Las
opiniones frente a cierto tema nos han situado en orillas opuestas. ¿Qué tal
si, enfrentando la corriente, avanzamos hasta la mitad profunda, uniendo nuestros pasos
y nuestros caminos, y allí nos encontramos tal vez para llegar a un nuevo punto
de vista más esforzado? … para mí, el diálogo tal vez sea la
mejor manera de conocer al otro y esto es muy importante porque hay que saber el modo más indicado de estar en su vida, y si uno no sabe cómo beneficiarlo estando
uno presente, sin interrumpirlo en su realización, sin maltratar su psiquis, lo
mejor es retirarse, no meterse. Leer al otro: el amor es un lenguaje complejo.
lunes, 25 de septiembre de 2017
Es difícil no extenderse en este tema en el que hoy me he obligado a ser breve.
Uno debe dedicarse a eso por lo que uno siente un interés obsesivo (diré: apasionamiento)
Lo creo así no por una moral individual sino porque creo que es ético. Creo que los problemas más grandes es porque muchos profesionales ejercen sin convicción ni cotidiano interés. Ese cotidiano interés que se evidencia en una apertura, en la paciencia, en la constante búsqueda de nuevas preguntas (más que de nuevas respuestas).
Es la única manera de evitar funcionarios públicos y privados ineficientes. Doctores que dejan agujas adentro del estómago. Guionistas que no leen. Músicos que sólo saben bailar.
lunes, 11 de septiembre de 2017
El arte de la buena compra
Aprendí a corregir ciertas actitudes
sin adoptar nuevas. Lo importante de la auto-observación, como con el
psicoanálisis, es trabajarse, no cesar de sustraer y tampoco de sumar. Ilustro:
hace diez años mis padres me compraron un bajo. Un Squier Jazz Bass. Buenísimo.
Excelentes maderas, excelente construcción, buenos circuitos, sin ruido. Dos
años antes, 2005, me había obsesionado con los bajos, las guitarras y los Converse,
y me la pasaba mirando catálogos. Cuando obtuve mi instrumento, supuse que la
manía por mirar catálogos hasta quedarme dormido pasaría, pero no. La compra me
llevó a pensar: bueno, ¿cuál es el siguiente? ¿Uno mismo pero Fender? Y puedo
decirlo: he dicho diez mil veces. “Sí, este es mi bajo favorito, por si algún
día me lo preguntan”. Y la idea es que debe ser uno, o dos, o máximo tres, porque
la idea de comprar muchos, bruscamente, de acuerdo a los caprichos y sin
reparar en detalles, no es tan exigente
como la intención de comprar solamente uno más. Y la línea de pensamientos ha
variado: por peso, por su forma, por su silueta, por su construcción, por su
sonido, por el clavijero, por el color del mástil, por si es activo o pasivo, etc.
En mi carpeta de archivos personales no tengo ni una imagen pornográfica, pero
sí tengo unas doscientas imágenes de bajos de todo tipo. Esta actitud me llevó
a investigar y a conocer modelos, maderas, conceptos de construcción de un
bajo, estilos, pero, es real, no he tocado mi Squier Jazz Bass la mitad del tiempo
que me la he pasado mirando otros bajos a través de los cuales, supuestamente,
me asomaría al mar musical que este instrumento ofrece. Es como si mi sentido
apreciativo, a veces volcado en la pintura y en la escultura, en mi caso, estuviera
enfocado únicamente en la apreciación de bajos y guitarras. Sus cuerpos y
detalles, sus colores, sus materiales, todo generaba una impresión en mí y era
como si el destino del instrumento fuera más desde lo visual que desde lo
sonoro. De hecho llegué a pensar que, siendo mi hermano pintor, sería muy
especial usar estos cuerpos de instrumentos como superficie de sus pinturas.
Desde el mismo corte se habla y no es lo mismo una Les Paul a una Flying V, ni
tampoco una Stratocaster a una Archtop. Tal vez podría considerarse un
desperdicio usar esto para aquello, pero, ¡qué hago, pues, si soy sensible a
eso! El hecho que me indispuso fue que mi búsqueda sonora a partir del bajo se
truncó. Me dispuse entonces a aprenderme líneas de bajo tanto de solistas como
de miembros de agrupaciones. Por
ejemplo, me di cuenta de que no era capaz de tocar a tiempo y de manera sólida
el bajo de Around the World de Daft Punk y que los bajos de McCartney se me
hacían tan complicados y enredados como los de Jaco Pastorius, y que los de
Jaco eran espuma de un sueño imposible de recordar. “¿El primer segundo de Teen
Town? ¿Cuántos dedos se necesitan?”, pensaba. Mi reflexión continuó y recordaba
a James Jamerson (… y que él sólo usó un único bajo en toda su fértil y
determinante carrera… un Fender Precision…). “Tal vez debo aprender a escuchar
esa frecuencia sagrada”, pensé evocando las palabras de Guillermo Vadalá, quien
es una de las personas que me ha enseñado a entonar el bajo con alegría, pues
su experiencia ha servido para que nos hable no sólo con música, sino también con
palabras que expresan esa necesidad de darle al bajo algo más que un ritmo
acompasado y tímido entre las tónicas que conforman la armonía de una canción. “Hay
que ser alimento desde los graves”, fue una frase de una de sus charlas
maestras. Decidí entonces meterme en esos retos personales para aprender a
escuchar y a partir de lo que percibiera mi oído, pasar a interpretar, a crear,
tratando de darle un momento a cada proceso. Gracias a YouTube, pude escuchar
Teen Town a la mitad de tiempo y oír esos sonidos que la velocidad de la
grabación no me permitía ver. No entendía nada de la tablatura, me perdía, me quedaba.
