sábado, 29 de abril de 2017

Tal vez porque Gärtner significa jardinero


Trabajar en cualquier cosa por las ganas de ganar dinero. Así pulirse, recrearse y replantearse. Estudiar jardinería, trabajar en una librería, en un vivero. Acercarse a las plantas, a los libros. A eso que amo. Decía: si voy a trabajar en cualquier cosa, sin importarme nada, pues me voy a otra ciudad en otro país: pero no. Ya no. En esta ciudad es donde está la agrupación y todo lo que hay por hacer. Recuerdo a Sebas Quijano, a Daniel Jiménez, a  mis contemporáneos que viven de hacer más justa y sensible a esta sociedad del trópico. Que irme no sea escapar: la vocación es comprobarse en un compromiso y redefinirse en él.  Si hay que mejorarse, pues mejorarse. Espero que sean las opciones y no el tedio las que me plantearán qué idioma, qué lugar, cuáles esperanzas. Crear será una condición de vida. Mi manera: ensayar, disciplinarme, estudiar cada día más. Mis dos verbos son contemplar -realidades, libros, miradas, mi propia voz- y adorar. Así construiré una fantasía que sea refugio de muchos y no una fantasía que sea evasión, discordia, trinchera desde donde disparo denigrando, escondite, fumadero de opio.


