sábado, 27 de diciembre de 2014
martes, 9 de diciembre de 2014
Mitología posmoderna o sobre cómo confundir a los presentes
(Interior: lleno total en el teatro Lido. En pocos instantes se presentará Teresita Gómez. Un joven lívido, glauco y macilento toma el micrófono)
Entiendo el humano afán por nombrarlo todo, por categorizar, por
convertir sensaciones, emociones o ideas en conceptos y palabras. Lo padezco, pero recientemente se ha ido mermando en mí este afán pues no pretendo entender el
cosmos ni la vida, sino sentirme vivo e inmerso de manera activa en el cosmos. Ejemplifico esta condición actual mía manifestando lo que he empezado a pensar sobre el homosexualismo; noto que
muchas personas insisten en definirse partiendo de su sexualidad y en
establecerse en una identidad sexual a partir de sus impulsos. El debate acerca
de si los homosexuales nacen o se hacen persiste, y hace poco un videoblogger
confesó su homosexualismo de manera tan dramática que contradice su mensaje, pues
pareciera como si se sintiera triste de serlo.
Este afán por definir qué se es (o que es lo que se es…) lleva a
muchos a encerrarse en una falsa idea de identidad; desde muy niños se cierran
a decir: “no, a mí me gustan sólo las mujeres”, mientras que otros dicen “sí, a
mí quienes me gustan son los hombres”. Yo pienso que uno no nace plenamente definido y que
hacerse y realizarse es inevitable para el ser humano: su capacidad de
apreciación y valoración de la belleza se va dando de acuerdo a sus
experiencias. Por ejemplo, varios amigos y varias amigas, en un determinado
momento de su vida, optaron por acercarse sexualmente a personas de su mismo
género; luego, pasados algunos meses y años, algunos de ellos simplemente con
toda naturalidad y sin traumatismos, volvieron a estar con mujeres o con
hombres, de acuerdo al caso.
Supongo que esta búsqueda activa corresponde a una manera especial de
sentir la vida. Considero que el homosexualismo es sólo
un término más y una peligrosa trampa para quienes creen demasiado en estas emergentes jergas y
obedecen, rindiéndose sin hacer resistencia, a ciertas disciplinas, como la psicología por ejemplo, que extraen de
allí su lucro y sustento diario (se empiezan a despertar algunos abucheos). Si se trata de definiciones, creo que la que
se tiene actualmente de homosexualismo es un vaporoso e impreciso esbozo; y si
profundizamos en este afán humano, al cual desde el comienzo me he referido, sería
más dificultoso definir los límites del heterosexualismo, ¿o quién no ha
llegado a reconocer y valorar en extremo la belleza de alguien de su mismo
género? Sí, de ahí a llevar este gusto a lo genital hay un gran paso, pero
acaso, ¿no depende esta decisión de las variables, siempre únicas, que
condicionan el ánimo, a veces tan pasajero e infundado, de una persona?
(Abucheos enojosos lo ensordecen; una luz directa le enceguece; persisten los abucheos; del público le tiran dildos usados, condones, un lindo ramo de rosas, un destornillador de estrella y un pavo real (que muere de manera instantánea al golpear el rostro del joven); luego una horda de gays radicalmente orgullosos y vestidos con exquisitos ropajes, convencen a su novia de abandonarlo. Pasados algunos días, ella lo hace. El joven incurre en excesos. Suele vérsele todos los sábados en el bar-restaurante El Proveedor en la Avenida Nutibara, occidente de Medellín, Colombia)
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Quiero
Del budismo: “El dolor es inevitable, el
sufrimiento opcional”.
De Freud: “El ideal es el malestar”.
