lunes, 14 de febrero de 2022
Social Climber
sábado, 1 de enero de 2022
Una reflexión luego de leer "El celoso extremeño"
Al leer “El celoso extremeño”, de
Cervantes, me enfrento a mi idea del amor, la cual suele estar vinculada al
dinero y a las luchas de poder que se establecen por medio de la capacidad de
gasto. Mis experiencias se confunden con mis prejuicios al punto de ser lo
mismo; mi "vida amorosa" (más bien "relaciones de pareja", porque ¿qué parte de mi vida no ha sido amorosa?) es lo que he
temido que sea: desengaños, intrigas, traiciones, frágiles y pasajeros momentos
agradables, promiscuidad, el sexo como un desahogo. Y me someto a esto porque siento
y considero que las personas de clase media o trabajadora, sea cual sea nuestro
nivel de sensibilidad, no tenemos derecho a algo distinto: pretendemos,
aspiramos a lo burgués, a poseer y consumir. Al leer tal novela ejemplar,
comprobé que esto, a futuro, termina construyendo personalidades celosas e
inseguridades. Quiero tener dinero para de cierta manera cercar, obnubilar, más
que enamorar. Subestimo a las personas, a su capacidad de amar y termino
imponiendo mi prejuicio: “lo que importa es la plata”. Y es inmaduro admirar y trabajar en torno a una idea de
capacidad de consumo en vez de una noción de capacidad de trabajo (y de la
manera como se articula el trabajo con el juego: alguien feliz de hacer lo que
hace y de la manera como lo hace). Hoy considero que vivir bellamente, lograr
vivir de manera linda, armónica, es lo que me resulta más atractivo. Es
mi propósito, también.
miércoles, 15 de diciembre de 2021
Metas, sueños, íntima necesidad creativa.
A veces, las expectativas nos confunden. A veces, las metas y los sueños se filtran en tales expectativas, impidiéndonos valorar las experiencias, saborear su más sutil esencia. A veces, esas metas y sueños se vuelven velos, nubes, neblina, impidiéndonos ver el camino andado y el presentido, reconocerlo y proyectarlo – respectivamente. Desde hace poco tiempo, he decidido –he querido- dejar de atender las metas y los sueños, sin menospreciarlos, sin faltarles al respeto, admirando siempre su encanto. Así, ya no filtro por medio de ellos mis necesidades o impulsos creativos. Es decir: ya no le presto tanta atención a mis metas o sueños, sino que me enfoco en eso que surge como una íntima necesidad creativa, o mejor, como una urgencia creativa (que no por urgente carece de serenidad ni goza de explicación). Esta necesidad la observo, la pruebo, la degusto: la aprovecho.
martes, 30 de noviembre de 2021
A mi amiga
“… pero ninguna tumba guardará su
canto”.
viernes, 19 de noviembre de 2021
Íntimas reflexiones nerviosas
martes, 26 de octubre de 2021
Apuntes gripales
En la
pandemia descubrí algo cercano a mi modo de vida ideal. No hay nada más
peligroso que hablar de un sentido común: ¿cuál es la mano que lo redacta?
Dentro de la lógica que supone el sentido común no se admiten ideas como
"confía en la poesía de tu corazón". Aún así, ¿qué sería de nuestro
vértigo sin esta serie de máximas? Lo más poderoso de la vida, lo vital, va en
contra de ese sentido común.
*
Creo que hay que enseñar a ser agradecidos de entrada, con el saludo, y no únicamente a dar las gracias en el momento de la despedida. Esto sin duda alguna, desde los modales y la formación en las buenas maneras, se nos volvería hábito, cosmogonía, y viviríamos dando las gracias desde el principio de los procesos y no únicamente al final, durante la vejez o a partir del momento cuando el final se presiente.
*
Muchas veces nuestra lectura se torna eurocentrista por la facilidad con la cual se construyen los relatos. Los cuentos, la historia de Europa suele ser tan predeciblemente lógica que somos capaces de comprender los furores de tantas vidas trazando una línea de eventos unidos (forzados) de manera coherente. Pero ninguna vida, ningún momento de la Humanidad ha sido así. Los acontecimientos no se trenzan de tal forma, y creer que es posible que la fugacidad excelsa y voluptuosa de nuestro vivir pueda ser narrada y manoseada así, consuela a pocos, y nos angustia a todos.