Así, siendo la obsesión mi método, busqué otras maravillas del bajo, como This
Charming Man de The Smiths y varias otras, con la intención de primero escuchar
y apreciar, para luego replicar e interpretar. Y bueno, este ejercicio creo que
es más sano de acuerdo a mis gustos que obsesionarme con los catálogos, pues lo
primero me llenaba y me permitía valorar mi Squier Jazz Bass, mientras que lo
otro me hacía sentir vacío y necesitado de gastar en otro instrumento. De esta
manera, y porque en ese entonces la banda lo requería, le pagué a mi amigo
Sebastián Gil para que le hiciera cariñitos a mi bajo: hidratación de la
madera, apantallado, calibración, octavación… la próxima es comprarle unos
potenciómetros y quizá, quizá, comprarle unos micrófonos nuevos. Esto creo que
es un círculo: corregir actitudes adoptando nuevas. Hacerse responsable de la
compra y conservar la intención de invertir en ocasiones determinadas y así,
enfocarse. No está de más decir que este gusto por ver catálogos, incluía también
pasarme horas viendo fotos de amistades, convocatorias para irme a estudiar al
exterior y mujeres en distintas plataformas (y posiciones). Esto producto de la
desorientación y de fijar el fin en la compra de un objeto más no en el sentido
de la compra, en lo invisible que es valioso, en lo que con ese objeto podría
lograr hacer y crear. Era en parte procrastinar: el miedo a enfrentarme a mis
capacidades, a hacerme las preguntas grises, a sacarle cayos a mis dedos, a
disciplinarme, a sentirme culpablemente desconectado por no estar pendiente del
flujo de información brindado por las personas en las redes sociales, a estar
solo frente al abismo. Creo que ese hacerse responsable de la compra, guiarse
por aquello en lo que uno ha invertido, es importantísimo. No dejar libros sin
leer en una biblioteca que no para de llenarse de enormes títulos, sino tener
la compostura de leerlos, así sea más difícil, a veces, que comprarlos; saber
que los sonidos que pueda sacarle a ese binomio de cuerdas, circuito y madera,
tienen la fuerza suficiente como para llevarme a otras ciudades, así parezca más
fácil, más ordenado y más cómodo lograrlo mediante una beca. “Ve y organiza tu
cuarto”, método y máxima still vigente.
miércoles, 16 de agosto de 2017
¿Por qué me amo?
La pregunta surgió así: ¿Por qué
merezco ser amado? Pero luego evolucionó porque no tardé en darme cuenta que
más que tener claro por qué otro, indefinible e impreciso, podría llegar a
amarme, era más importante saber por qué yo me amo a mí mismo, por qué yo merezco
amarme. Inicialmente, los motivos fueron casi los mismos por los cuales suelo
amar a otras personas: capacidad creativa, los placeres que me brindo. Pero
luego de un vacío sin respuestas convincentes, por fortuna entendí que si me
amaba era porque de una u otra manera cuidaba de mí, me atendía, me
proporcionaba algo más que buenos momentos. De niño no me gustaba leer, obvio
encontraba mayor diversión mientras jugaba Duke Nukem o viendo tv. Pero porque me quiero fue
que me arrojé a expresiones no sé si más sublimes o sagradas pero sí mucho más estimulantes, fortalecedoras, exigentes, delicadas, nutritivas, activas y embellecedoras que andar matando monstruos en el computador. Un ejemplo, el
baloncesto y la natación; otro ejemplo, aprender a escuchar música e interpretar canciones; otro ejemplo, leer cómics y novelas; otro más,
el último: contemplar animosamente un libro de las obras completas de Salvador
Dalí que mi papá nos regaló a mi hermano y a mí, y gracias al cual recordé que
casi siendo un bebé me gustaba leer la enciclopedia Salvat y pasarme horas
mirando las ilustraciones de animales, las fotografías de las naves espaciales
y de Pink Floyd en escena. Darse amor es similar a caminar sobre hielo fino, un
arte que no se domina completamente pero que hace interesante el hecho de
vivir.
