viernes, 28 de octubre de 2016

Momentos: entre la paranoia, la inseguridad y la auto aceptación


En lo personal, porque son necesarios, sanos y normales, no hay que evitar los conflictos. Sí hay que evitar la violencia, la agresión y la degradación. Tanto con el otro como con uno. Somos comentaristas de nosotros mismos.

lunes, 24 de octubre de 2016

Paisajes nuevos que se mezclan con los de la costumbre



Hay un ejercicio de calentamiento de la voz que consiste en preparar el aparato fonador dejando salir la voz libremente, sin cuidado ni miramientos estéticos, pasando por todo el rango vocal, partiendo de un grave balbuceo hasta un nasal tono agudo. Es recomendable hacerlo con cada vocal y con varios fonemas. No es agradable al oído pero sirve y relaja. Da una idea de ensanchamiento, de estiramiento y docilidad. Suena destemplado pero te permite conocer qué tan bajo y qué alto quieres y puedes llegar. Esta dinámica tan específica he decidido aplicarla a mi modo de vida: no ser tan preciso en el solfeo, probar con destemple actividades y rutinas, volver más maleable esa idea de la persona que imagino ser. Buscar trabajos freelance, amar sin desconfianza, improvisar, colorear saliéndome un poco de la línea. Ser ambicioso no es lo mismo que ser pretensioso. Siempre me asusta recordar que fingir en inglés es to pretend

jueves, 29 de septiembre de 2016

El que a buena idea se arrima, buena sombra lo cobija


Situación:
Querer situaciones nuevas sin querer actuar de una nueva manera.

Advertencia 1: Falta mucho por conocer tanto a un kilómetro como a un centímetro de distancia. Y también adentro tuyo y mío. 
Advertencia 2:   Cambiar las distintas formas del  -nueva- por lo que se antoje. Ejemplo: Querer situaciones sanas sin querer actuar de una sana manera.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El Diván de la Tristeza.


Esta expresión de Antonio Marina me dio luz. ¿Algo más cómodo que el Diván de la Tristeza? Esas frases quedan flotando en la mente y luego, algo inesperado, una lectura, un fotograma, una conversación con un taxista, un beso al mediodía, una salsa de Subway, una basura en la playa, hace que reaccione con otro pensamiento. Esta vez ha sido con una frase de una carta de Oscar Wilde: “La repetición es anti espiritual”. No sé qué tan cierta sea esta afirmación. Como cantante, guitarrista y bajista, debo a la repetición mi confianza en escena. Diré que me refiero a la disciplina necesaria para lograr interpretar a un nivel más o menos aceptable cualquier instrumento musical. Supongo que es a eso a lo que se refería Sergio, familiar y amigo, cuando se refería a la memoria musical. Igual han de funcionar la “desmemoria” y la pereza. ¿Qué tanta relación exista entre ésta y aquella? No sé. Pero por experiencia sé que existe entre la tristeza y la pereza una pasmosa y aguda conexión. Incluso me atrevo a decir que la pereza está más comprometida con la tristeza que con el placer. Sí. Las comodidades. Este tema una vez más.
Recuerdo que hace dos mil años, o tal vez menos, un amigo de colegio me preguntó si yo tenía el S&M, el disco sinfónico de Metallica. Yo le dije que sí, que lo tenía en casete. Él rió. “Vos no tenés entonces el CD. Yo sí tengo el CD”. No entendía la diferencia. Para mí el gusto estaba en esa música que reproduje hasta cuando dañé la cinta. “Tenerlo en casete es no tener nada. Te toca adelantar y retroceder para buscar una canción. En cambio en CD es ahí mismo”. Es imposible que estas hayan sido sus palabras exactas: son las que le he dado al fantasma que representa para mí su creencia. Su visión me dota de identidad: sigo siendo ese niño orgulloso de sus casetes. Valoraba la esencia más allá de las comodidades y sólo cuando empecé a caer en las comodidades, fue que empecé a desteñirme en tristezas. Claro, las comodidades debieran estar para ligarnos a lo esencial pero las hemos convertido en la esencia de nuestro progreso y nuestro avance. Al discutir y al soñar, me dejo caer sobre deseos que sobrepasan mi voluntad o sobre divanes de aparente y triste conformismo.  ¿Qué estoy dispuesto a hacer? ¿Qué mito vivo? Las creencias nos esculpen. Debo darme brisa. 

