domingo, 17 de enero de 2021

Crítica a un argumento

 

La Iglesia somos todos: creyentes, agnósticos, ateos. Algunos ministros, autoridades de la Iglesia católica colombiana, aceptaron dinero, riquezas de la mano de Pablo Escobar. Muchas personas (parte del cuerpo de la Iglesia), consideran que él, Pablo, era muy bueno porque daba mucho, muchas cosas. Cristo, sus parábolas, son para mí un eje moral, una energía vital con la cual siempre estoy en permanente diálogo. Recuerdo el pasaje bíblico narrado en Lucas 21, referente a la ofrenda de la viuda pobre. Jesús se encuentra en el templo junto con sus apóstoles, y ven a algunos hombres ricos dejar ofrendas cuantiosas en las cajas, mientras que una anciana, pobre y viuda solo echó dos moneditas de muy poco valor.  Jesús les dice: “Les aseguro que esta viuda pobre dio más que todos los ricos, porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, que es tan pobre, dio todo el sustento que tenía”. Hay otras traducciones, con resoluciones diversas, pero creo que la idea principal se conserva en cada una. Sobre Pablo, sobre todos los traquetos que pretenden lavar sus malas acciones a fuerza de regalos, de ofrendas cuantiosas, recae este comentario, este juicio del Mesías: están dando de lo que les sobra, no de lo que les falta. Hoy, esa anciana viuda y pobre, representa a muchas personas: el padre de familia que a pesar de la crisis generada por la pandemia, decide invertir en la educación de sus hijos, por ejemplo.

   

domingo, 27 de diciembre de 2020

Reflexión Causa


El modelo de negocio y el producto se corresponden entre sí. El pan blanco, industrial, depende de su modelo de negocio, y ese modelo de negocio termina afectando la naturaleza, la calidad de ese producto. Creo que también pasa lo mismo con la música: la industria discográfica debe adaptarse a las nuevas tecnologías: el rockstar, por ejemplo, empieza a desaparecer, a cambiar, a transformarse al punto de no retorno con respecto se va consolidando en la cotidianidad, en la omnipresencia, el internet. 
Ya lo advertía Rafael, mediante Heráclito, en su obra "La Escuela de Atenas": "toda autoridad es pasajera". En parte, por eso, en una de las más recientes canciones que escribí, digo: "¿Qué tan pasajero es lo que vendrá?"

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Leer y escribir el cuerpo

 

Debo confesarlo: uno de mis grandes descubrimientos de este año, fue un canal de YouTube. Se trata de Athlean X, más precisamente, de Jeff Cavaliere, el entrenador fundador del mismo. Durante años busqué ejercicios y rutinas qué implementar, y mediante las cuales sentirme más fuerte, mejorar mi estado físico, corregir mi mala postura. El resultado de mi búsqueda era la prolongación digital de lo que niño hallaba en la unidad deportiva de Belén o en el patio del colegio: gente intimidante, con un cuerpo suficientemente ejercitado y cultivado, balbuceando ideas entre su jadeo y su cansancio. Estas ideas eran soportadas en su experiencia, y sus músculos eran su único argumento: ¿cómo contradecir a alguien que tiene un six pack, o pectorales grandes y anchos? En realidad, aunque me intimidaron, nunca me convencieron. Las “velitas” y las “barritas” me vencieron; las pesas me superaron; el sudor en mi frente tardó horas en aparecer. Pero cuando descubrí el canal que defino como uno de mis grandes descubrimientos de este año, fue distinto: la lógica, la ciencia detrás de cada rutina, la concepción íntegra de mente – músculo, me encantaron, me hipnotizaron. No pensé que implementaría los ejercicios que Jeff propone; ni siquiera estimaba la posibilidad de pasar del nivel de principiante a intermedio: en un principio, simplemente veía los videos con gusto, para comprender mejor la función de determinado grupo muscular, o saber cuántas calorías consumía en una noche de copas (…y cuántos burpees debía hacer para quemarlas…). Sentí que nunca había comprendido mi cuerpo y mi metabolismo: crucé la frontera de mis prejuicios y reconocí sin angustia ni conflicto la riqueza, la generosidad, que nos brinda este popular youtuber. Por citar un ejemplo, en armonía con la introspección que tanto me apasiona, en uno de sus videos él plantea la importancia de determinar claramente las razones por las cuales uno se ejercita (… o deja de hacerlo). Sin esta claridad, el propósito, muy probablemente, será vulnerable al menor obstáculo, o a la impaciencia. Esto fue decisivo, en mi caso, para persistir. Y quiero enumerar algunas razones:

1. Ejercitarme, como escribir antes de dormirme, me hace bien. Me tranquiliza. Es como si la ansiedad se desinflamara en mi interior.