lunes, 17 de julio de 2017
Titula
La somnolencia permanente a lo largo de estos diez años de intenso beber. A los catorce, cuando probé el ron, supe que los guayabos me marearían a tal punto que la realidad me parecería un sueño débil. Las ganas de quedarme dormido eran también ganas de despertar. En sí, el mareo venía con la necesidad de brisa fresca dentro de mi cabeza, de lucidez, de aligerar la congestión ocular. Durante esta época que podría (¿debería? ¿quisiera?) llamar mi primera juventud, he intentado tomar las riendas y parar por uno o dos meses, al menos. Pero nada. Sólo pude cuando una alergia en la piel, devenida de mi tomadera y un roce sexual, me obligó a dejar de beber. Sentía calor en la piel, la cual, en la cara, era mezcla de enrojecimiento y escamas. Era como si me fuera a convertir en un ave y me estuvieran saliendo las primeras plumas cortas alrededor del pico. Pero este tener que hacerlo no fue tomar conciencia. Me la pasaba durmiendo, alejándome de esos días lo más tranquilamente posible para luego volver al bar, apoyarme, sacar el billetico otoñal y pedir una dorada. No es que haya dejado de ser alcohólico, simplemente dejé de beber. Los años pasaron, luna menguante mi vida, así la edad indique lo contrario. Vivir con guayabo, con sueño, con esa sensación de no realidad, de días granulados, de solo habitar lo que soy capaz de crear o leer, es algo más que una consecuencia. Es un modo de vida. Un condicionante. Un filtro. Una vida. Los fondos son cimas disfrazadas de simas: el techo se derrumba y metros abajo, compruebas otro suelo. Te pegas la fiesta ahí. Es tu fondo. Más abajo es imposible caer y bueno, en este nivel aún hay luz y una mesa de billar... pero, ¡oh, no! ¡este suelo ha cedido! Y otro piso abajo vuelves a descubrirte a gusto y no estás mal. No es tan solitario como creíste. No es tan sombrío. Hay personas, amores, risas y romances. Pero no hay día siguiente. Hay otra noche y otros preludios de fiesta, pero no día siguiente. Esa mañana no vuelve, ese frío matutino que de niño te hacía sentir parte de un todo que gira, no está. Orbitas tu mundo, ves los papeles desordenados en el escritorio, las ideas de canciones, los archivos de Word, las carpetas con nombre temporales que creaste hace más de dos años. Es momento de aprender a celebrar escribiendo y grabando, amigo Juan. Perdonarte, ya no por el hecho de haber perdido el control, sino por crear algo que si bien no alcanza a ser tan bueno como tú quisieras (que no cumple con tu pasajera idea de perfección), sí corresponde a una búsqueda íntima y que tal vez debieras dejar salir de ti con técnica y buen gusto. Es momento de sentir alivio luego de dormir. De sueños lúcidos de los cuales puedas despertar.
viernes, 9 de junio de 2017
Quejarme de la queja.
A veces, la tentación es quejarme. Romper el silencio y hablar
quejándome de.
Es entristecedor y poco propositivo, en mi caso, y simplemente lo hago
para interactuar con ese otro que tanto me interesa y a quien suelo temer.
Pero hoy lo evité porque el taxista que me conducía era, claramente, más quejumbroso
y amargado que yo. Y en sus palabras quedó expuesto el germen de una queja que
es síntoma de una estupidez triste y rencorosa, degenerativa y violenta. Pasó
que vimos un auto deportivo de color rosa. Se ofendió. Se tomó personal esta
circunstancia, la cual le hizo dar ganas de contarme la siguiente anécdota: “El otro día, no sé
cuándo, vi un carro pintado de un color horrible el %#$&%ta, que $”#%ido
tan feo ese “#%$#ta”. ¿Y qué carro era?, pregunté. “No sé. No recuerdo ni el
carro ni el color ni dónde lo vi pero que #$%$ta tan feo”.
Triste.