jueves, 13 de abril de 2017

Primer Intento

                                                                                              
            Horacio me asegura que solamente debiera dedicarme a escribir. Dice, para enojo mío, que el único motivo por el cual yo me considero un pintor es porque mi papá también pinta y porque mi mamá esculpe. Sin convencimiento, hoy quiero acercarme a la escritura, a este nuevo modo de canalizar mi sensibilidad, como una forma de corresponderle a su fría pero sentida manera de ser amigo mío. Además él es un vidente: su afán por hacer que yo escriba lo argumenta recordándome que mi dos abuelas fueron poetisas, mi abuelo materno un periodista y el paterno un jurista. Lo extraño es que aún no sé cómo se enteró de todo eso. Nunca se lo mencioné ni tampoco le conté algo al respecto a Eliana, una amiga mía que era novia de él y quien hasta hoy vivió en la misma pensión estudiantil que yo.
            En la actualidad estudio Artes Plásticas y me pago un cuarto con el dinero que me consignan mensualmente mis padres, quienes decidieron irse a vivir a El Carmen de Viboral, lejos de todo excepto de ellos mismos, según dicen. Eli es de Santa Marta y había venido a Medellín a estudiar Diseño de Modas. La primera vez que nos vimos nos enamoramos, e insinúo que fue mutuo porque decidimos unirnos en una sola habitación para ahorrarnos así una mensualidad. Lamentablemente, no me convino la cercanía pues su obsesión por el orden chocaba con el estado en el que suelo mantener los lugares que habito. Al principio intenté disimularlo pero con el paso del tiempo se me hizo imposible: los libros volvieron a regarse por el suelo, el polvo consumió la madera de mi ukulele, las hojas decidieron amontonarse en un rincón donde la humedad de la pared resolvió unírseles. Ella, sin avisármelo, empezó a pagarse su propia habitación y desde esa fecha somos nada más que amigos.
Conocí a Horacio la noche del lunes 30 de octubre. Yo completaba el tercer día de estar encerrado en mi habitación, luego de haberme reencontrado el jueves anterior con la cocaína y las metanfetaminas. Tras cruzar una laguna de horas, no me equivoqué al predecir lo pesado que sería el guayabo, el cual se estampó en mi mente, hacia las dos de la tarde del viernes, como la versión impresionista de un nublado paisaje: melancolía imprecisa, vergüenza, taquicardia, fetidez. No era capaz de hablar. Me desconecté. El dolor se nutría de antiguos dolores; la culpa, de viejas culpas; la tristeza, igual. Supongo que Eli sabía lo que me ocurría porque durante el fin de semana, alentándome, me envió varios mensajes de voz y fue por ese detalle, que el siguiente lunes, quise agradecerle con un abrazo.
Cuando salí de mi encierro, los vi sentados en la sala. Mi amiga hablaba y él la escuchaba. Observé atento. Dejé que pasaran algunos segundos. Dudé; quise dejar mi agradecimiento para otro momento pero noté que el ritmo de su conversación decaía. Muy suave, él la interrumpió y, con fuerza e intención, me miró como pidiéndome una explicación. Eli, torpe, titubeando, brincando de palabra en palabra como si cruzara un río saltando de piedra en piedra, le dio a entender que yo era su roommate y, al reprocharme por haberla dejado en visto, despertó la curiosidad de su acompañante, quien dedujo, no sé cómo, que yo estaba pasando por un mal momento. Esto me llevó a unírmeles en el sofá y a hablarles, o mejor, a llorarles mis sentimientos. Él intentó animarme pero por esa culpa nutrida de culpas y ese dolor nutrido de antiguos dolores, además de una particular vergüenza que en ese momento empezó a brotar en mí como una flor blanca que se abre dentro de un cadáver, no fui capaz de ceder. Lloré delante de ellos hasta cuando sentí la vergüenza de haber interrumpido su encuentro. Me disculpé y regresé a mi cuarto.
Durante varias noches los volví a ver. Notaba que ella lo buscaba para asesorarse en temas relacionados con su carrera. Él era un apasionado por la vida; su conocimiento me parecía enciclopédico: hablaba de telas, confecciones y presupuestos con tanta propiedad que, oírlo, me inspiró a hacer lo propio.
Me dediqué a rayar; probé con nuevos colores, con nuevas texturas, con nuevos materiales que me sirvieran de lienzo. Las ideas estaban en mi mente pero me expresaba con debilidad y no salían; el trazo era torpe; los colores, pálidos. Me sentí desesperado y mi escape fue el Libro de Job; supe que le gustaba a Emil Cioran y por eso lo leí, pero en realidad leerlo fue algo que me impuse: desde un comienzo me pareció difícil, recio y vertical y de hecho, en un primer momento de mi lectura, consideré toda la situación como una correspondencia de Yahvé al juego malicioso propuesto por Satán. Pero pronto entendí que no se trataba de una tentación sino de una oportunidad, y está claro que es tradición moral llamar tentación a las mejores oportunidades. Tal vez Satán quería que alguien bueno, inocente y tan ajeno a los excesos, como era Job, reverdeciera mediante, precisamente, un exceso de desgracias repentinas y en apariencia injustificadas, con el objetivo de acercarlo a su Creador, quien en el momento del diálogo se muestra más enérgico e intimidante de lo que yo esperaba. Interpreté por tanto que el licor y las drogas podrían ser, en mi caso, una oportunidad y no una tentación, y que estos excesos personales serían el lenguaje propio de un diálogo trascendental y a la vez humano con una conciencia viva y creadora. Esta serie de pensamientos me aliviaron y además, me llevaron a buscar un nuevo espacio, más austero quizá, menos cómodo, a  lo mejor.
Decidí entonces mudarme a la habitación más pequeña de la pensión, una de techos bajos y sin ventanas, porque creía que allí, libre de distracciones, alcanzaría ese momento de mística iluminación en el que, gracias a una idea, me convertiría en el pintor más aclamado de toda mi generación; allí sería donde recibiría las felicitaciones de Banksy y donde atendería, con permitida insolencia, todas las entrevistas y todos los cuerpos jóvenes, deliciosos y pulidos de las selfie adictas más excitantes del Instagram. Pero la realidad posterior fue muy diferente: en ese cuarto, donde la madera de mi ukulele crujía por el calor que hacía, el polvo me hizo toser y estornudar durante los pocos días que lo habité, porque pasó que no duré mucho allí: una tarde, cuando llegué de clase, lo hallé vacío.
“¡Me robaron!”, grité. Nadie me atendió. “¡Jueputa! ¡Me robaron!”
Todavía no comprendo por qué agarré a patadas el marco metálico de la puerta de la entrada principal. Lo pateé un rato largo y volví a bajar a ese sótano que había tomado por habitación para encontrarme en ese pequeño espacio con ese gran vacío. No podría precisar cuánto tiempo pasó hasta cuando escuché, en el segundo piso, el sonido opaco de un ukulele. Alguien lo afinaba. Supe que era el mío. Allí, en un cuarto más amplio, estaba reunido todo mi desorden alrededor de Horacio. “No iba a permitir que tocaras fondo. Te pagaré los dos primeros meses”.  
Sentí más rabia que calma. Él me miraba desde el sofá donde estaba sentado, rasgueando, apacible, mi instrumento. Reconocí los acordes de Somewhere over the rainbow. Yo no hablaba, no sé por qué.
“Espero que seas agradecido; debes ser más introvertido, al menos mientras aprendes a ser extrovertido”, aseguró.
“¿Introvertido?”
“Sí”, respondió. Fue un sí inmediato y seco.
“No, pues no” – repliqué-  “Vos no…  no tenés ningún derecho a… a… a…”.
“A-a-a, ¡nada!”, interrumpió y ridiculizó mi tartamudeo. “Sólo me gusta ser solidario. Por cierto, el escritorio que te compré es para que escribas”, dijo a manera de despedida, entregándome el ukelele y cerrando la puerta tras de sí. Yo me quedé parado ahí, en el primer segundo de mi desconcierto.
Hablé de este incidente con Eliana. Me aseguró no saber nada al respecto. “Esa no era la ayuda que yo esperaba; eso no es ser solidario. ¡El libre albedrío se respeta!” – dije bastante destemplado. “¿Quién le dijo que tenía que ayudarme? Y dice que es su manera de ser solidario conmigo. ¿Qué lo hace sentir capaz? ¿Qué tipo de arrogancia es esa? ¿ah? – respiré sin fuerza - ¡Yo no tengo por qué depender de nadie!”.
En un instante de esta conversación, ella se reveló preocupada por haberse inscrito en un concurso que convocaba a diseñadores de todos los países, y cuya fecha límite de entrega ya era más que cercana. El mismo les prometía a los ganadores la financiación de una de sus colecciones, y mi amiga, aunque había desarrollado gran parte de la suya, aún no se sentía plena. Me dijo que Horacio se estaba encargando de la conceptualización y ella de diseñar e ilustrar. Yo los oía discutir en la mesa del comedor. Allí trabajaban  y fue durante tales jornadas que noté la tensión existente entre ellos. Eliana, aun siendo ordenada en lo cotidiano, al momento de crear era parecida a mí: ideas regadas, detalles imprecisos, acabados caprichosos.

