lunes, 2 de marzo de 2015

La voluntad y el Will de inglés


Preciosa y sugestiva insinuación la siguiente situación: en la gramática del inglés depende del will la formación verbal del futuro simple. Pero también, will como sustantivo significa voluntad. 

viernes, 20 de febrero de 2015

Lo que hay


Ropa de cama nueva, un cambio de cepillo de dientes, una marca distinta de café: cualquier detalle puede renovarme tanto como un trabajo nuevo o el cambio de año o de mes. A veces los afectos, los romances, son los que delimitan mi calendario. Períodos en mi vida, gerundios constantes, que se van construyendo mientras se desmoronan y que a sí mismos se contaminan y purifican, como el agua de las fuentes.
A veces visualizo el porvenir como un vacío de incertidumbres, un vacío de desorientación. Hago frente procurando valorar ese futuro, ese camino que me llama y que ha de ser tan mío y que he de extrañar tanto como las experiencias de antes, por "lo que hay" y no por "lo que queda". Afrontarlo como “lo que queda” lo rebaja, lo somete y de este modo, no es a ese camino, a ese futuro y a sus ofrecimientos a los que rebajo y someto; no. Es a mí a quien me infrinjo este mal, cerrándome a las posibilidades por una enceguecedora nostalgia (o pereza o cobarde tradicionalismo). Afrontarlo como “lo que hay”, es todo lo contrario. Es estar despierto, lúcido; es crecer, sumarse al flujo existencial: ser la época, ser lo que somos.

lunes, 26 de enero de 2015

Un atardecer de espaldas



¿Qué de lo que quiero, en verdad lo necesito? Solía pensar antes de decidirme y he de aceptarlo: esta premisa me libró de muchos errores y alivianó mi vida, pero también, a causa de la misma, me torné inseguro e involuntariamente egoísta. Además, por optar por sólo estrictamente necesario, perdí el gusto por los detalles. ¿Fui austero? no. Insípido, más bien, pues siento que detrás del querer puede estar el tacto divino. Sino ¿qué sería de nosotros si los que han moldeado nuestra era, nuestras artes, nuestra civilización, nuestra manera de sentir, no hubieran elegido la ruta del querer en vez de la ruta de la necesidad? Y de fondo, ¿cuáles son los límites que distinguen "el querer" del "necesitar"? ¿El hambre? ¿El dolor? ¿La humillación? ¿No existe acaso "la íntima necesidad"? Lo lógico no conforma todo lo real y a veces las necesidades son una exclamación de la lógica como ruta de la verdad. Y no. Uno escribe poemas porque quiere; uno compone canciones porque lo desea. La sensualidad, el goce íntimo, la delicia creativa no es producto de una necesidad discreta sino de un querer extravagante, incluyendo las maneras más modestas de la expresión. Y ese es el margen que no alcanza lo políticamente correcto.


En conclusión, supongo que tanto tiempo sostuve esta creencia, la cual hoy se ha fisurado dejando filtrar en mi discernimiento una nueva luz profunda, debido a que soy prejuicioso conmigo mismo y desconfío de mis esperanzas y fantasías; debido a que durante mucho tiempo comprobé cuan nociva puede resultar la expansión ilimitada de mi deseo, llevándome a creer que todos mis quereres eran desestimables e innecesarios. Y hoy, justamente hoy, cuándo la relación conmigo mismo se tornaba pesada e insostenible, una reveladora experiencia me indicó que, en parte, soy un extraño para mí mismo y que por tal no debiera subestimarme: consistió en volver a vivir, después de varios meses, un atardecer en un bus, estando rodeado de universitarios, ejecutivos y obreros. Cuando era parte de la rutina, aborrecía estos instantes, pero hoy, cuando el escaso contacto con las personas suele mediarse por estrategias de servicio al cliente y demás manuales de convivencia, saberme allí, sintiendo que nuevas ideas “volvían” y se clarificaban, me alegró. Supe entonces que era esto lo que quería desde hacía días e insisto, por quererlo, lo necesitaba; pero como solamente estaba acostumbrado a estimar lo que era evidentemente necesario, ya no sabía distinguir qué era lo que quería. 

martes, 30 de diciembre de 2014

La humana capacidad de que algo importe.