Se guardó la sensación sin ubicar el foco de su malestar. Igual, este
texto sería simplemente una amplificación de este lamentable proceder sino
dijera que ese es uno de los motivos por los cuales escribo, canto y
visito al psicoanalista: para ser más consciente de mí, de mi cuerpo, de mi
medida y de los orígenes. Para hacerme una lectura hermenéutica de mí mismo: ¿a
qué responde esta actitud mía? ¿Qué produjo tal evento en mí? Ser arqueólogo de
mí mismo… y así recordar que de niño, por Jurassic Park, quería ser paleontólogo, por ejemplo.
jueves, 11 de mayo de 2017
Bufón
A veces me pregunto si de verdad tenemos secretos o si es que nos hacemos los bobos y jugamos el papel de ingenuos, para así manipular la realidad desde nuestro palco imaginario. A veces me pregunto qué es un secreto… ¿Que los más tibios, cuando somos libertarios y arriesgados somos de "izquierda", y que cuando tenemos miedo somos de "ultra derecha"? ¿Que los prejuicios nacen tanto del amor como de la rabia? ¿Que nunca dejan de gustarnos otras personas así estemos comprometidos y las deseamos simplemente para celebrar el privilegio de ser seres sexuados y apasionados? ¿Que algunos amigos desesperados y necesitados quieran conquistar a tu pareja o a tu ex pareja por el mismo motivo que expuse en la cuestión anterior y porque además tal vez se sienten "demasiado" como para estar solos (no sé por qué)? ¿Que hablen mal de ti solo porque sienten que “se les acaba el hilo”? ¿Que todos en una sociedad (¿gloriosamente?) capitalista estemos llamados a ser objetos con usos cada vez más específicos y que el hecho de hacernos el uno al otro un objeto es algo inevitable y hasta satisfactorio, pues así es que están sembrados los cimientos de nuestro sentido de pertenencia y de gratificación? El cerebro funciona por recompensas: creo que lo que llamamos secretos no son secretos, ni tampoco las perversiones ni las filias: no es que seamos suspicaces ni propongo una conducta cínica ante el abismo: pero el escandalizarse por nimiedades dolorosas y molestas, no es más que el síntoma de una estrategia. Sí: hay que trabajar en estas actitudes consecuencia del egocentrismo y la falta de empatía pero para mí, por ejemplo, que se cometan injusticias y crímenes bien noticiosos con niños y niñas es tan aborrecible como las silenciosas brutalidades que se cometen en contra de los ancianos. Dirán: no es lo mismo… pero esto es porque para nadie es un secreto que somos pilas y que vemos en los ancianos ese amuleto que guardamos conservado en bolsas encima del clóset y al que acudimos para conservar un sentido de humanidad cuando los malos tiempos llegan, o sea, cuando los clientes no pagan pronto, cuando nuestra ingenuidad nos pasa su factura: cuando nuestro maquillaje de mojigatos se nos corre… ¡guapos! El verdadero secreto para mí, como el ser cruzado por el lenguaje que soy desde incluso antes de nacer, es esa capacidad de crear, ese regalo que se trae al mundo y cuya correcta entrega depende de mucha formación, técnica y compromiso apasionado. Que sean todos los secretos revelados y que lo demás, aquello que tenemos hoy por secreto, se quede reservado porque no importa, porque se da por entendido. No tienes que pagarte un psicoanalista para ser más honesto contigo mismo. En resumen: resignación activa y revolución personal: deje de hacerse la/el bobo/a, no trate a los demás como bobos manipulando con ingenuidades, dé el nombre indicado a cada cosa, haga siempre su máximo esfuerzo y “sea el cambio que quiere ver sin esperar algo de los demás”.
miércoles, 10 de mayo de 2017
4 reflexiones
Si bien no todo te cae del cielo,
el cielo sí te brinda algo, y tan importante es saber construir y trabajar,
labrar con esfuerzo, como saber asimilar eso que nos cae del cielo, nombrarlo,
aprovecharlo. Y más si se tienen ambiciones y pretensiones artísticas.
*
Hay momentos en que nuestras
creencias más arraigadas nos hacen daño y nos lastiman: nos incomodan hasta
desequilibrarnos, granularnos, minimizarnos. Establecimos nuestros juicios y
creencias desde una posición pero, no sé por qué, la vida nos pone y más rápido
de lo esperado, al otro lado de ese juicio, como detrás de una pantalla de agua
en la que nos vemos a nosotros mismos, más jóvenes y severos, juzgando y
calificando esta posición en la que ahora estamos, casi como si con esa
decisión de opinar como tirando dardos al otro lado, nos hubiéramos condenado a
recibirlos cuando empezaran a caer en ese suelo que alguna vez creímos
imposible de habitar y ajeno. La ingenuidad se renueva y a quienes en algún
momento consideramos ingenuos, tal vez eran más fuertes e idealistas de lo que
pudimos creer en el momento. Y del otro lado en el que resultamos estar no es
que seamos víctimas inocentes de nuestras creencias del pasado: se nos antoja
juzgar y respondernos a ese yo de hace unos cuantos años con opiniones aún más
arrogantes. Pero saliéndose de esta mesa de ping pong notamos cuán egoístas
podemos ser erigiendo creencias sin empatía, reducidos-a-una-reducida capacidad
de comprensión, siendo piedras de río, ideólogos y justificadores de nuestros
más enajenadores caprichos. Tal vez todas esas actitudes civiles y benevolentes
que a veces tenemos con el otro, debiéramos aplicarlas también a un proceso
intra personal.