El siguiente pensamiento es ahora constante en mí: mi
principal esperanza es sentirme fuerte ante lo que la vida misma contiene e
implica. Habiendo crecido en un país como Colombia y habiéndome relacionado con
mi realidad, a lo largo de 22 años, por medio de los noticieros y demás
informativos, crecí temiéndole a las tragedias y a los crímenes, sin hacerme
una idea sana de la muerte, de la vejez, de la escasez, de la
enfermedad y de los conflictos humanos. Sin admirar la indiferencia ni
pretender cierta frialdad, creo que hay situaciones inevitables en la vida y
que no constituyen algo de carácter trágico. Así por ejemplo, el cuerpo nos
empieza a doler; los sentimientos de una persona hacia uno cambian; casi nunca
a quien amamos, nos ama como quisiéramos; lo normal es que nuestros padres
mueran antes que los hijos; la tristeza y la melancolía son enérgicas e
inesperadas; la historia sigue siendo una ficción y empezamos a ser testigos de
sus creativas interpretaciones; cuesta ser la persona que soñamos ser y basta
cumplir algunos sueños para darnos cuenta de que eran sólo costosos caprichos;
habrán momentos de carestía y crudas soledades que deberemos vivir sin
paliativos ni culpabilidades… etcétera. De eso y mucho más creo que está hecha
la vida y procurar valorar la experiencia implícita en cada vivencia, tal vez
nos relacione mejor con nosotros mismos y nos permita un autodescubrimiento
menos exagerado, tal vez más discreto y, eventualmente, más asertivo.
Recientemente he empezado a vivir ese denso día a día. He
empezado a ser consciente, de una nueva manera, de mi condición mortal y de
cuán perecedero es todo lo que me rodea. Esto me ha llevado a buscar refugio en
ciertos excesos pues no es sólo que todo lo experimente con una melancolía
anticipada, como si me encontrara hablando con fantasmas todo el tiempo, sino
porque a razón del peso simbólico de todo aquello que siento que me falta por
crear, he empezado a temerle a la muerte
en vida tanto como a la muerte en muerte. Quiero decir:
eso que me falta por crear no es algo que tenga que hacer; es, en sí, algo que
necesito hacer para experimentarme, para sentirme a mí mismo, para saberme
vivo, para ser quien se supone estoy llamado a ser, y esto incluye ideas
literarias y canciones, viajes y rituales. En una inversión con respecto a lo
expuesto: vida en vida para vida
en muerte... supongo.
De cierto modo día tras día debo enfrentarme a un apagón sentimental, haciendo referencia a la canción de
Virus. A veces incluso me cuesta querer a alguien nuevo. Me cuesta salvarlo de
este momento personal que vivo y quererlo sin interés, y aunque sé que no hay
sentimiento no interesado (el interés puede ser de tipo metafísico,
intelectual, sexual…) me refiero al vulgar interés oportunista de buscar y
exigir en alguien una estabilidad económica, laboral o emocional que implique
para ese otro una renuncia a todos sus planes como individuo, una turbación de
su intimidad, un total entrometimiento en su existencia.
En general, he de responderme de modo más convincente a las
preguntas de siempre: ¿Cuál es el sentido? ¿Qué importa todo esto? ¿Qué será de
mí?... esto dado alrededor de la necesidad imperante de estar presente, de ser
entre los demás procurando que cada acción devenga no del miedo estéril sino
del amor, y ya que amor es un término muy ambiguo, pues diré que es mejor
actuar motivado por la necesidad de un encuentro benevolente con nuestro
entorno, con las personas dentro de éste y con los lenguajes tejidos por ellas.
La fortaleza es el fruto, el resultado, de un cuerpo mayor,
de un proceso. Esa fortaleza creo que resulta, en mi caso, de una confianza en
mí mismo (no me refiero a un envalentonamiento de sí), de saber que he vivido
de acuerdo a mi cosmogonía y que he nutrido el sentido con el que he llenado mi
vida (luego de vaciarla) haciéndolo expansivo, incluyente y más íntegro. Creo
igualmente que la fortaleza, en tanto a la persona, es el modo como la paz
logra sobreponerse a los impulsos violentos dentro de uno, y cuando hablo de
impulsos violentos me refiero a fuertes tendencias como lo es la autocompasión;
extinguirlos me parece imposible: controlarlos, un propósito emocionante.