Una noche me despertaron los alaridos de rabia de Eli. La vi agarrada a la pantalla de su portátil, estremecida, trémula de ira, gritándole advertencias a Horacio. Él había decidido hacer por su cuenta todo el trabajo y enviarlo a los jurados del concurso a nombre de mi amiga; ella, sin desconectar la video-llamada, con el sabor de la furia fresquito en su boca, me llevó a su cama y escenificó allí la ingenua venganza, como si le bastara acostarse conmigo para disipar su rencor.
La siguiente semana Horacio la visitó. Ella no le abrió la puerta. Yo, quizá por complicidad de género, lo atendí. Ojeó mis libros. Me pidió algunos prestados.
“¿Cómo vas con la escritura?”, me preguntó.
“Solamente pinto y leo”, respondí.
“No creo” - dijo - “no existen obras tuyas, tampoco te he visto pintando. Los óleos que tienes están secos. Las cerdas del pincel se han endurecido. Sientes la vida a través de palabras, no de imágenes, y las pocas imágenes que ocasionalmente inundan tu emocionalidad, las conviertes inmediatamente en palabras. Es inevitable…” – hizo una pausa y con una voz más grave, como si en verdad procurara ser más dulce, continuó – “… y sé que tu papá es pintor y tu mamá escultora, pero por el lado de tus abuelos, en ese punto en particular de tu genealogía, se reúne todo lo necesario para que seas un gran escritor. No sé si literato o poeta, pero al menos sí un gran redactor”. Sin decir nada, queriéndole hacer creer que ignoraba sus palabras, me fui. Cuando regresé, ebrio otra vez, me encontré con Eliana. Horacio ya se había ido. Ella y yo nos volvimos a probar.
Durante la madrugada nos reímos hablando mal de él. Dedujimos que sólo quería ser el protagonista de la vida de otros y no de la suya; que magnificaba los problemas de los demás para sentir que había hecho una gran obra, y que sólo construía tras haber destruido. Juntos, desnudos, disfrutando de la oscuridad en la que nos probamos, no nos sentimos tan crueles ni tan egoístas como nos parecía él, y jugamos al psicólogo diagnosticándole una vanidosa megalomanía arrogante. Dormimos abrazados hasta cuando sentimos el timbre.
Pensé que podría ser Horacio por lo cual me vestí con afán cobarde. Ella siguió en la cama; ambos sabíamos que era yo quien debía irse. Incluso, ambos sabíamos que era yo quien debía abrir. Así fue como me di cuenta que no era él quien timbraba. Era un cartero. Preguntaba por Eliana.