Cuando lo que solía importarme, deja de importarme, siento confrontarme a una sorpresiva confusión. Pero el desespero está de más pues siempre hay un cauce nuevo (no necesariamente desconocido) para todo ese interés. Lo definitivo es lograr que los intereses extintos sepan lucir la mortaja con la que tu voluntad, consciente o inconsciente, ha decidido vestirlos. 

sábado, 27 de diciembre de 2014

Sobre el verbo "hipopotamear"



Mis ojos, como dos inocentes soles malignos, sobre tu horizonte, sobre tu Monte de Venus

martes, 9 de diciembre de 2014

Mitología posmoderna o sobre cómo confundir a los presentes


(Interior: lleno total en el teatro Lido. En pocos instantes se presentará Teresita Gómez. Un joven lívido, glauco y macilento toma el micrófono)

Entiendo el humano afán por nombrarlo todo, por categorizar, por convertir sensaciones, emociones o ideas en conceptos y palabras. Lo padezco, pero recientemente se ha ido mermando en mí este afán pues no pretendo entender el cosmos ni la vida, sino sentirme vivo e inmerso de manera activa en el cosmos.  Ejemplifico esta condición actual mía manifestando lo que he empezado a pensar sobre el homosexualismo; noto que muchas personas insisten en definirse partiendo de su sexualidad y en establecerse en una identidad sexual a partir de sus impulsos. El debate acerca de si los homosexuales nacen o se hacen persiste, y hace poco un videoblogger confesó su homosexualismo de manera tan dramática que contradice su mensaje, pues pareciera como si se sintiera triste de serlo.

Este afán por definir qué se es (o que es lo que se es…) lleva a muchos a encerrarse en una falsa idea de identidad; desde muy niños se cierran a decir: “no, a mí me gustan sólo las mujeres”, mientras que otros dicen “sí, a mí quienes me gustan son los hombres”. Yo pienso que uno no nace plenamente definido y que hacerse y realizarse es inevitable para el ser humano: su capacidad de apreciación y valoración de la belleza se va dando de acuerdo a sus experiencias. Por ejemplo, varios amigos y varias amigas, en un determinado momento de su vida, optaron por acercarse sexualmente a personas de su mismo género; luego, pasados algunos meses y años, algunos de ellos simplemente con toda naturalidad y sin traumatismos, volvieron a estar con mujeres o con hombres, de acuerdo al caso.

Supongo que esta búsqueda activa corresponde a una manera especial de sentir la vida. Considero que el homosexualismo es sólo un término más y una peligrosa trampa para quienes creen demasiado en estas emergentes jergas y obedecen, rindiéndose sin hacer resistencia, a ciertas disciplinas, como la psicología por ejemplo, que extraen de allí su lucro y sustento diario (se empiezan a despertar algunos abucheos). Si se trata de definiciones, creo que la que se tiene actualmente de homosexualismo es un vaporoso e impreciso esbozo; y si profundizamos en este afán humano, al cual desde el comienzo me he referido, sería más dificultoso definir los límites del heterosexualismo, ¿o quién no ha llegado a reconocer y valorar en extremo la belleza de alguien de su mismo género? Sí, de ahí a llevar este gusto a lo genital hay un gran paso, pero acaso, ¿no depende esta decisión de las variables, siempre únicas, que condicionan el ánimo, a veces tan pasajero e infundado, de una persona?

(Abucheos enojosos lo ensordecen; una luz directa le enceguece; persisten los abucheos; del público le tiran dildos usados, condones, un lindo ramo de rosas, un destornillador de estrella y un pavo real (que muere de manera instantánea al golpear el rostro del joven); luego una horda de gays radicalmente orgullosos y vestidos con exquisitos ropajes, convencen a su novia de abandonarlo. Pasados algunos días, ella lo hace. El joven incurre en excesos. Suele vérsele todos los sábados en el bar-restaurante El Proveedor en la Avenida Nutibara, occidente de Medellín, Colombia)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Quiero




Del budismo: “El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional”.
De Freud: “El ideal es el malestar”.