*
Creo que la estupidez es propia
de conductas mas no de personas. Por tanto no creo en personas estúpidas pero
sí en actitudes y conductas estúpidas que tal vez están muy arraigadas en sus
personalidades y se han convertido en malos hábitos. Se me antojaría decir que
hay estupideces peligrosas y otras benignas. Las benignas se pueden tornar
nocivas pero tal vez no todo lo nocivo es peligroso. La estupidez como un
fracaso inconsecuente es triste y desmotiva, pero la estupidez heroica que arrastra
consigo fuertes consecuencias, es realmente nociva. El hacer daño al otro de
manera intencional y consciente, reducir nuestras facultades, sentirse constantemente
a salvo y en riesgo: estupidez. No se trata
de algo intelectual: se pueden crear hermosos poemas con mala ortografía, se
puede entender la física cuántica desde la ignorancia (¿intuición?); y procuro
no moralizar en mi intento por lograr una definición personal de la estupidez,
pero creo que todo acto malo es estúpido en tanto es resultado del aturdimiento,
de la miopía, de deshidratar los juicos en lo gregario, de confundir al campesino
con el guerrillero, a la fiera con la mascota. Sigo pensando…
*
Ramón Maya fue profesor mío en el
2010. En aquellos días me dijo que le sorprendía notar cómo los niños ahora,
cuando se reunían a jugar fútbol, ya estaban uniformados y establecían
posiciones fijas de defensa, delantero, medio campista, y un etcétera que indican
haberse formado en conocimientos técnicos en pro de una mayor capacidad de
organización y competencia. Decía esto y lo comparaba con la manera como jugaba
él en sus días: un modo más instintivo y orgánico, sin otra meta que disfrutar
haciendo goles. Bien… genero relaciones con la banda, con la manera como “hacemos
música”… con esas presiones que como banda vivimos ahora… tal vez el éxito de
los Beach Boys fue crear como jugaban fútbol los niños en esos días.
sábado, 29 de abril de 2017
Tal vez porque Gärtner significa jardinero
Trabajar en cualquier cosa por las ganas de ganar dinero. Así pulirse, recrearse y replantearse. Estudiar jardinería, trabajar en una librería, en un vivero. Acercarse a las plantas, a los libros. A eso que amo. Decía: si voy a trabajar en cualquier cosa, sin importarme nada, pues me voy a otra ciudad en otro país: pero no. Ya no. En esta ciudad es donde está la agrupación y todo lo que hay por hacer. Recuerdo a Sebas Quijano, a Daniel Jiménez, a mis contemporáneos que viven de hacer más justa y sensible a esta sociedad del trópico. Que irme no sea escapar: la vocación es comprobarse en un compromiso y redefinirse en él. Si hay que mejorarse, pues mejorarse. Espero que sean las opciones y no el tedio las que me plantearán qué idioma, qué lugar, cuáles esperanzas. Crear será una condición de vida. Mi manera: ensayar, disciplinarme, estudiar cada día más. Mis dos verbos son contemplar -realidades, libros, miradas, mi propia voz- y adorar. Así construiré una fantasía que sea refugio de muchos y no una fantasía que sea evasión, discordia, trinchera desde donde disparo denigrando, escondite, fumadero de opio.
jueves, 13 de abril de 2017
Primer Intento
Horacio me asegura que solamente debiera dedicarme a escribir.
Dice, para enojo mío, que el único motivo por el cual yo me considero un pintor
es porque mi papá también pinta y porque mi mamá esculpe. Sin convencimiento,
hoy quiero acercarme a la escritura, a este nuevo modo de canalizar mi
sensibilidad, como una forma de corresponderle a su fría pero sentida manera de
ser amigo mío. Además él es un vidente: su afán por hacer que yo escriba lo
argumenta recordándome que mi dos abuelas fueron poetisas, mi abuelo materno un
periodista y el paterno un jurista. Lo extraño es que aún no sé cómo se enteró
de todo eso. Nunca se lo mencioné ni tampoco le conté algo al respecto a Eliana,
una amiga mía que era novia de él y quien hasta hoy vivió en la misma pensión
estudiantil que yo.