Venía remitido desde Londres.
Sí.
Desde Londres.
Un sobre negro con otro sobre blanco adentro y en el fondo una carta y una buena noticia.
“With great pleasure, we inform you that you have been accepted...”
Se había ganado el concurso. Su colección The white also fades away (en castellano titulado El blanco también se destiñe) la hizo merecedora del premio principal; además, destacaban el excelente fundamento conceptual de la obra, compilado en un ensayo titulado Los Wayúu, los Punks y el desastre nuclear: una fantasía de supervivencia apocalíptica (The Wayúu, the Punks and the nuclear disaster: one fantasy of apocalyptic survival).

Nos quedamos en silencio. ¡Todo debía ser tan inmediato, tan pronto!... ¡tan soon!
Y ella, mujer joven que solía decir que era capaz de leer y escribir en inglés, pero no de hablarlo o escucharlo, ahora debía irse a Londres a trabajar en un almacén situado en la calle Savile Row.
El peso de su tristeza y de su angustia se sentía. Yo la miraba sin querer opinar. Algo de la presencia de Horacio contenía ese sobre que se quedó abierto y boca arriba. Dar esperanzas fue la traición. “Él nos humilla ayudándonos y eso no es ser solidario”, expresó disminuida antes de encerrarse en su cuarto.
Esa tarde, ellos salieron. No tardaron nada. Cuando regresaron él me devolvió los libros que me había pedido prestados y los elogió.
“¿Cómo vas con la escritura?”, callé; sé que le temía a la confianza que él me generaba.
 “Sé que te sentiste ofendido pero, ¿sabes? – me dijo - el libre albedrío es relativo. Si uno está en capacidades de liberar el talento de las personas de las redes que construyeron sus propios miedos y su orgullo, debe hacerlo. Te gustaría pintar pero no puedes porque sigues creyendo que eres un pintor porque así fue como tus padres se rebelaron de tus abuelos, pero tú no puedes participar de esa revolución. Debes hacer las paces contigo mismo, aceptarte y afrontarte a capela. Sus palabras me dejaron frío; no fue quedarme callado pues no tenía nada qué callar. Este silencio fue quedarme pasmado: sentirme desnudo, o mejor, desnudado.
“Actúa con naturalidad – continuó- y evita la dualidad entre lo bueno o lo malo, lo verdadero o lo falso. No moralices; convive con tu ego no queriéndolo acabar sino dejándolo fluir libre a través de tus obras”.
- Sí, señor – acepté como si fuera una orden, ni sé por qué.
- “Tú eres tu propio talento, así que del modo que lo destines, así te estarás destinando a ti mismo. Tu sensibilidad al lenguaje te permite memorizar con facilidad todo lo que te he expresado. De hecho, déjame pedirte que escribas         - posó con suavidad su mano sobre mi pecho - que me escribas un pequeño cuento acerca de nuestra relación, de nuestra amistad… lo único que quiero es ser solidario contigo”.