*
¿Quién, quiénes me enseñaron a usar la palabra de determinada manera?
viernes, 3 de septiembre de 2021
Al borde de la vida
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| Pintura de Federico Fernández Gärtner |
A veces, las provocaciones persisten a manera de recuerdo. El viejo eslogan "el rock está muerto", pareciera ser parte misma de la iconografía del rock. Lo dijeron en los setentas, lo dicen hoy. Ya ni me importa... aunque a cada rato me quede pensando en cómo responder. Lo que sí me afecta es la necesidad de matar para seguir, para avanzar, y esa necesidad de construir un veredicto oficial, una noción de moda, de presente absoluto. No sé por qué pero nadie se la pasa diciendo "la salsa está muerta" o "el expresionismo alemán está muerto" o "el arte paleocristiano ya no pega"; tal vez sea parte del karma de la estética del rock n' roll... tal vez sea una forma agresiva de hacerle caer en cuenta al viejo que ya no es un jovencito... que andar borracho no es sinónimo de prestigio. Aún así, la música vive para quien la escucha y se emociona con ella. De la manera que sea que la consuma, que llegue a ella, si se conecta con esas pulsaciones, con el ánimo de cierta melodía, de cierta canción, obra o baile, eso basta para que esas dos existencias, arte y persona, se alimenten, se insuflen de vida, se aviven.
Hoy una persona escuchó por primera vez "Música ligera" y "Lamento Boliviano", y se sintió feliz de estar viva.
Son las ventajas de siempre andar dispuestos, al borde de la vida.
miércoles, 25 de agosto de 2021
Lo imposible
La palabra “texto” proviene de “tejido”; supongo, que escribir, de alguna forma, es tejer, urdir, entramar. Este tejido, que ha intentado surgir a manera de canción, de mensaje, de cuento, versa de lo imposible. O mejor, lo himposible, imitando el juego que propone Cortázar.
Es imposible - o himposible - por ejemplo, concebir la cuarta dimensión. Vivimos en la tercera. La segunda son los planos. La primera, una línea sola. Es más fácil comprender la cuarta dimensión si se sugiere la siguiente idea: la sombra de los objetos tridimensionales son bidimensionales: toda sombra es plana. ¿Cómo es la sombra de una esfera? ¿La de un cubo? Ambas, planas. En este orden de ideas -o de delirios-, “los cráneos de la física” explican que nuestra dimensión, la de los objetos 3D (incluyendo el Cristo que invoca Cerati en su lujuriosa bocanada número 8, “Verbo Carne”), es una especie de sombra de la cuarta dimensión. Esto quiere decir que alguna especie de luz nos proyecta, nos crea.
Dicen que la meditación trascendental nos permite sumergirnos en un campo que unifica todas las dimensiones (esas 11 dimensiones de la Teoría M). Y eso que solo podemos concebir tres... los Ángeles, en cambio, pueden subir y bajar, vagando benevolentes entre todos los pisos del edificio. Sin embargo, hay muchas otras cosas que uno no logra concebir. Como por ejemplo, los 900 mil millones de dólares que se gastaron en la guerra contra Afganistán. Himposible. Hinconcebible. Decir esa cifra es decir nada. Es tan vago como hablar de la cuarta dimensión. ¿Están esos dólares sustentados en oro? ¿Es esa cifra una representación de la fuerza de trabajo? ¿De las mañanas y los desangres?
Y esto podría volverse una diatriba en contra de ciertas economías y modos de vida (y un ditirambo a favor de otras y otros) pero prefiero cambiar, hacerlo íntimo, y narrar en segunda persona.
Decir tú, porque hay un tú.
Un tú tan imposible, tan inconcebible para mí como esos 900 mil
millones dólares o la cuarta dimensión. Un tú que no fui capaz de prohibirme
pese a mis promesas y vocación de
sacrificio.
Ni yo tengo explicación, aunque bueno, preparaba el libreto de las clases pensando en ti; mi impaciencia era el afán de sentirme tranquilo, fresco… quizá por eso antes me aseguraba de hacer ejercicio a fuerza de Pet Shop Boys y Culture Club. Junto con la Weidman 12%, fuiste el gran estímulo de principio de año: una forma de mi sentido de recompensa.