En la actualidad estudio Artes Plásticas y me pago un
cuarto con el dinero que me consignan mensualmente mis padres, quienes
decidieron irse a vivir a El Carmen de Viboral, lejos de todo excepto de ellos mismos, según dicen. Eli es de Santa
Marta y había venido a Medellín a estudiar Diseño de Modas. La primera vez que
nos vimos nos enamoramos, e insinúo que fue mutuo porque decidimos unirnos en
una sola habitación para ahorrarnos así una mensualidad. Lamentablemente, no me
convino la cercanía pues su obsesión por el orden chocaba con el estado en el que
suelo mantener los lugares que habito. Al principio intenté disimularlo pero con
el paso del tiempo se me hizo imposible: los libros volvieron a regarse por el
suelo, el polvo consumió la madera de mi ukulele, las hojas decidieron
amontonarse en un rincón donde la humedad de la pared resolvió unírseles. Ella,
sin avisármelo, empezó a pagarse su propia habitación y desde esa fecha somos nada
más que amigos.
Conocí a Horacio la noche del
lunes 30 de octubre. Yo completaba el tercer día de estar encerrado en mi
habitación, luego de haberme reencontrado el jueves anterior con la cocaína y
las metanfetaminas. Tras cruzar una laguna de horas, no me equivoqué al
predecir lo pesado que sería el guayabo, el cual se estampó en mi mente, hacia
las dos de la tarde del viernes, como la versión impresionista de un nublado
paisaje: melancolía imprecisa, vergüenza, taquicardia, fetidez. No era capaz de
hablar. Me desconecté. El dolor se nutría de antiguos dolores; la culpa, de
viejas culpas; la tristeza, igual. Supongo que Eli sabía lo que me ocurría
porque durante el fin de semana, alentándome, me envió varios mensajes de voz y
fue por ese detalle, que el siguiente lunes, quise agradecerle con un abrazo.
Cuando salí de mi encierro, los
vi sentados en la sala. Mi amiga hablaba y él la escuchaba. Observé atento. Dejé
que pasaran algunos segundos. Dudé; quise dejar mi agradecimiento para otro
momento pero noté que el ritmo de su conversación decaía. Muy suave, él la interrumpió
y, con fuerza e intención, me miró como pidiéndome una explicación. Eli, torpe,
titubeando, brincando de palabra en palabra como si cruzara un río saltando de
piedra en piedra, le dio a entender que yo era su roommate y, al reprocharme por haberla dejado en visto, despertó la
curiosidad de su acompañante, quien dedujo, no sé cómo, que yo estaba pasando por
un mal momento. Esto me llevó a unírmeles en el sofá y a hablarles, o mejor, a llorarles
mis sentimientos. Él intentó animarme pero por esa culpa nutrida de culpas y
ese dolor nutrido de antiguos dolores, además de una particular vergüenza que
en ese momento empezó a brotar en mí como una flor blanca que se abre dentro de
un cadáver, no fui capaz de ceder. Lloré delante de ellos hasta cuando sentí la
vergüenza de haber interrumpido su encuentro. Me disculpé y regresé a mi
cuarto.
Durante varias noches los
volví a ver. Notaba que ella lo buscaba para asesorarse en temas relacionados
con su carrera. Él era un apasionado por la vida; su conocimiento me parecía
enciclopédico: hablaba de telas, confecciones y presupuestos con tanta
propiedad que, oírlo, me inspiró a hacer lo propio.
Me dediqué a rayar; probé con nuevos colores,
con nuevas texturas, con nuevos materiales que me sirvieran de lienzo. Las ideas
estaban en mi mente pero me expresaba con debilidad y no salían; el trazo era torpe;
los colores, pálidos. Me sentí desesperado y mi escape fue el Libro de Job; supe
que le gustaba a Emil Cioran y por eso lo leí, pero en realidad leerlo fue algo
que me impuse: desde un comienzo me pareció difícil, recio y vertical y de
hecho, en un primer momento de mi lectura, consideré toda la situación como una
correspondencia de Yahvé al juego malicioso propuesto por Satán. Pero pronto entendí
que no se trataba de una tentación sino de una oportunidad, y está claro que es
tradición moral llamar tentación a las mejores oportunidades. Tal vez Satán quería
que alguien bueno, inocente y tan ajeno a los excesos, como era Job, reverdeciera
mediante, precisamente, un exceso de desgracias repentinas y en apariencia
injustificadas, con el objetivo de acercarlo a su Creador, quien en el momento
del diálogo se muestra más enérgico e intimidante de lo que yo esperaba. Interpreté
por tanto que el licor y las drogas podrían ser, en mi caso, una oportunidad y
no una tentación, y que estos excesos personales serían el lenguaje propio de un
diálogo trascendental y a la vez humano con una conciencia viva y creadora.
Esta serie de pensamientos me aliviaron y además, me llevaron a buscar un nuevo
espacio, más austero quizá, menos cómodo, a lo mejor.
