martes, 16 de octubre de 2018

¿Cuánto es lo que dan?


La música jamás ha dejado de estar contaminada por la lucha de clases, por la imposición de la élite. Quienes suenan en la radio son los hijos de empresarios o actores de clase alta, personas a las que les resulta propia la ambición difusa de la fama; bien fuera mediante el fútbol, la actuación, el canto o el entretenimiento, su esperanza de base era ser famosos y su método era el pagar por. La resonancia con la que cuentan es debida al músculo financiero, a sus posibilidades materiales. Más allá de calificarlo de bueno o malo, este fenómeno es una condicionante que no debiéramos dejar de ver. Son miles las buenas melodías que se están acallando no por méritos artísticos sino por las dinámicas de mercado, dinámicas que benefician la música más monótona y redundante, la más portable, la que se puede hacer sonar sin instrumentos. “Solo necesitamos unos cuantos bailarines y mucha ropa”.
Ahora cuando escucho a un nuevo artista sonando en la FM, busco en internet y lo compruebo: muchos son Yatras o Vegas cuyo único mérito reside en ser hijos de tal y poderse pagar ese espacio en la onda. Mi lucha actual está en no juzgar basándome en esta situación sino “libremente”. Pero no siento nada. Todo es una baba de bobos, fácil zalamería, sobreproducción, cuatro cuartos, “fría saliva de muerto”. Vuelvo entonces a Cocteau Twins, a The Smiths, a los Rolling… pero mi obsesión no cede y comprendo que también el hecho de que yo los esté escuchando corresponde a dinámicas de mercado: Inglaterra sabe exportar su cultura.
Recuerdo entonces cuando me preguntaron por la música urbana y de mi corazón salió una sincera alabanza al tango.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Esa última hora que tanto inspira



Solo podemos ser seres humanos. Quiero decir seres biológicamente humanos. No niego el espíritu ni la fuerza de la razón, pero mucho de nuestra corporalidad se escapa a lo que somos capaces de nombrar. Crecer, en el mejor de los casos, es ir reconociendo y entendiendo esa biología propia. Y el cerebro, como órgano, también es tan particular como desconocido. Es una unidad sellada: ¿quién sabe con seguridad qué zona tiene más activa? En este terreno irrumpe el lenguaje. Todo ese grupo de imaginarios y señalamientos, incluyendo esas ideas de “humanidad”, a veces tan opuestas a la biología más primitiva e innegable del hombre. Hay diferencias entre impulsos y necesidades. Reconocer qué es para cada uno, un impulso y qué una necesidad (las cuales a veces se empiezan a manifestar a punta de impulsos…) es imperativo.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Una necesidad



La historia de la civilización lo confirma: no importa qué se descubra; importa quién lo descubra.
No importa el mensaje; importa quién lo dice.
Las revoluciones son reiteraciones. Recaer es la manera de olvidar los propósitos.
Ya se ha avisado más de una vez: ni a punta de golpes aprenderemos. Es necesario empezar a cuestionarnos. Tenemos que hablar de política y religión: es fundamental en este momento. Debatir a cuántos les conviene que la mayoría de la ciudadanía sea carnívora. Entender el fenómeno de la pornografía, de los smartphones, y de los hogares divididos por la interferencia. ¿Por qué está mal que los jóvenes de más de treinta años vivan con sus padres? ¿Por qué cada persona debe ser un habitante que le represente al Estado la obtención de un monto económico mensual correspondiente a los impuestos de un carro, de un apartamento y de un celular? ¿Por qué lo "mío" en vez de lo "nuestro"? ¿De dónde ese fetiche con lo "propio"? 
Es momento de asolear nuestras ideas. De sacudirnos torpemente. En el camino iremos siendo mejores, pero los formalismos anuncian tiranías: el deber ser de los esnobistas es siempre el más violento. 
Hablemos de todo y desde ya.



