismo como "un escritor". Era yo quien no paraba de ufanarse de haber escrito textos, reportajes y crónicas para la Universidad y la prensa local. Era yo quien se permitía beber aguardiente hasta perder la consciencia y quedar a oscuras, inscrito en esa urgencia estética que era mezcla de cómodo escepticismo, labia y malditismo. Y ahora, aparecía ella, fácilmente (o al menos así lucía), y me enseñaba cómo narrar algo de un modo tierno, amable y respetuoso con los personajes; sin afectaciones - siempre innecesarias -; sin usurpar la intimidad a favor del drama, y a través de gestos y diálogos verosímiles. Cerca del final (el cual es precioso porque queda abierto y le da vía vital a los protagonistas) hay una joya: “…y el sofá se hacía cada vez más pequeño”; esta insinuación la fui comprendiendo mejor con los roces y los romances y, me parece, es tan bella como precisa. No recuerdo qué le dije una vez lo leí; tal vez diluí el profundo impacto en la extravagancia o el mero elogio; el caso es que si antes ella me gustaba, ahora no podía sino gustarme muchísimo más, y esto me hizo sospechar de que, quizá, mi experiencia, este goce estético, estaba velado por la atracción y el apasionamiento.

Año 2017. Octubre. Recién comenzaba a darle forma al libro que publicaré próximamente. Revisando las ideas que había extraído de los computadores viejos, me reencontré con el cuento de Ana María. Volví a disfrutar de la suavidad de su poderosa narrativa. Comprobé que el cuento me fascinaba independientemente de los factores personales. El valor que tiene para mí es el de una enseñanza, enseñanza que cuenta con un significado especial, que destaco y que deseo compartir, primero, porque proviene de una fuente viva, fraternal, directa, y, segundo, porque surge de una niña que quiso escribir algo por íntima necesidad, sin mayores pretensiones literarias. Lo que este cuento logró en mí fue convencerme de que no toda obra debe incluir tragedias, ni peleas, para ser deleitoso y estimulante, y que “conflicto” no es sinónimo de “dolores”; las ruinas de la cotidianidad como única fuente cierta y digna de belleza: los clichés son clichés porque, además de ser genuinos y exquisitos, bien supieron ganarse su lugar.

Persona que llegas a estas líneas: espero que lo disfrutes tanto como yo.


Entre cigarrillo y cigarrillo

por Ana María Maya.

Era una tarde como las otras, de esas que no se prestan para pensar mucho, esperadas, prevenidas; predecibles. Su ropa se veía desgastada y el maquillaje, ya corrido, dejaba mucho qué desear. Entró a la casa agitada, con el cigarrillo en la boca, las llaves en una mano y una bolsa en la otra; con las tristezas que los años habían guardado en ella y la sonrisa cansada que la acompañaba a diario. No tenía mucho por hacer; las pocas cosas que hacía las hacía inconscientemente, su vida era una rutina casi sagrada que seguía al pie de la letra día a día, llena de monotonía, cigarrillos y café. No dudó, se sirvió una taza de café frío mientras saludaba a su gata anciana y gorda y se sentó en el viejo sofá que albergaba monedas, pelusas, y uno que otro pedazo de comida y que nunca se había atrevido a limpiar. Repasó algunas páginas del periódico local y recorrió, como solía hacerlo, las esquinas de su aparta-estudio.

- No estaría mal una capa de pintura - Se dijo como todas las tardes a las 6. Sabía, igual, que nunca tendría con qué comprar pintura, y que también, le faltaba ánimo y determinación. Acarició a su gata mientras le daba una larga calada al cigarrillo y se dirigió hacia su habitación caminando lento como lo hacía siempre. Cuando estaba a punto de dormir recordó que no había comprado pan y como nunca antes decidió pararse y salir a buscar; lo que la sorprendió. Cerró la puerta de su pequeño apartamento y se sumió en la oscuridad de una noche que se aproximaba, acompañada solamente de cigarrillos y una vieja chaqueta de cuero.

 

Él, en cambio, caminaba sin rumbo fijo, divagando en las calles oscuras que recorrían la ciudad. La decepción lo acompañaba pero cada paso era firme a pesar de su inseguridad. Su historia era más simple y común. Engaños, mujeres y tequila; esas cosas que nunca faltan en la vida de un hombre de clase media que no ha encontrado el amor a pesar de dormir con una mujer.

- Nunca había estado tan llevado del carajo – pensó mientras tropezaba con una piedra y escupía al cielo palabras no muy agradables de escuchar.

Él era joven, y estaba bien vestido. Había apagado el celular y aflojado su corbata. En sus ojos negros se veía el engaño, la tristeza. El corazón le latía rápidamente y se sentó un rato en una esquina debajo de un farol igual de triste que él. Al poco rato, se sentó ella a su lado. Ya había empezado otro cigarrillo y al verlo ahí, sin dudarlo, le ofreció uno.

- Tenga, le va a hacer bien, siempre hace bien. - Le dijo.

Él, desconcertado y con los ojos bien abiertos lo recibió agregando

- Los médicos no dicen eso; hm… los médicos no decimos eso -

-Por eso es que está así, ¿ve? - repuso ella en un tono sarcástico y luego rio.

Él ignoró aquel comentario y miró al piso ya fumando. Ella, en cambio, lo observó fumar, se sentía renovada; un sentimiento extraño la invadió. El simple hecho de verlo la hacía enloquecer y con cada calada él se adueñaba de sus ojos tristes. Nunca había visto a alguien fumar con tanta pasión y por un momento sintió envidia y ansiedad. Encendió otro cigarrillo.

La bolsa de panes empezó a pesarle y el cigarrillo se esfumó rápidamente. Fue poco después que la lluvia decidió acompañarlos.

Ella, dándole otro cigarrillo lo invitó a su apartamento; la lluvia, seguramente, dejaría de molestarlos. Él respondió con un “de acuerdo” marchito y mojado. Ella entró primero, esta vez menos agitada, con su cigarrillo y completamente mojada. Él la siguió sin vacilar.

- ¿Otro cigarrillo? ¿Café? ¿Periódico? - preguntó ella.

- Café, café estaría bien - contestó él con la mirada perdida.  Ella rio mientras se dirigía a la cocina por el café y descargaba la bolsa de panes.

- Tenga, lo calentará un poco, sólo un poco.

Él sonrió, por primera vez en toda la noche, y recibió la taza vieja. Bebió todo el café y de repente se encontró sentado en el sofá.

- No estaría mal una capa de pintura - dijo él tras un largo silencio pero luego maldijo por haber pensado en voz alta. Ella sólo lo miró y luego rio casi por minutos. Nunca recordaba haber reído tanto. Asintió con la mirada y con su cigarrillo en la boca, observando sus ojos; negros como la noche.

Después; se perdieron por horas en el recuerdo de sueños casi marchitos y el sofá se hacía cada vez más pequeño. Eran sólo dos almas mojadas por las lágrimas de los engaños que la vida misma les había brindado.

Amaneció después de una noche larga empañada por la lluvia.

Ellos, después de tomar un café, salieron a comprar pintura blanca y una nueva cajetilla de cigarrillos.

Es inútil contar lo que pasó después. Basta simplemente con un día lluvioso, un cigarrillo y un buen café para saberlo, imaginarlo y hasta poder vivirlo.

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