2. Me acerca a conceptos existenciales fundamentales, como la fuga de energía, o la correcta relación entre la mente y el músculo; con respecto a esto último, cuando me subo a una barra, cuando hago una dominada, establezco un puente entre mis bíceps y mi mente en el chispazo de un pensamiento. Es un trazo de conciencia que echa luz sobre los músculos. Esto, en un sentido psicoanalítico, es cultivar el cuerpo, y me atrevo a decirlo: a crear el cuerpo. El organismo es la maquinaria: el cuerpo es el resultado de la apropiación que logra un sujeto sobre el organismo del que está dotado. ¿Qué era el hombro para mí? ¿Existía? ¿Los antebrazos? ¿Los flexores de la cadera?

3. En este sentido, me acerca a la verdad de mi organismo: es una expresión problemática, lo sé, pero a mi modo de ver, el cuerpo, o mejor, el organismo es una maquinaria perfecta: sabe aprovechar completamente los nutrientes de un mango, de un plato de avena, de una guayaba.

4. Comprendo mejor la función de los músculos y me incrementa la capacidad de resistencia. Antes, hace muy poco, cuando no hacía nada de ejercicio (es decir, toda mi vida hasta el julio pasado), me mareaba con facilidad. El ejercicio me exige, me fortalece, y no solo la zona abdominal, mis piernas, mis brazos: también el cerebro, mi respiración, mi palpitar.

5. Hacer ejercicio impacta mi emoción, mi intelecto, mi intuición. Este impacto, en cuanto es vivaz y me entusiasma, considero que es positivo.

martes, 15 de diciembre de 2020

Bai, bai, Lobito.

 

Con el juicio en el lagrimal, nos miramos y nos señalamos: “Medellín es un pueblito”, y procedemos a juzgar los motivos, las causas. Hoy quiero pensar, de manera caprichosa, sin la razón del argumento, por intensidad de agobio, que la culpa -si es que ser un pueblito da para culpar- es de las élites. Por élite no me refiero a “gente de plata”; me refiero a quienes por convicción –incluyendo firmeza y cobardía- optan por aunar su proceder al discurso social de Medellín. Es decir, a quienes creen que hay prototipos como Bancolombios, Pascasios, Alpujarros, y que, creyéndolo, comprendiéndolo así, se admiten, se ubican, y se buscan el modo de pagarse a crédito un terrenito en esa vivaz fantasmagoría, en esa cotidiana y empobrecedora cosmogonía. 

Hoy recuerdo a Giovanni Quiroz, el actor que interpretó al Zarco, en la Vendedora de Rosas. Hoy me pregunto si habrá quienes admitan que el uno no era el otro, y sean capaces de reconocer la capacidad de interpretación, el talento, la desdicha de su pronta partida. Dirán, quizá como parte del movimiento y la acción de mencionado discurso social: “Ah, es que las neas mueren así”. ¿Sí? ¿No será que la envidia es general y que como buena muestra del síndrome de las amapolas altas, el que intente buscar una nueva ruta al cielo, al mirador por encima de las montañas de su ilusorio estrato, simplemente, lo matan, lo anulan, de una u otra manera? ¿Serán la envidia y los héroes formas representativas de las polis?

Todo esto lo traigo, lo hago público, así sea para unos cuantos, porque hace días dije adiós, saqué de mi destino, a alguien a quien creía mi amigo y compañero de ruta. Lo hice porque me di cuenta que dignidad y respeto son lo mismo... tal vez, a veces debemos preguntarnos si quedándonos en un lugar, si sosteniendo el trato con ciertas personas, estamos actuando de un modo digno, respetuoso con uno mismo.