Decidí entonces mudarme a la habitación más
pequeña de la pensión, una de techos bajos y sin ventanas, porque creía que allí,
libre de distracciones, alcanzaría ese momento de mística iluminación en el que,
gracias a una idea, me convertiría en el pintor más aclamado de toda mi
generación; allí sería donde recibiría las felicitaciones de Banksy y donde
atendería, con permitida insolencia, todas las entrevistas y todos los cuerpos
jóvenes, deliciosos y pulidos de las selfie adictas más excitantes del
Instagram. Pero la realidad posterior fue muy diferente: en ese cuarto, donde
la madera de mi ukulele crujía
por el calor que hacía, el polvo me hizo toser y estornudar durante los pocos
días que lo habité, porque pasó que no duré mucho allí: una tarde, cuando llegué
de clase, lo hallé vacío.
“¡Me robaron!”, grité. Nadie
me atendió. “¡Jueputa! ¡Me robaron!”
Todavía no comprendo por qué
agarré a patadas el marco metálico de la puerta de la entrada principal. Lo
pateé un rato largo y volví a bajar a ese sótano que había tomado por
habitación para encontrarme en ese pequeño espacio con ese gran vacío. No podría
precisar cuánto tiempo pasó hasta cuando escuché, en el segundo piso, el sonido
opaco de un ukulele. Alguien lo afinaba. Supe que era el mío. Allí, en un
cuarto más amplio, estaba reunido todo mi desorden alrededor de Horacio. “No
iba a permitir que tocaras fondo. Te pagaré los dos primeros meses”.
Sentí más rabia que calma. Él me miraba desde
el sofá donde estaba sentado, rasgueando, apacible, mi instrumento. Reconocí
los acordes de Somewhere over the rainbow. Yo no hablaba, no sé por qué.
“Espero que seas agradecido; debes ser más
introvertido, al menos mientras aprendes a ser extrovertido”, aseguró.
“¿Introvertido?”
“Sí”, respondió. Fue un sí inmediato y seco.
“No, pues no” – repliqué- “Vos no…
no tenés ningún derecho a… a… a…”.
“A-a-a, ¡nada!”, interrumpió y ridiculizó mi tartamudeo.
“Sólo me gusta ser solidario. Por cierto, el escritorio que te compré es para
que escribas”, dijo a manera de despedida, entregándome el ukelele y cerrando
la puerta tras de sí. Yo me quedé parado ahí, en el primer segundo de mi
desconcierto.
Hablé de este incidente con
Eliana. Me aseguró no saber nada al respecto. “Esa no era la ayuda que yo
esperaba; eso no es ser solidario. ¡El libre albedrío se respeta!” – dije bastante
destemplado. “¿Quién le dijo que tenía que ayudarme? Y dice que es su manera de
ser solidario conmigo. ¿Qué lo hace sentir capaz? ¿Qué tipo de arrogancia es
esa? ¿ah? – respiré sin fuerza - ¡Yo no tengo por qué depender de nadie!”.
En un instante de esta conversación, ella se
reveló preocupada por haberse inscrito en un concurso que convocaba a
diseñadores de todos los países, y cuya fecha límite de entrega ya era más que
cercana. El mismo les prometía a los ganadores la financiación de una de sus
colecciones, y mi amiga, aunque había desarrollado gran parte de la suya, aún
no se sentía plena. Me dijo que Horacio se estaba encargando de la
conceptualización y ella de diseñar e ilustrar. Yo los oía discutir en la mesa
del comedor. Allí trabajaban y fue
durante tales jornadas que noté la tensión existente entre ellos. Eliana, aun
siendo ordenada en lo cotidiano, al momento de crear era parecida a mí: ideas
regadas, detalles imprecisos, acabados caprichosos.
Una noche me despertaron los alaridos de rabia
de Eli. La vi agarrada a la pantalla de su portátil, estremecida, trémula de
ira, gritándole advertencias a Horacio. Él había decidido hacer por su cuenta
todo el trabajo y enviarlo a los jurados del concurso a nombre de mi amiga;
ella, sin desconectar la video-llamada, con el sabor de la furia fresquito en
su boca, me llevó a su cama y escenificó allí la ingenua venganza, como si le
bastara acostarse conmigo para disipar su rencor.
La siguiente semana Horacio
la visitó. Ella no le abrió la puerta. Yo, quizá por complicidad de género, lo
atendí. Ojeó mis libros. Me pidió algunos prestados.
“¿Cómo vas con la escritura?”, me preguntó.
“Solamente pinto y leo”, respondí.