sábado, 28 de julio de 2018

Una reflexión adolescente

Foto por June Juno
Puede ser adolescente por muchos motivos, pero yo la califico así porque responde a una provocación que viene desde mis años adolescentes: los medios dicen que el Rock n’ Roll está muerto. Sus argumentos siempre han sido comparaciones basadas en likes de YouTube, followers de Instagram, presencia en la Billboard, en magazines matutinos de difusión nacional y en emisoras radiales. Según esta interpretación, el reggaetón y la EDM son la música viva de estos días de calentamiento global y smartphones. A mi modo de ver, según este tipo de cifras y de "pruebas", el Rock n’ Roll no es que esté muerto: simplemente dejó de ser “popular”. Pero todavía e incluso así, sumido en esa "impopularidad", lo siguen haciendo y escuchando: diariamente, adolescentes de toda parte del mundo, estudian tal riff de guitarra, o dedican aquella canción de The Cure a ese romance tóxico. Sí: el Rock n’ Roll tiene audiencia a pesar de todo. Y ahora bien: falta ver si los géneros populares de hoy sobrevivirán a la inevitable impopularidad que se les vendrá en unas cuantas décadas. ¿Quién recuerda los discos de oro de “Café Moreno” o la Gaviota de Plata que Carolina Sabino se ganó en Viña del Mar? Los medios son trabajadores mediocres. Empleados deprimidos y deprimentes.   

lunes, 25 de junio de 2018

Alas Abiertas



Antes de la fiesta, no tenía vida. Empecé a tomar porque estaba seguro de que así conseguiría una. El peso de la costumbre perpetuó el hábito durante diez u once años. Romances, carencias, desordenes, aciertos, malas decisiones, imágenes, amigos, presencias, canciones, ideas, esquizofrenias, conocimiento, historias, risas, un cuerpo débil: esta es la coyuntura. Ahora necesito fortalecer mi cuerpo, hacerlo balsa para los océanos de todo el mundo, teleférico de todos los montes. Necesito corporeidad, dejar de ser para ser alguien más. Ver con nuevos ojos, buscar nuevas continuidades sin devolverme en el camino. Sé que deberé aprender a disfrutar de nuevas actividades en un comienzo tediosas o simplonas si las comparo (injustamente) con lo que siento mediante la bebida, la fiesta, el trasnocho, la disolución. Disolverme en la parranda me produce una satisfacción automática que a este punto ya me ha deprimido más de lo que me ha alegrado, activado o entusiasmado. Las mejores ideas han surgido en sobriedad, las líneas potentes las he alcanzado en rigores solitarios y creativos. Debo ahora (porque el deber es sinónimo de libertad) saber qué decir y ser capaz de decirlo; saber ser y atreverme a serlo. Necesito que los demás no me inviten a un trago, ni a una fiesta, ni a un plan: si a algo me van a invitar, exigir que sea a la vida: a un concierto, a una obra de teatro, a una biblioteca, a cocinar, a una caminata, a nadar en un lago, a hacer el amor, a tendernos en una manga para mirar el cielo. Será un modo de existir abrumadoramente diferente al actual y pasado; pero también será de sensaciones. Así, dejaré de fantasear con la sombría ruta de algunos ídolos, y viviré la mía. Soy una voz que contiene voces. 

viernes, 15 de junio de 2018

Ejercicio: carta junio 14




... querida:
Hoy en clase hablamos de las cartas. Nos lamentamos de que ya nadie las escriba. Pensé en ti. Antes de irte a Malta, la noche de la muerte de Scott Weiland, me dijiste que me ibas a escribir muchas cartas. Cartas físicas. El papel que usarías lo ibas a secar poniéndolo al sol luego de haberlo remojado en las aguas del Mediterráneo. Esto para mantener vivo algo entre nosotros. Algo que no sentimos sino cuando vienes. Yo nunca he podido ir. Aún recuerdo ese porrito que nos fumamos en enero. Escribí un cuento con esa imagen. El protagonista se arma los varetos con pétalos de rosas. Desde entonces no he vuelto ni a fumar, ni al Parque. Los chinos, o los japoneses, no sé, recomiendan no volver al lugar donde uno fue feliz. Y desde el balcón de estos días, sé que lo fuimos. Solíamos decirnos: “venimos acá para disimular que estamos tristes”. Y el disfraz se hizo atuendo, y el atuendo, ropa de diario. Pero he leído tus más recientes tweets y quedé preocupado. ¿No hay en Berlín algún lugar donde puedas disimular que sigues estando triste? No hago sino pensarte. ¿Aún sueñas con ser actriz? ¿La talentosa diva mayor de un circo pobre? ¿El último sabor de mi boca? Sabes que siempre voy a querer leerte y escucharte. Escribir y cantar son ahora los espacios donde se contonea felizmente mi alma. Allí no tengo que disimular nada… ni siquiera… que estoy bien.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Mi viaje al centro de un libro


Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne, trata más que de una expedición. Para mí, en este momento de mi vida, esta novela fantástica es acerca de la voluntad y la esperanza; de asumir con energía propósitos nobles, expediciones imposibles. Lo relaciono con mi búsqueda actual por medio de la literatura y de la música, con los sacrificios que debo hacer para poder crear, para forjarme. Hay verdaderas joyas puestas de manera sutil y brillante dentro de la trama, como cuarzos incrustados en una roca cualquiera. Ejemplos:
  1. El tío no se desgasta en discusiones: su propósito es claro y gigante: viajar al centro de la tierra. ¿Cómo iba a distraerse en nimiedades y orgullos?
  2. Axel se enfrenta a sus miedos, a su pesimismo y a su incredulidad: el tío, atento e impasible, lo enfrenta constantemente: ¡Hablas como un hombre sin voluntad!
  3. El granito, dura roca que los separa de la superficie terrestre, los hace sentir aprisionados. Pero en algún momento el tío propone lo siguiente: ¡Nuestra voluntad debe ser más dura que el granito! Y sí: nuestra voluntad, la voluntad personal, debe ser más dura que los obstáculos. Haceos duros, gritaba Zaratustra, más o menos por los mismos años en que Julio Verne publicó esta novela.
  4. Axel lo dice: todos los inconvenientes, todos los obstáculos, todos los problemas, fueron lo que les permitió llegar a la playa correcta, a la gruta indicada, al resguardo del destino. Your destiny may keep you warm, cantaban los de Oasis.
  5.  La confianza de Hans educa en silencio.
Estuve aplazando la lectura de este libro desde el año 2004. Es una reliquia familiar que ha pasado por varias manos y cuyo año de edición no es específico. En sus solapas hay firmas, la más remota data de 1955. Es la de mi abuelito, Jorge Fernández, quien, como mi otro abuelito, murió en 1984, cuatro años antes de que yo naciera. Cuando abrí este libro, con respecto avanzaba, empecé a sentir que nadie había llegado hasta estas páginas desde hacía mucho, de la misma forma como los protagonistas avanzan por senderos que hacía cientos de años no eran transitados. En un momento, me dio por olerlo. Su aroma dulce me hizo imaginar qué loción se aplicaría mi abuelito y pensé que tal vez este libro podría contener mensajes que él quisiera darme hoy. Leyéndolo, los escuché. 


miércoles, 18 de abril de 2018

Un bostezo de Dios



Eran las nueve y cinco de la noche.
Martín iba de la universidad a su casa. Era el único pasajero y un gran tedio parecía ser lo que movía al bus. Se fijó en el aviso pegado justo detrás del conductor:

"No me grite. Si va de afán, levántese más temprano".

Estaba enmarcado con lucecitas temblorosas. Era, realmente, un aviso. Casi un anuncio.

Aunque las calles estuvieran vacías, el trayecto sería largo. Revisó su celular seguro de que el tiempo que se pierde avanza mucho más rápido. Su manera más cotidiana de no hacer nada era sumirse en lo que los demás mostraban de sí mismos. No se atrevía a decir que estuvieran mostrando sus vidas porque para él la vida era mucho más que eso.
Vio entonces la historia que había publicado Mafe en su cuenta de Instagram.

"No me grite. Si va de afán, levántese más temprano".

Era el mismo aviso, el mismo bus, pero a una hora distinta.
Por la mañana no se notaba que estuviera enmarcado con lucecitas temblorosas, pero aún así emitía con fuerza el mensaje.
Martín le escribió.

- "Mafe! no puedo creerlo. Estoy en el mismo bus de tu historia de Instagram"

La coincidencia en ese momento solo lo hizo enternecer y sonreír. Entonces, se quedó mirando la ventana, recordando los momentos vividos con Mafe hasta cuando un mensaje vibró en sus manos.

- "Martín. Que cosa más linda. Justo en ese momento iba hablando de ti".

Así, la coincidencia adquirió otro tono.

- "Esto es un llamado" - pensó.

Buscó algo a su alrededor; un algo impreciso, lo que fuera, una persona con un mensaje, un objeto de valor debajo de tal silla, una palabra sanadora.
Pero nada.
Por donde iban, no habían carros ni motos. La radio sonaba solo para el conductor. Los cambios de color de los semáforos eran lentos pestañeos. Nadie más se subió al bus.
Martín, ya de pie frente a su hogar, vio cómo el vehículo se hacía más pequeño conforme se alejaba.

- "¿Qué habrá sido?" - se dijo mientras abría la puerta del edificio.

Eran las ocho y cinco de la noche, y todo parecía seguir igual.


jueves, 29 de marzo de 2018

Conserva tu oído: Sobre la publicación de ayer

(Foto por June Juno)

“En la soledad he visto muchas cosas claras que no son verdad” Machado.