Dejamos que pasaran algunos minutos sin palabras y luego se despidió con un ligero adiós. Asumí que Eliana le había comentado acerca de los términos con los que le manifesté mi enojo, pero, igual, no me importó demasiado pues me sentí conmovido al oír la expresión “nuestra amistad”: nunca se me ocurrió que él podría considerarme amigo suyo. 

martes, 11 de abril de 2017

Zumo de la parálisis



Desde febrero del 2014 escribo:

Frente al computador intento ser mejor. Intento entender algo, lo que sea.
Intento comunicarme, estar donde ya estuve, busco placer. 
La tarde se derrite en mi sala y desde acá escucho la vida de los que sí saben vivirla. 
*
A veces creo que me odio: que todo depende de eso, de importarme mucho las opiniones del pasado, de rivalizar conmigo mismo.

viernes, 24 de marzo de 2017

Diandria


El mundo nunca paga sus deudas
Porque no tiene por qué.
El mundo es el anfitrión y por naturaleza
no nos debe nada.
A ti que te han fallado
Honda y narcótica y fatalmente
Se te sugiere la posibilidad de esa deuda,
pero sabes que esa sugerencia de volverte víctima de la libertad de otros
es una tentación
honda y narcótica y fatal.
Y percatándote de que eres capaz de darte cuenta de eso
Descubres en gerundio que el mundo, ese gran oso  blanco con sangre en su hocico,
Ha saldado todas sus posibles deudas
Haciéndote capaz de coger a mil revoluciones las curvas del espiral de tu
                                                                                                 [consciencia
De dibujar manos
De colorear sin salirte de la línea
De montar a tu yegua
De convivir con una niña cabra en mundos que tú misma creaste.
Algún día ella también vendrá y te dirá
Me debes.
Tú le responderás:
“no, sólo hice más interesante tu drama y además te puse paticas de cabra”.

jueves, 9 de marzo de 2017

Querer desenredarse la vida a punta de "¿por qués?"


Una joven habla con el periodista: "La fácil accesibilidad a internet es un grave riesgo. La gente conversa menos, ya no dialogan. Viven en un constante soliloquio, hablándose y hablando solas, se asfixian a veces en preocupaciones innecesarias: casi todas son de índole consumista. No de consumo sino materialista. Se preguntan qué comer, dónde comer, a dónde viajar, cómo ganar más dinero para eso mismo, pero no hay preguntas valiosas. Es una especie de burbuja que los medios, voluntaria o involuntariamente, han fortalecido".

En seguida, esa mujer, va por un pasillo. Un perro se acerca moviendo la cola. Ella le dice hola, mi amor, hola mi bebé. Y ella, cambiando su voz, hace como si el perro le respondiera: hola, mamá. Hola, mamá.