“No creo” - dijo - “no existen obras tuyas,
tampoco te he visto pintando. Los óleos que tienes están secos. Las cerdas del
pincel se han endurecido. Sientes la vida a través de palabras, no de imágenes,
y las pocas imágenes que ocasionalmente inundan tu emocionalidad, las
conviertes inmediatamente en palabras. Es inevitable…” – hizo una pausa y con
una voz más grave, como si en verdad procurara ser más dulce, continuó – “… y
sé que tu papá es pintor y tu mamá escultora, pero por el lado de tus abuelos,
en ese punto en particular de tu genealogía, se reúne todo lo necesario para
que seas un gran escritor. No sé si literato o poeta, pero al menos sí un gran
redactor”. Sin decir nada, queriéndole hacer creer que ignoraba sus palabras, me
fui. Cuando regresé, ebrio otra vez, me encontré con Eliana. Horacio ya se
había ido. Ella y yo nos volvimos a probar.
Durante la madrugada nos reímos hablando mal
de él. Dedujimos que sólo quería ser el protagonista de la vida de otros y no
de la suya; que magnificaba los problemas de los demás para sentir que había
hecho una gran obra, y que sólo construía tras haber destruido. Juntos,
desnudos, disfrutando de la oscuridad en la que nos probamos, no nos sentimos
tan crueles ni tan egoístas como nos parecía él, y jugamos al psicólogo
diagnosticándole una vanidosa megalomanía
arrogante. Dormimos abrazados hasta cuando sentimos el timbre.
Pensé que podría ser Horacio
por lo cual me vestí con afán cobarde. Ella siguió en la cama; ambos sabíamos
que era yo quien debía irse. Incluso, ambos sabíamos que era yo quien debía
abrir. Así fue como me di cuenta que no era él quien timbraba. Era un cartero.
Preguntaba por Eliana.
Venía remitido desde Londres.
Sí.
Desde Londres.
Un sobre negro con otro sobre blanco adentro
y en el fondo una carta y una buena noticia.
“With great
pleasure, we inform you that you have been accepted...”
Se había ganado el concurso. Su colección The white also fades away (en castellano
titulado El blanco también se destiñe) la hizo merecedora del premio principal;
además, destacaban el excelente fundamento conceptual de la obra, compilado en
un ensayo titulado Los Wayúu, los Punks y
el desastre nuclear: una fantasía de supervivencia apocalíptica (The Wayúu, the Punks and the nuclear
disaster: one fantasy of apocalyptic survival).
Nos quedamos en silencio. ¡Todo debía ser tan
inmediato, tan pronto!... ¡tan soon!
Y ella, mujer joven que solía decir que era
capaz de leer y escribir en inglés, pero no de hablarlo o escucharlo, ahora
debía irse a Londres a trabajar en un almacén situado en la calle Savile Row.
El peso de su tristeza y de su angustia se
sentía. Yo la miraba sin querer opinar. Algo de la presencia de Horacio
contenía ese sobre que se quedó abierto y boca arriba. Dar esperanzas fue la
traición. “Él nos humilla ayudándonos y eso no es ser solidario”, expresó disminuida
antes de encerrarse en su cuarto.
Esa tarde, ellos salieron. No
tardaron nada. Cuando regresaron él me devolvió los libros que me había pedido prestados
y los elogió.
“¿Cómo vas con la escritura?”, callé; sé que le
temía a la confianza que él me generaba.
“Sé
que te sentiste ofendido pero, ¿sabes? – me dijo - el libre albedrío es
relativo. Si uno está en capacidades de liberar el talento de las personas de
las redes que construyeron sus propios miedos y su orgullo, debe hacerlo. Te
gustaría pintar pero no puedes porque sigues creyendo que eres un pintor porque
así fue como tus padres se rebelaron de tus abuelos, pero tú no puedes participar
de esa revolución. Debes hacer las paces contigo mismo, aceptarte y afrontarte a capela”. Sus palabras me dejaron frío; no fue quedarme callado pues no
tenía nada qué callar. Este silencio fue quedarme pasmado: sentirme desnudo, o
mejor, desnudado.
“Actúa con naturalidad – continuó- y evita la
dualidad entre lo bueno o lo malo, lo verdadero o lo falso. No moralices;
convive con tu ego no queriéndolo acabar sino dejándolo fluir libre a través de
tus obras”.
- Sí, señor – acepté como si fuera una orden,
ni sé por qué.
- “Tú eres tu propio talento, así que del
modo que lo destines, así te estarás destinando a ti mismo. Tu sensibilidad al
lenguaje te permite memorizar con facilidad todo lo que te he expresado. De
hecho, déjame pedirte que escribas - posó con suavidad su mano sobre mi
pecho - que me escribas un pequeño cuento acerca de nuestra relación, de
nuestra amistad… lo único que quiero es ser solidario contigo”.
Dejamos que pasaran algunos
minutos sin palabras y luego se despidió con un ligero adiós. Asumí que Eliana
le había comentado acerca de los términos con los que le manifesté mi enojo, pero,
igual, no me importó demasiado pues me sentí conmovido al oír la expresión
“nuestra amistad”: nunca se me ocurrió que él podría considerarme amigo suyo.
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