El siguiente pensamiento es ahora constante en mí: mi principal esperanza es sentirme fuerte ante lo que la vida misma contiene e implica. Habiendo crecido en un país como Colombia y habiéndome relacionado con mi realidad, a lo largo de 22 años, por medio de los noticieros y demás informativos, crecí temiéndole a las tragedias y a los crímenes, sin hacerme una idea sana de la muerte, de la vejez, de la escasez, de la enfermedad y de los conflictos humanos. Sin admirar la indiferencia ni pretender cierta frialdad, creo que hay situaciones inevitables en la vida y que no constituyen algo de carácter trágico. Así por ejemplo, el cuerpo nos empieza a doler; los sentimientos de una persona hacia uno cambian; casi nunca a quien amamos, nos ama como quisiéramos; lo normal es que nuestros padres mueran antes que los hijos; la tristeza y la melancolía son enérgicas e inesperadas; la historia sigue siendo una ficción y empezamos a ser testigos de sus creativas interpretaciones; cuesta ser la persona que soñamos ser y basta cumplir algunos sueños para darnos cuenta de que eran sólo costosos caprichos; habrán momentos de carestía y crudas soledades que deberemos vivir sin paliativos ni culpabilidades… etcétera. De eso y mucho más creo que está hecha la vida y procurar valorar la experiencia implícita en cada vivencia, tal vez nos relacione mejor con nosotros mismos y nos permita un autodescubrimiento menos exagerado, tal vez más discreto y, eventualmente, más asertivo.

Recientemente he empezado a vivir ese denso día a día. He empezado a ser consciente, de una nueva manera, de mi condición mortal y de cuán perecedero es todo lo que me rodea. Esto me ha llevado a buscar refugio en ciertos excesos pues no es sólo que todo lo experimente con una melancolía anticipada, como si me encontrara hablando con fantasmas todo el tiempo, sino porque a razón del peso simbólico de todo aquello que siento que me falta por crear, he empezado a temerle a la muerte en vida tanto como a la muerte en muerte. Quiero decir: eso que me falta por crear no es algo que tenga que hacer; es, en sí, algo que necesito hacer para experimentarme, para sentirme a mí mismo, para saberme vivo, para ser quien se supone estoy llamado a ser, y esto incluye ideas literarias y canciones, viajes y rituales. En una inversión con respecto a lo expuesto: vida en vida para vida en muerte... supongo.

De cierto modo día tras día debo enfrentarme a un apagón sentimental, haciendo referencia a la canción de Virus. A veces incluso me cuesta querer a alguien nuevo. Me cuesta salvarlo de este momento personal que vivo y quererlo sin interés, y aunque sé que no hay sentimiento no interesado (el interés puede ser de tipo metafísico, intelectual, sexual…) me refiero al vulgar interés oportunista de buscar y exigir en alguien una estabilidad económica, laboral o emocional que implique para ese otro una renuncia a todos sus planes como individuo, una turbación de su intimidad, un total entrometimiento en su existencia.

En general, he de responderme de modo más convincente a las preguntas de siempre: ¿Cuál es el sentido? ¿Qué importa todo esto? ¿Qué será de mí?... esto dado alrededor de la necesidad imperante de estar presente, de ser entre los demás procurando que cada acción devenga no del miedo estéril sino del amor, y ya que amor es un término muy ambiguo, pues diré que es mejor actuar motivado por la necesidad de un encuentro benevolente con nuestro entorno, con las personas dentro de éste y con los lenguajes tejidos por ellas.