 


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Conductas sustitutivas


Por ahí dicen que cuando las aves en cautiverio quieren volar y no pueden, en su encierro, se dedican a golpear la reja, o a escarbar en la comida, o a jugar con un columpio… En mi caso, pienso que dedicarme a escribir, a bailar canciones de rock toda la tarde aislado en mi cuarto, o a tocar guitarra, fueron distintas formas de una conducta sustitutiva que adopté en mi adolescencia. Quería salir a vivir de todo, pero no me dejaban. No podía. No había un por qué ante los mayores, y yo no sabía verbalizar mis ganas, o definirlas, o justificarlas. Cuando pude hacerlo, cuando ya podía, cuando ya debía (y me debía) salir, lo hice, y fue con toda, y este grupo de conductas, que se habían vuelto hábitos, costumbres, necesidades, disciplinas, me permitieron acercarme de un modo productivo a otros músicos, a otras personas cuyos intereses también incluían la música, la lectura, la edición, el presentarse frente a un público para cantar canciones escritas por uno mismo.

¿Qué pasó luego? Que el encierro persistió como una sensación, y no sé por qué busqué, creé, me inventé o caí en otras jaulas. El alcohol, las redes sociales, la pornografía, YouTube –con toda su fuerza algorítmica ya hoy revelada y denunciada- se volvieron rutinas, conductas que aún no sé definir muy bien qué sustituían; ¿las ganas inmarcesibles de acostarme con muchas mujeres? ¿El dolor, la carencia de féminas? ¿El saber que vivía en Medellín, Colombia –y las estéticas, imposibilidades y ausencias que esto implica- y no en Nueva York, o en Londres, o en Buenos Aires (todas ciudades convertidas en paraíso pos ideales infundados)?

Aún me dedico a escribir, a leer, a bailar *sin son*, y a encauzar melodías y armonías. Es algo que me gusta hacer, que me reconforta, que me construye, y no creo que deban ser consideradas como una serie de conductas sustitutivas perpetuadas por una obsesión o por la vanidad. Lo único que me atrevo a afirmar en este, tal vez, tan confuso texto, es que nada, ni la embriaguez, ni la promiscuidad, ni el perseguir la ilusoria satisfacción de cada llamado del cuerpo, son actividades con las que yo (y quizá tú tampoco) pueda sustituir la escritura o la composición; son buenos aditivos, condimentos, ornatos; sin embargo, a pesar de esta afirmación, no bajo la guardia, porque, ¡qué fácil me resulta perderme en lo prescindible!

Resumen uno: no importa si la música o la literatura son conductas sustitutivas. Es más nocivo irse detrás de cada impulso y pretender reemplazar, a fuerza de manías y excesos, aquellas disciplinas que giran en torno a la creación.

Resumen dos: “lo que deseas, lo deseas no porque sea algo que en verdad desees, sino porque te lo hicieron desear”. No todo “guardarse” es “encerrarse”, ni todos los encierros te hacen mal.


martes, 27 de octubre de 2020

Brevísima - y tal vez incompleta - reflexión acerca del orden

 


Gracias a las limitaciones actuales, pude extralimitarme: desde hace muchísimos años, no tenía el pelo así de largo. En un primer momento, ante el riesgo de contagio que implica visitar cualquier peluquería, me sentí condenado al desorden, a la maraña, pero luego, muy pronto, nació en mí un sentir distinto: ¿acaso no puede uno lograr un orden a partir de lo frondoso? ¿Ordenados han de ser los desiertos y las estepas mas no los bosques? La contemplación y la paciencia a veces van en contravía de lo que suponemos ahora por "practicidad". 

Zambullirse

 

Recuerdo que cuando me gradué de la Universidad me dispuse a escribir cuentos, poesías y canciones. En vez de nadar en mi corazón, de zambullirme allí, me dediqué a buscar convocatorias, premios y concursos en la Web. Acumulé decenas de enlaces, deseché algunos, y convertí esta práctica en rutina. Un día encontré “el concurso perfecto”, pero al buscar entre mis archivos, entre las hojas sueltas de mi diario, no encontré “el cuento perfecto”, ni siquiera un cuento completo. Todo lo que consideraba ideas desarrolladas no eran más que frases desunidas entre sí, escritas, probablemente, durante alguna borrachera. Es evidente lo que pretendía, y no es que esté mal o bien; es solo que no es posible engañar a los lectores, ni siquiera a los escritores que deben rebuscarse siendo jurados de concursos: "lo que sale del alma, llega al alma". 