viernes, 24 de febrero de 2017

Una imagen para este tiempo


Han pasado ya, más o menos, diez años desde cuando navegué a gran velocidad por los mares de su majestad el internet, andante entre su cuerpo hecho de información, entre sus curvas, entre las posibilidades y los bloqueos. La vida mía tal vez será en cierta medida definir y asimilar este aleph dispuesto en las pantallas, esta herramienta que siempre fue más que eso. A veces juego a recordar los últimos años sin internet rápido. La manera en que me relacionaba con los demás: mi sentido de la sorpresa, del gusto, del uso, de la orientación; mis esperanzas, mis esperas, mis gestiones. Mi modo de vida, mis perezas, mis amores, mis vueltas por hacer. Internet nos transformó a todos: nos hizo sentir iluminados aunque estuviéramos en las sombras. Muchas reflexiones florecieron con la misma velocidad con que se apagaron o se olvidaron porque pasó que un video de YouTube, o un video de YouPorn, o porque un blog, o porque un mensaje en alguna red social, o porque ahí está, gratis, aquel disco que nunca había podido encontrar, o  porque trucos para vencer el insomnio, o porque las fotos de la semana, o porque otra vez el chat, o porque sí.  Y luego se siente uno parte de la generación que frenará el cambio climático, las altas temperaturas, el maltrato animal. Y todo parece posible: unos años justos, una educación sensata, una policía atemorizada y el gobierno sintiéndose espiado. Todos parecemos estar de acuerdo y unidos a un sentido en común o a una iluminación anunciada por una notificación o por una confirmación de descarga. Así lo demuestran todos esos documentales, las charlas TED, los foros de sabios anónimos que te indican cómo alimentarte y cómo comportarte para reducir tu huella de impacto en el medio ambiente. Las encuestas que daban ganador a Mockus, las películas tipo Zeitgest, los destapes tipo Wikileaks, son cultivo de mis argumentos hasta cuando todo este hecho de artículos, números, videos y comentarios vencedores en Facebook, se estampan, inferiores, deshechos, a la realidad física del sistema, en el suelo blanco del consultorio donde me dan un diagnóstico que no coincide con el que logré gracias a MedlinePlus. Así me doy cuenta que no hay atajos y que tal vez no deba haberlos. Que tal vez hay otros que desde un inicio supieron cómo usar de una correcta manera esa herramienta que para mí fue una presencia benevolente, exuberante y salvífica en mi alcoba. Con los años, a manera de descubrimiento personal, supe que veía allí representada la realidad física que no vivía porque me resultaba muy costosa y que en efecto, con esa virtualidad me bastaba. ¿Salir a tomar un café? No, ¿qué tal si Skype? ¿Armar una banda? No, escuchar y criticar y comparar. ¿Ir a cine? ¿Una novia? ¿Un trabajo? ¿La Iglesia? ¿Salir a caminar? Las evasivas no bastaban. No tengo plata: las excusas fueron las mismas hasta cuando el cansancio se fue acumulando como olas que no se devolvieron, como capas de ropa usada que inhabilitaron la silla junto a la ventana. Y recién asomado a los esfuerzos por salir de esa virtualidad, nuevos hallazgos: por ejemplo, más de cien “likes” dados a un afiche promocional de un concierto al que finalmente sólo fueron seis personas; empleadores que nunca respondieron; peticiones firmadas en contra del maltrato animal que nada causan y nada evitan; indignaciones pasajeras como las polémicas y los chismes. Ruido que guarda en sí melodías que nos harían más libres, pero que en su densidad y estridencia gorda no deja ver, oír, tocar, sentir nada. Diez años de haber sobrestimado lo que sin duda es una de las glorias humanas, desestimando el hecho de saber que mayores a cualquier herramienta son la voluntad, la atención, la memoria, la sensibilidad, la cosmogonía y la intencionalidad de cada individuo, mediante las cuales debiera asimilarse el internet, aquella forma de vida que David Bowie calificó de alienígena. Esto creo hoy, a diez años de aquella inmersión destinada a ser eterna, siendo el mismo día en que la Nasa ha revelado el descubrimiento de al menos tres planetas similares a la tierra que orbitan una enana estrella roja.  

miércoles, 18 de enero de 2017

Rica fruta que no queremos que se pudra


En la dimensión de los oficios, la agricultura ocupa el tope para mí. Sus modos de producción, su sentido, su nobleza de tradición y escuela.  Los campesinos y agricultores son actores fundamentales para la concepción de todo lo demás: sí, ese café, esa fruta de gimnasio, esa intención sana de enero. El refrán lo escribe en piedra: “La humanidad no podría vivir con seis mil millones de abogados, pero sí con seis mil millones de campesinos”…
Y creo que la figura de los recolectores es de las más intrigantes para mí porque como músico y escritor bien intencionado, siento que soy una fruta. Y muchos de mis amigos, compañeros de ruta, son frutas también. Músicos, pintores, compositores, escritores, arquitectos, etcétera: todos y cada uno, frutas que nos estamos pudriendo en la sombra de este árbol llamado Colombia. ¿Por qué? Bueno, por muchos motivos que nos declaran “culpables” a quienes queremos crear, pero en parte también porque no hay “recolectores”. Sí: creo que en otros países hay más y creo que es por eso que esos “otros países” (figura fantasmagórica y utópica a la vez) han sabido exportar su cultura. El único recolector no puede ser una embajada: no sé qué tanto representara The Cure al gobierno inglés de su época. Que a veces nuestro orgullo de artistas no nos deje ser flexibles, eso ya es otra discusión, pero es claro que requerimos de otros que sepan cuándo, cómo, dónde y a quiénes servirnos. Esos otros que saben describir y apreciar nuestro sabor, y a quienes necesitamos para no pudrirnos esperando en un continuo y delirante gerundio indefinido.   