jueves, 6 de noviembre de 2014
... pensarlas como ciudades del mundo
Me recomiendo pensar a Medellín, a Cali, a Bogotá, a Cartagena y a las demás ciudades del país, como ciudades del mundo antes de concebirlas como ciudades de Colombia, pues siento que cuando las pienso como ciudades de Colombia, algo inmediato e impreciso (¿insondable?), me lleva a excluirlas del mundo; o sea, es como si haciendo parte de Colombia, no hicieran parte del mundo. Tal vez esto se deba a que yo, colombiano, le temo más a los colombianos que lo que cualquier otro extranjero podría temernos. También pensar las mencionadas ciudades como ciudades del mundo, me pone de frente a las expectativas que tengo de mí mismo, llevándome a exigirme más, a expandir el área de mi ambición, a ampliar la periferia que demarca mi zona de acción.
domingo, 2 de noviembre de 2014
No creo que se cometan pecados sino acciones de mal gusto
Nunca me había preguntado acerca del llamado “conflicto colombiano”, el cual más que un mero conflicto me parece una guerra tan viva como pasmosa. A mí parecer se equivocan quienes consideran que es este el único problema del “país”, dando por cierto que el cese al fuego nos representaría la solución a todos los problemas. Yo creo que no es así, que hay muchos otros problemas más peligrosos y silenciosos.
Sobre los supuestos diálogos, que preferiría llamar negociaciones, debo
decir que es evidente el afán del gobierno por hacer las cosas más que por hacerlas
bien. También es notorio que la
mayoría nos sentimos humillados por este proceso de “paz” que más pareciera ser
una imposición inentendible y arbitraria.
Dado este panorama de problemáticas abstractas, la impotencia nos
apabulla, o mejor, me apabulla. Pero perpetuarme en este sentir es una
decisión; no creo que estemos obligados o destinados a sentirnos de una misma
manera por toda la vida. Por eso he “reducido” esos grandes problemas a lo
personal, a lo cotidiano, y he sabido distinguir en mí ciertas actitudes que me
hacen tan culpable como los violentos implicados en la guerra. Lo primero, es
heredar odios. Lo segundo, creer que las cosas deben ser de cierta manera.
Tercero, creer que si estoy mal es por culpa de algún otro. Cuarto, asegurar que
la paz es un estado externo. Y en esto último, quiero profundizar para llegar a
algo que considero como aquello que me hace sentir culpable y que por tal,
procuro cambiar.
Para mí la paz es una condición íntima de armonía, claridad y equilibrio
y no quiero decir, con esto, que la paz pueda ser representada por un hombre
pasivo, impasible y flemático, que se atreve a conservarse así ante el caos que
pueda rodearlo. No: la paz no es indiferencia y egoísmo y heme acá ante la gran
característica que me hace sentir casi tan victimario como los políticos
corruptos, los médicos negligentes o los que disparan fusiles siguiendo órdenes
cuyo sentido no se esfuerzan ni se atreven a analizar.
Si todos los colombianos, o la mayoría, son como soy, está claro porque
Colombia no alcanza a ser un país sino un remedo de ello. La indiferencia con
la que creemos poder hacer frente al dolor (incluso en las relaciones
sentimentales) y el egoísmo con el que pretendemos habitar esta zona de guerra,
es el punto ciego al que no alcanzan a llegar los diez mandamientos, ni las
leyes del estado - y ni más faltaba-.
En parte creo que se debe a la educación individualista que nos dan. Los
colegios suelen ser espacios sin contexto; edificios de aislamiento y hacinamiento
en los que se simula un juego que muchos juegan hasta morir.
Y bien, esto no sería inadecuado si al menos nuestro “correcto hacer”
tuviera efectos positivos en el medio ambiente o en la cultura, pero como
siendo eso que debemos ser, o hemos debido ser, hemos dejado el planeta en las
condiciones que está, creo que es necesario y urgente recapacitar.
Al graduarme de la Universidad evidencié como la inmisericorde mayoría de mis compañeros se sentían bien sólo si
conseguían un trabajo. Mediante el trabajo sentían que podrían progresar,
avanzar, realizarse como personas. Bien, eso parece ser cierto. Pero, ¿de
verdad estaban haciendo algo? ¿De verdad estaban trabajando? Algunos realmente
padecían necesidades extremas y debían enfrentarse a condiciones de ligera
pobreza, pero no es a ellos a quienes cuestiono sino a todos aquellos quienes
se atreven a cerrar los ojos ante los problemas del mundo luego de haber
obtenido lo mejor de él: educación, hogares, viajes, saciedad, cultura… me refiero a esos
que como yo sólo quieren tener dinero para expandirse hacia todas las
direcciones que le indiquen su deseo, a esos egoístas que trabajan sin sentido de
vocación para ganar dinero fácilmente (porque sí, por más estresados que
aparentemos estar, es muy fácil) con el objetivo de gastar más y no regidos por
la ambición de hacer del mundo un mejor lugar. Aun así nos atrevemos a
cuestionar la existencia de Dios y nos burlamos de todas las creencias… ¡qué
vamos a ser capaces de percibir la esencial presencia de alguna deidad si ni
siquiera somos capaces de concebir el mundo sin dinero!