Terminé la anterior publicación refiriéndome a la prevención que lidio picándola menudita con el filo de mi naturaleza.  Lo escribí al mediodía, antes de almorzar y salir. En esa salida pasaron cosas. Sucedieron. Me encontré con dos mujeres; fueron dos encuentros diferentes. Uno a las 3 y otro a las 8. Llegué conmovido e inspirado. Fue reconocer el significado de una premisa consabida: las experiencias nos van formando; no sólo nos forman: nos van formando.

Por hábitos o círculos sociales, me allané en un mismo entorno. Un único grupo social. Una predecible serie de comportamientos. Las relaciones que viví confinado en esos muros que yo mismo hice altos, me hicieron creer algo que escribí y publiqué. Recuerdo sentirlo profundamente. Meditarlo. Entenderlo. Lamentarlo. Pero ayer en la tarde, descubrí que lo que yo juzgaba de filo no era otra cosa que conciencia, entendimiento. Y para mi tranquilidad, así contradijera mi opinión, evidencié que estaba generalizando pobremente las relaciones amorosas. 
Es imposible transferir lo que uno sabe, pero más posible es hacerlo ver.

No sé qué se siente actuar por instinto de supervivencia. Y estas mujeres sí. Por sus relatos fui comprendiendo el origen de sus decisiones. El miedo, la incertidumbre y los sobre esfuerzos no hicieron que dejaran de ser jóvenes, hermosas, idealistas, y esperanzadas. Vi en ellas el rostro de las almas "esforzadas" (valiéndome del concepto de Aristóteles). En algún momento tuvieron que trabajar sin pleno convencimiento, no resignadas sino comprometidas con vivir. 

- Mi filo…. – pensaba ante semejantes destellos de sables ágiles.
- Están en su planeta – reflexionaba.

Su sabiduría, su conciencia, su entendimiento, su filo, han sido forjados con rigor a fuerza de experiencias, de riesgos, de errores y aciertos. No se expresan citando a nadie. Sus ideas son conclusiones a las que llegaron mirándose la cicatriz que una vivencia les dejó. Hablan de perdón sin moralizar. Aman el mundo porque son parte de él.
Yo me concentré en escucharlas. Presentía que no tenía absolutamente nada más para darles.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Conserva tu filo.

(Foto ↑ por June Juno)

Desde niño he experimentado lo afilado que puedo ser. He procurado no cortar a nadie ni cortarme. He trabajado en mí para hacer que ese filo sea filo de cuchillo con el que se taja un pan, filo de espada que suena rompiendo el aire en una exhibición. Ser afilado ha sido sinónimo de vivir de manera decidida, un permanente funambulista, con vacío y abismo a lado y lado.  Vivir de manera decidida es lo mismo que vivir de manera intensa, y esa intensidad personal la defino por una necesidad de crear, de inventar, de ser brillo y reflejo de brillo. Sé a lo que me atengo y cada día compruebo la dimensión de esa decisión, pero la inseguridad más cotidiana, la duda, el sinsabor más propio de todos los días, tiene que ver con las relaciones amorosas. ¿Noviazgo, romance o affair? ¿Construcción o solamente desfogue? ¿Oficio o hobby? No hay mucho que pueda decir… hay un punto en el que cuesta compartir  tiempo. Es así de básico: una relación me exige ese tiempo que uso para sacarme filo, crear, inventar, e intentar ser brillo y reflejo de brillo. Las relaciones que he vivido se han fundado no más en emociones que en hábitos de consumo: no es una construcción y ya. Es una construcción que depende tanto de escuchar al otro como de gastar; de ser caricia y a la vez dedos que, haciendo pinza, deslizan la tarjeta por el datafono.

- “Ya quiero ver el día que puedas pagar en un restaurante con tiempo” –me dijeron alguna vez.

Yo no fui capaz de responderle a esa persona, porque no encontré las palabras inofensivas con las cuales hacerle ver que todo lo que consumimos de una u otra manera lo pagamos con tiempo. Entonces, como tantas otras veces volvería a pasar, me quedé callado. No iluminé su cara con el resplandor de mi filo. Me confié: pensé que se conservaría… pero no. El filo se fue perdiendo y vine a descubrirlo mucho tiempo después. Lo encontré enmohecido, opaco, sin capacidad de brillar o ser reflejo de brillo. Ese noviazgo melló el filo que había en mí, y esa es una prevención actual con la que lidio… picándola menudita.