sábado, 10 de octubre de 2020

Dinero



Mi primer empleo formal lo obtuve a los treinta años. Durante mis veinte, todos los trabajos fueron de corta duración, por prestación de servicios. En la escasez, no me formulé preguntas acerca del dinero; cuando apareció la figura del sueldo en mi vida, surgieron nuevas inquietudes. ¿Cómo definir el derroche? ¿El gasto necesario o innecesario? ¿Está bien gastarme cien mil pesos semanales en Stella Artois? Cuando obtuve dinero por medio de los conciertos, invertí, principalmente, en equipos para sonar mejor en vivo; actualmente creo que debo corresponder a la misma lógica: los padres, o el Estado mediante sus programas de becas, me pagan para que forme en materias relativas al arte a un grupo de jóvenes que me confían porciones de su tiempo. Ese dinero que me gano, no es dinero mío, y sentirlo propio, sería una nociva y desconcertante ilusión. Considero que lo más sano y justo, es invertirlo para incrementar mi nivel de conciencia y ser más capacitado en la función por la cual se me paga; los libros, los discos, la constante formación, los buenos hábitos (incluido el de viajar), entre otras, son inversiones mediante las cuales es posible alcanzar estos objetivos.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Consciencia cicatriz.

Creo que la consciencia es una herida abierta. Ser consciente es similar a herirse. Las cicatrices son la memoria; ese recuerdo que nos dice: “fuiste consciente”. Más que con el dolor, la consciencia es un giro, un movimiento hacia lo nítido; llamamos verdad a lo nítido.

Las cicatrices nos hermanan.

Así lo pienso y lo escribo porque hace días, tal vez jugando, la mascota de mi hogar me mordió. Vi una herida convertirse en otra nueva cicatriz. Pensé en Edward Scissorhands. Luego, vi en concierto a Natalia Lafourcade. Cien veces las había visto antes y nunca había notado la cicatriz en su rostro.

¿Cuánto nos falta por ver? ¿Cuántas heridas abrirán en nosotros la dolorosa claridad, la severa nitidez, la gratitud, la cercanía?

domingo, 23 de agosto de 2020

Suavemente

 G. Papini, en plena Segunda Guerra Mundial, en 1945, escribió un ensayo titulado “Lo que América no ha dado”. En este pretende dilucidar las supuestas causas por las cuales América Latina, según él, no había dado al resto del mundo un nuevo tipo de arte o filosofía. Desde su publicación, cientos de académicos (entre los cuales quiero mencionar a Germán Arciniegas, quien le respondió con un delicioso libro llamado “América en Europa”) se han dedicado a controvertir al autor. Salpican nombres por doquier, entre manotadas e injurias. La discusión se distorsiona y mis amigos y yo terminamos siempre en la plañidera bahía Cerati – Borges – Jattin. Sin embargo, la causa que menciona Papini como motivo principal de la incapacidad de la América Latina de aquel entonces, de exportar cultural es esta:

“Temo que la causa más importante sea otra. La energía espiritual de un pueblo es en cantidad relativamente fija: si es usada en un cierto orden de actividad no puede manifestarse en otros órdenes. La América Latina, hasta ahora, ha gastado la mayor parte del capital de su inteligencia en la lucha por el aprovechamiento de su suelo y en la pelea política. Poca fuerza le queda para las actividades superiores del espíritu”.

Creo que esto es verdad. En Colombia, en Medellín, la rabia es general y el tema es únicamente uno: política. Todos los temas, excepto el fútbol, son tratados con triste debilidad. La pandemia, la religión, el sexo: todo es cruzado por términos "políticos", y no me refiero a lo político como decisiones personales dentro de la polis, sino a feroz militancia partidista. En los hogares, en las oficinas, en las aulas, se escucha la obsesión. Todo lo que prefiera no participar dentro de esta obsesión es ubicado en otro partido, uno nuevo: fajardistas, indiferentes, o tibios. Como si engendrar cuentos no fuera una manera de reaccionar a las situaciones (pienso en "La Naranja Mecánica"); como si componer canciones de amor fuera más fútil que elaborar tuits tan ingeniosos como venenosos. Jaron Lanier nos lo advierte: el algoritmo privilegia el odio y la indignación. 

El arte, la introspección y la ensoñación, en esta dinámica nacional, ya son causa de culpa.