lunes, 8 de agosto de 2016

El animal que somos cuando nos amamos



De saliva y apretados rasguños son su ataque y su cariño. A este animal le gusta mirarse a sí mismo. Morderse. Enjuagarse en su sudor. Paciente y tierno, sabe cocinarse a fuego lento; darse más de lo que esperaba; recibirse con ansiedad. Introspectivo, se busca en la memoria y no distingue momentos como este, en el que existe sin temor, sin malicia. Elástico, se abraza y sin disolverse se divide en dos cuerpos que encajan perfectamente en sonidos rítmicos de pieles. Sabe que su existencia eterna es efímera, que su corazón, hecho de dos pulsos que se sincronizan, late y latirá, sin extinguirse, sin obligarse a volver a existir, sin desear ser por medio de otros que no seamos tú y yo.  

domingo, 3 de julio de 2016

duhkha



La alegría del privilegio de ser sexuado es interrumpida por la manipulación, la avaricia y los temores ajenos. Ejercer la sexualidad, no a través de la masturbación, sino con alguien, en mi vida, pareciera estar destinado a ser una negociación entre dos entes interesados en la acumulación y la aseguración de capital. Ya no hay soltura, desinterés, placer por placer; no. He vuelto a caer en ese estado que tanto evité: tener que cumplir con toda una serie de desgastantes y empobrecedores protocolos que ninguna relación tienen con la seducción. Son sólo negocios. El sexo ha vuelto a serme temor. Limosna. Una moneda con la que me pagan; a mí, hombre enamoradizo, tan sexual y necesitado como todos, menos estratégico y perverso que esa gran mayoría en la que me gusta perderme, soñarme, regocijarme. Si tan sólo mi sangre se enfriara un poco… si tan sólo me bastara con la contemplación y no sintiera el gusto derretirse en mi boca, en mi pecho como una mancha caliente y, similar a una punzada, en mi periné. 

miércoles, 1 de junio de 2016

Sana


Las luces de junio me indican que crear es mi naturaleza. Me sana. Las experiencias y los caminos vividos son la riquezas obtenidas a partir de lo que he creado de manera espontánea,  disciplinada, caprichosa y necesitada. Dicen: “si eres músico de verdad, valoras toda la música”. Y sí. Se valora toda la música. Pero eso no significa que deba interpretar todas las músicas y querer saciarme tocando reggaetón cuando lo que de verdad me inspira es Isao Tomita. Yo creo que uno está llamado a crear desde lo más profundo de su ser, de sus sentidos, de su necesidad de existir. Ser esencia a través de las creaciones y cruzar así los océanos de tiempo que a mí no me distanciaron de Debussy y que tampoco alejaron a mi papá de Paganini. Supongo que hay gente que desde que coge el pincel, ya es capaz de crear un tipo de belleza que puede ser valorada por todos. Creo que también que no siempre es así y que a veces en el trayecto del creador la admiración es una variable considerablemente menos estimable que la condición meteorológica. Se supone que crear, de manera bien intencionada, intensamente, con rigor, me acercará a cumplir el sueño de crear belleza.  El sentido de la excelencia es algo que se puede fomentar desde el arte; crear es comprender. 

jueves, 26 de mayo de 2016

El aire frío de aquel mediodía



El vacío de palabras que deja el mucho hablar. Estos meses han sido fundamentales para mí. Andar por el centro de la ciudad, por calles anónimas, por mangas que parecen olvidos de los arquitectos, por callejones que huelen a ropa limpia, por debajo de blancos cielos, por una calma que nos adjetiva, que nos conforma. He descubierto verbos: trenzar. Y una manera de conjugarlos: trenzar el juego. En una canción la flor del mar, el caos tropical, un nuevo corte de pelo: para llenarse, primero hay que vaciarse. Besar ha sido beber. Sentir nuevamente el frío en la nuca. Leer mucho. Cantar. Escribir. Romper papeles. Componer. 