Pero aún así, el del sábado, fue un momento imposible, inconcebible, cuartodimensional. Ser
capaz de cruzar el umbral del miedo sin duda, sin nada distinto a la necesidad
de acercarnos, luego de estos diecisiete meses de distancia y jabón, fue mi meditación trascendental: por un segundo – o menos
– se me hizo comprensible el multiverso, y lo disfruté: en esta dimensión fuimos
un abrazo, un roce; en otra, el latido de mi pecho; en otra, la voz de Lou Reed; en
otra, el narcótico que él se inyectaba y que le animó a componer aquella canción que nos
acompañó; en otra, el acorde Dmaj9 que debe estar en alguna parte de esa canción que quiero componer para nutrirme de tu voz
cada vez que la interprete; en otra, tu hermosa habilidad de crear espacios moviéndote…
martes, 17 de agosto de 2021
Sobre el hábito de las discusiones imaginarias
El hábito de observar mis pensamientos me ha llevado a reconocer mi tendencia
a urdir discusiones imaginarias, sobre todo en las horas de la mañana. Casi
siempre, en estos espacios, respondo a las agresiones que en su momento me afectaron
hasta hacerme quedar callado o asentir de manera resignada o sonreír
falazmente. Cuando vuelvo a ellas, en la discusión que imagino, hiero, devuelvo
la agresión. Por ejemplo, con cada día que pasa, es más probable que me acusen
de padecer el síndrome de Peter Pan. Consciente de lo que esto quiere decir, de
la clase de principios que mueven a los teóricos que desarrollaron este
supuesto trastorno, de las conductas y hábitos de consumo que privilegian, en
mi mente encaro no sin agresividad estas acusaciones que me hacen y que son en
extremo violentas. Puedo pasar varios minutos puliendo la piedra, buscando la manera más efectiva y fatal de ser hiriente
con mis argumentos. Finalmente, la pelea se va desintegrando pero el ánimo de
lucha, la sensación de alerta, la energía agresiva quedan en mí y se demoran
varias horas en irse.
Es entonces cuando el hábito de observar mis pensamientos me ha
permitido darme cuenta, con prontitud, del momento en el que las turbinas se
prenden e inicia la pelea.
Así he aprendido a detenerla, a detenerme. Miro a mi alrededor y
reconozco lo que hay, lo que he construido, con mi trabajo, con mis actitudes,
con mi manera usualmente cordial de tratar a los demás. Luego, los pensamientos
se desvían en otra dirección, a veces hacia otra pelea, y vuelvo a encausarlos
hacia otros ámbitos, hacia otras sensaciones. Presiento que antes estaba apegado
a este tipo de conflictos porque creía que constituían el mejor nutriente de mi
escritura, pero Kawabata, Camilo Suárez, entre otras presencias, me han
enseñado que no tiene por qué ser así.
También existen los conflictos amables.
Algo más: al leer a Jaron Lanier supe que los mecanismos de
interacción que facilita el internet, están diseñados para alimentar esta
agresividad, estos soliloquios llenos de conflicto, nuestro trol interior. Por
eso prefiero no usar el celular sino hasta después de desayunar, unos pasos
adelante en la jornada, y no recién me despierto, estando aún entre las
cobijas.
miércoles, 21 de julio de 2021
Un blog...
Un blog, tan público como secreto, en el cual no concentro
mis ambiciones ni mis ambages. Un blog en el que dejo lo que se me va
ocurriendo, una o varias veces al mes, desde aquel soleado y feliz junio de
2010. Un blog en el que escribo acerca de temas tal vez menos anónimos que yo,
sin la necesidad de llamar escrúpulos a la prudencia, o desahogo a mis
afirmaciones. Un blog que me ha enseñado más de lo que yo lo he escrito, y que
podría evidenciar mis contradicciones sin delatarme: mi principal verdad ha
sido y es el lenguaje, y algunas mentiras me resultan convincentes por lo bien
que suenan mas no porque las crea ciertas. Un blog que estará por encima y por
debajo de todos los libros que sigo intentando escribir y publicar. ¿Con qué
descaro saludaría yo si algún día alguien llega y me dice: “me lo leí enterito”?
… pues nada: sería repetirme y que se aguante.