La fortaleza es el fruto, el resultado, de un cuerpo mayor, de un proceso. Esa fortaleza creo que resulta, en mi caso, de una confianza en mí mismo (no me refiero a un envalentonamiento de sí), de saber que he vivido de acuerdo a mi cosmogonía y que he nutrido el sentido con el que he llenado mi vida (luego de vaciarla) haciéndolo expansivo, incluyente y más íntegro. Creo igualmente que la fortaleza, en tanto a la persona, es el modo como la paz logra sobreponerse a los impulsos violentos dentro de uno, y cuando hablo de impulsos violentos me refiero a fuertes tendencias como lo es la autocompasión; extinguirlos me parece imposible: controlarlos, un propósito emocionante.  


jueves, 6 de noviembre de 2014

... pensarlas como ciudades del mundo


Me recomiendo pensar a Medellín, a Cali, a Bogotá, a Cartagena y a las demás ciudades del país, como ciudades del mundo antes de concebirlas como ciudades de Colombia, pues siento que cuando las pienso como ciudades de Colombia, algo inmediato e impreciso (¿insondable?), me lleva a excluirlas del mundo; o sea, es como si haciendo parte de Colombia, no hicieran parte del mundo. Tal vez esto se deba a que yo, colombiano, le temo más a los colombianos que lo que cualquier otro extranjero podría temernos. También pensar las mencionadas ciudades como ciudades del mundo, me pone de frente a las expectativas que tengo de mí mismo, llevándome a exigirme más, a expandir el área de mi ambición, a ampliar la periferia que demarca mi zona de acción.

domingo, 2 de noviembre de 2014

No creo que se cometan pecados sino acciones de mal gusto


Nunca me había preguntado acerca del llamado “conflicto colombiano”, el cual más que un mero conflicto me parece una guerra tan viva como pasmosa. A mí parecer se equivocan quienes consideran que es este el único problema del “país”, dando por cierto que el cese al fuego nos representaría la solución a todos los problemas. Yo creo que no es así, que hay muchos otros problemas más peligrosos y silenciosos.
Sobre los supuestos diálogos, que preferiría llamar negociaciones, debo decir que es evidente el afán del gobierno por hacer las cosas más que por hacerlas bien.  También es notorio que la mayoría nos sentimos humillados por este proceso de “paz” que más pareciera ser una imposición inentendible y arbitraria.

Dado este panorama de problemáticas abstractas, la impotencia nos apabulla, o mejor, me apabulla. Pero perpetuarme en este sentir es una decisión; no creo que estemos obligados o destinados a sentirnos de una misma manera por toda la vida. Por eso he “reducido” esos grandes problemas a lo personal, a lo cotidiano, y he sabido distinguir en mí ciertas actitudes que me hacen tan culpable como los violentos implicados en la guerra. Lo primero, es heredar odios. Lo segundo, creer que las cosas deben ser de cierta manera. Tercero, creer que si estoy mal es por culpa de algún otro. Cuarto, asegurar que la paz es un estado externo. Y en esto último, quiero profundizar para llegar a algo que considero como aquello que me hace sentir culpable y que por tal, procuro cambiar.

Para mí la paz es una condición íntima de armonía, claridad y equilibrio y no quiero decir, con esto, que la paz pueda ser representada por un hombre pasivo, impasible y flemático, que se atreve a conservarse así ante el caos que pueda rodearlo. No: la paz no es indiferencia y egoísmo y heme acá ante la gran característica que me hace sentir casi tan victimario como los políticos corruptos, los médicos negligentes o los que disparan fusiles siguiendo órdenes cuyo sentido no se esfuerzan ni se atreven a analizar.
Si todos los colombianos, o la mayoría, son como soy, está claro porque Colombia no alcanza a ser un país sino un remedo de ello. La indiferencia con la que creemos poder hacer frente al dolor (incluso en las relaciones sentimentales) y el egoísmo con el que pretendemos habitar esta zona de guerra, es el punto ciego al que no alcanzan a llegar los diez mandamientos, ni las leyes del estado - y ni más faltaba-.
En parte creo que se debe a la educación individualista que nos dan. Los colegios suelen ser espacios sin contexto; edificios de aislamiento y hacinamiento en los que se simula un juego que muchos juegan hasta morir.
Y bien, esto no sería inadecuado si al menos nuestro “correcto hacer” tuviera efectos positivos en el medio ambiente o en la cultura, pero como siendo eso que debemos ser, o hemos debido ser, hemos dejado el planeta en las condiciones que está, creo que es necesario y urgente recapacitar.