viernes, 6 de enero de 2017

El principio del Verbo es ser intencional


En la infancia está girando ese momento en que nos tiraron al agua fría de la sorpresa insinuándonos que esa estrella presente en el cielo nocturno, ya murió hace años y que además, apenas en estos tiempos, nos llega el aviso tembloroso de su existencia. Con luz viva iluminan seres estelares finados: algunas noches vuelve esta idea y nos encuentra más adultos y más vulnerables. Vulnerables a nuestra historia, a nuestra idea de futuro, a los gustos, a los hábitos y a esa luz y a esa luna que sonriendo grita callada. Como estrellas son algunos humanos: su luz nos llega mucho tiempo después de que hayan muerto, simplemente porque en movimiento brilla. Es energía transformada en frecuencia, en capacidad de inspirar, sea palabra escrita, sea charla, sea sonido, sea imagen, sea sabor, sea prenda que nos toca. 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Palabra pez


Noviembre, sin saberlo, era un atardecer. Diciembre me recibió con una traición servida. Mi resiliencia fue perderme en Teen Town de Jaco Pastorius. Desde esa noche angulosa y sin colores me vine a la música, a la escritura convulsa, al crear, al irme de fiesta todos los días y al madrugar para hacer ejercicio. El dolor lo sentí primero y tanto en la mente como en el cuerpo. Luego el dolor, luego lo amargo, luego el querer ignorar. Está ahora sentada en la sala una tristeza alegre que no hago sino llamar agradecimiento. En este momento me tomo otro vino, otra copa que siendo otra valoro como ninguna otra. La capacidad de vivir el presente es no pensar en la siguiente sino beberme esta tan lento y sabroso como si fuera la última. Soy de los que conoce el amor leyendo y vagando en bares. Empiezo a creer en la buena suerte: la puerta y el vaso necesitan del vacío para ser útiles. 

martes, 15 de noviembre de 2016

En la cumbre oscura de mi lucidez


Que tantos sueñen con ser millonarios no es un buen indicador. Diré por qué: muchos desconfían de la manera como están organizadas las cosas y sienten que sólo mediante el dinero podrían blindarse ante ese mal funcionamiento. Sí: sienten que el dinero salva. Que el dinero permite. Que el dinero libera. Que no tendrán que hacer filas, que no los dejarán morir en una sala de espera, que la guerra no se les meterá por el balcón, que todo lo malo y lo feo ocurre allá abajo, entre esas luces convertidas en panorama. Y consideran que evitar o prevenir ese mal funcionamiento es, en efecto, imposible y que por tanto es mejor enriquecerse hasta ganarse el derecho de la abstracción, de no tener que pensar en cómo hacer de su ciudad un mejor lugar o en por qué son esos los candidatos que los partidos están escogiendo como sus representantes. Poder votar no es sinónimo de estar en una democracia. Debemos pedir otro eslabón para nuestra cadena y que amplíen el ángulo de apertura de la puerta un grado más para poder profundizar y entender por qué las cosas van como van. Ahora mismo están ideando viajes interplanetario. Lo trendy será vivir en un satélite mientras los que no tuvimos para escapar de las consecuencias de la indiferencia, nos corroemos en disputas. Somos una especie joven que, como casi todos los jóvenes, padece su falta de autoconocimiento y su vanidosa arrogancia… aunque decirlo así tal vez sea redundar porque, acaso, ¿existe una arrogancia que no sea vanidosa?