... querida:
Hoy en clase hablamos de las cartas. Nos lamentamos de que
ya nadie las escriba. Pensé en ti. Antes de irte a Malta, la noche de la muerte
de Scott Weiland, me dijiste que me ibas a escribir muchas cartas. Cartas
físicas. El papel que usarías lo ibas a secar poniéndolo al sol luego de
haberlo remojado en las aguas del Mediterráneo. Esto para mantener vivo algo
entre nosotros. Algo que no sentimos sino cuando vienes. Yo nunca he podido ir.
Aún recuerdo ese porrito que nos fumamos en enero. Escribí un cuento con esa
imagen. El protagonista se arma los varetos con pétalos de rosas. Desde
entonces no he vuelto ni a fumar, ni al Parque. Los chinos, o los japoneses, no
sé, recomiendan no volver al lugar donde uno fue feliz. Y desde el balcón de
estos días, sé que lo fuimos. Solíamos decirnos: “venimos acá para disimular
que estamos tristes”. Y el disfraz se hizo atuendo, y el atuendo, ropa de
diario. Pero he leído tus más recientes tweets y quedé preocupado. ¿No hay en
Berlín algún lugar donde puedas disimular que sigues estando triste? No hago
sino pensarte. ¿Aún sueñas con ser actriz? ¿La talentosa diva mayor de un circo
pobre? ¿El último sabor de mi boca? Sabes que siempre voy a querer leerte y
escucharte. Escribir y cantar son ahora los espacios donde se contonea felizmente mi
alma. Allí no tengo que disimular nada… ni siquiera… que estoy bien.
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