domingo, 24 de abril de 2016

CV: off


Los que trabajan en los call center. Son ellos quienes debieran regresar al campo. Renunciar a la bastarda idea del éxito profesional, a las ambiciones del individuo.
Es egoísta que lo diga pero es más egoísta que estos humanos sigan siendo esclavizados en instalaciones tristes. El mundo puede sobrevivir con seis mil millones de campesinos más no con la misma cifra de trabajadores de call center, o de abogados, o de cantantes de ópera, o de periodistas, o de editores de revistas.
Por eso algunos debiéramos volver al campo y esperar que algunos beneficios de la ciudad no nos sean ajenos. Obligarnos a dormir a las siete de la noche para levantarnos a las tres y media de la madrugada a funcionar. Irnos lejos, un poco más allá de esa montaña, para ser sembradores. Ser un ceño fruncido en sombras bajo la plenitud solar del medio día. Cansancio y voluntad ante largos caminos. Cayos. Dolor. Ampollas. Brillo de hoja lisa, de ojo de vaca o de gallina. Sólo así lo noble, la única pureza fértil. El asombro ante la montaña, ante los ciclos de la vida. La necesidad del mito, de matar a los dioses asesinos de antiguos dioses. A ellos que amándonos nos debilitaron. La lluvia nos acuesta. Es mejor reconocer, tarde ya, el fracaso colectivo. Que algunos apaguemos la máquina y nos vayamos. O no que nos vayamos sino que regresemos, porque no sería irse: sería volver... ¿volver a qué? no sé, quizá a iniciar un ciclo de nuevos errores, seguramente. Pero volver. Una generación que sea el respiro que la humanidad se da. Un olvido de sí misma, del fuego que desde adentro la consume, de su gastritis.      

miércoles, 23 de marzo de 2016

Éxtasis simple


Gracias a Juan F., nuestro maestro amigo.


¿Qué debo ser y hacer para sentirme seguro en un escenario? Esa es la pregunta de mi hoy. ¿En qué baso mi seguridad? Antes me concentraba solamente en el hecho de tener una idea, pero luego dejé de sentir que una idea, algo por decir, era suficiente para justificar mi presencia en el escenario. Esta era importante, sí, pero no por el hecho de tener algo por decir me sentía seguro. Quise resolverlo desde lo menos esencial (lo menos comprometedor): guitarras bonitas, ropa bonita, luces bonitas, peinados bonitos, enfrentándome así a otra realidad: todo eso bonito en mí se veía feo. Impropio. Irrealizable. Pretensioso. Y más porque algunas de esas guitarras ni siquiera eran mías. O nuestras (o de la banda… que sólo somos mi hermano y yo). En febrero todo cambió: la vida familiar, las guitarras, las posibilidades, las intenciones. Ya no queríamos nada que no fuera esencial. Y ante la pregunta por algo que no es, surge el afán por reconocer lo que es.
Ya no me puedo esconder detrás de una guitarra. Ya no me puedo esconder detrás de riffs y solos que no llevan a nada. En ambigüedades sonoras sin pulso, inarmónicas. Y está bien que la música para mí sea un suceso, un accidente afortunado, un jam, un panorama sonoro que nos indica que todo fluye de manera constante, que la vida es un río y que nosotros somos la fauna que lo habita, llevando dentro de nosotros otra fauna, otra flora y otro río. Pero al menos es importante conocer la música, aceptar que pisar un pedal de distorsión no es la única forma de darle fuerza a una sección. Ensayar me da seguridad. Pero, ¿ensayar qué? ¿Las mismas canciones que compuse y nunca ordené, dejándolas así tal vez porque tuve afán de terminarlas o por mi necesidad ridícula de “ver quién me está hablando” o por algún otro misterio de la distracción? Recuerdo la frase de mi primo Franco: “si uno toda la semana ensaya: dos más dos es cinco, dos más dos es cinco, dos más dos en cinco, y si para el día de la prueba nadie te ha dicho que dos más dos es cuatro, todo ese ensayo fue en vano”. Por eso exigirme me da seguridad. Componer bien me da seguridad. Y para mí componer bien es saber extraer el jugo del alma de cierta vivencia y ser capaz de envasarlo en una canción, y siendo así sé que eso se puede lograr sin papel, lápiz y guitarra, porque la melodía son fotogramas de la corriente cósmica que somos. No necesitamos un delay, necesitamos acordes espumosos y afilados y juguetones. No necesitamos de más artificios sino de la precisión que demuestra fuerza. De un ritmo que sea verbo. Del uso del silencio. De escuchar. Michael Jackson componía bailando en un árbol. Escalona, bajo la descansada sombra de algún cultivo.
¿Y mi cuerpo? ¿qué pasó con mi cuerpo? Mido lo que mido: ¿por qué encorvarme? Hago demasiados gestos: ¿cuáles son necesarios para emitir el sonido? No se trata de cumplir con un deber ser, sino ser. Ser sin diseñarse. Dejar de ser un mal imitador. Encontrar el ritmo propio y probarse en escena. Nijinsky marcó a Mick Jagger y Mick encontró sus propios pasos.
En tiempos de inundación electro pop y aparente recesión intelectual, ambiciono lo esencial en todo lo que hago y al menos estar en esa búsqueda me hace sentir más seguro.