Al graduarme de la Universidad evidencié como la inmisericorde mayoría de mis compañeros se sentían bien sólo si conseguían un trabajo. Mediante el trabajo sentían que podrían progresar, avanzar, realizarse como personas. Bien, eso parece ser cierto. Pero, ¿de verdad estaban haciendo algo? ¿De verdad estaban trabajando? Algunos realmente padecían necesidades extremas y debían enfrentarse a condiciones de ligera pobreza, pero no es a ellos a quienes cuestiono sino a todos aquellos quienes se atreven a cerrar los ojos ante los problemas del mundo luego de haber obtenido lo mejor de él: educación, hogares, viajes, saciedad, cultura… me refiero a esos que como yo sólo quieren tener dinero para expandirse hacia todas las direcciones que le indiquen su deseo, a esos egoístas que trabajan sin sentido de vocación para ganar dinero fácilmente (porque sí, por más estresados que aparentemos estar, es muy fácil) con el objetivo de gastar más y no regidos por la ambición de hacer del mundo un mejor lugar. Aun así nos atrevemos a cuestionar la existencia de Dios y nos burlamos de todas las creencias… ¡qué vamos a ser capaces de percibir la esencial presencia de alguna deidad si ni siquiera somos capaces de concebir el mundo sin dinero!

Lo más feo es que aceptamos que somos materialistas y lo decimos con tanta altanería que no podemos sino seguir siendo esos niños que subían los hombros ante el regaño. Dinero, mujeres, placer; viajes, aventuras, la novedad; la letra capital, la mayúscula, el éxito; mi espacio, mi señora, mi vida; los míos, lo propio, mi nevera; la fiesta, mi espacio, mis sueños; la comida, mi comida, más queso y con queso extra; mi seguro de vida, mi otro carro, mi finca; mi guayabo, mi psicólogo, mi abogado; mi dentista, el pago de la cuota de mi tumba, mi barriga.

Colombia no existe; nosotros no somos capaces de ser todo lo que acá podemos ser; no somos gente para habitar este territorio fértil. Lo único que merecemos es irnos a otros lugares donde haya buenos bares, donde no roben y donde se pueda disfrutar de un buen sistema de transporte público (es la idea máxima que podemos hacernos de “una buena ciudad”); no merecemos vivir en esta tierra de la que brota tanta energía.  

viernes, 24 de octubre de 2014

Antes de la justa exposición.


Encontrarse con William Blake en un rincón de la rutina. Inspirado por él, aceptar de nuevo antiguos deseos. Todo parecía estar bajo control hasta cuando te leí. Luego todo lo veo bajo tu influjo: los platos sucios que me aguardan, los rostros que veré esta noche desde el escenario, mi herencia genealógica, l@s twitstar que se revuelcan en su falta de contención, y un Wilde que vuelve y me dice: “Se es dueño de lo que se calla y esclavo de lo que se habla”. 
Estar embarazado de varios cuentos, de crecientes ideas, de melodías que deberé formar con palabras y términos… nada leve cuando lo que se tiene por decir es que hubiera sido mejor descubrir a Dios por nuestra cuenta, como un ente perpetuo que aún podemos descubrir y que no depende de las teologías pasadas, sin que nadie nos lo presentara bajo términos caprichosos y con ese malandrito tradicionalista. Creo que eso sería justo; por algo se le conoce como el innombrable. Tal vez esté inmerso en nuestra cotidianidad como un presentimiento logrando que, para algunos, su efecto sea el de la Bloq. Mayús del teclado, mientras que para otros sea el de un somero Esc.
¿No es sagrada esta época? La hierba sigue brotando, ahora mismo alguien nace y el sinsentido existencial se mezcla con el impulso vital. Esto me resulta paradójico pues aunque no sé si la vida tenga sentido, empiezo a creer que es la vida misma, el sentido en sí.