Lo más feo es que aceptamos que somos materialistas y lo decimos con
tanta altanería que no podemos sino seguir siendo esos niños que subían los
hombros ante el regaño. Dinero, mujeres, placer; viajes, aventuras, la novedad;
la letra capital, la mayúscula, el éxito; mi espacio, mi señora, mi vida; los
míos, lo propio, mi nevera; la fiesta, mi espacio, mis sueños; la comida, mi
comida, más queso y con queso extra; mi seguro de vida, mi otro carro, mi
finca; mi guayabo, mi psicólogo, mi abogado; mi dentista, el pago de la cuota
de mi tumba, mi barriga.
Colombia no existe; nosotros no somos capaces de ser todo lo que acá
podemos ser; no somos gente para habitar este territorio fértil. Lo único que
merecemos es irnos a otros lugares donde haya buenos bares, donde no roben y donde
se pueda disfrutar de un buen sistema de transporte público (es la idea máxima
que podemos hacernos de “una buena ciudad”); no merecemos vivir en esta tierra
de la que brota tanta energía.
viernes, 24 de octubre de 2014
Antes de la justa exposición.
Encontrarse con William Blake en un rincón de la rutina. Inspirado por él, aceptar de nuevo antiguos deseos. Todo parecía estar bajo control hasta cuando te leí. Luego todo lo veo bajo tu influjo: los platos sucios que me aguardan, los rostros que veré esta noche desde el escenario, mi herencia genealógica, l@s twitstar que se revuelcan en su falta de contención, y un Wilde que vuelve y me dice: “Se es dueño de lo que se calla y esclavo de lo que se habla”.
Estar embarazado de varios cuentos, de crecientes ideas, de melodías que deberé formar con
palabras y términos… nada leve cuando lo que se tiene por decir es que hubiera
sido mejor descubrir a Dios por nuestra cuenta, como un ente perpetuo que aún podemos descubrir y que no depende de las teologías pasadas, sin que nadie nos lo presentara bajo términos caprichosos y con ese malandrito tradicionalista.
Creo que eso sería justo; por algo se le conoce como el innombrable. Tal vez esté inmerso en nuestra cotidianidad como un presentimiento logrando que, para
algunos, su efecto sea el de la Bloq. Mayús del teclado, mientras que para otros sea el de un somero Esc.
¿No es sagrada esta época? La hierba sigue brotando, ahora mismo
alguien nace y el sinsentido existencial se mezcla con el impulso vital. Esto me resulta paradójico pues aunque no sé
si la vida tenga sentido, empiezo a creer que es la vida misma, el sentido
en sí. domingo, 28 de septiembre de 2014
Lo disimulaste pero lo hiciste
jueves, 28 de agosto de 2014
Nuestros días
¿Cuánto del hombre contiene una sola tuerca?
¿Cuánto conocimiento contiene un teléfono?
¿Cuánto conocimiento contiene, de modo implícito y explícito, una barra
de mantequilla? ¡Cuántas generaciones, cuántos esfuerzos anónimos, cuántos
errores mortales, cuánta dominación humana sobre las especies y los elementos! Con
cuanta facilidad sabemos que hoy no nos golpeará un cometa, con cuanta
tranquilidad podemos cumplir con nuestros planes. Apenas empiezo a ser consciente de todo en lo que estoy
inmerso. Nada me rodea. Todos somos parte de lo mismo. Estamos ligados por consecuencias cuánticas... y esto incluye a los pensamientos, todo aquello que creemos que no alcanza a ser.
Seguimos tratando de encauzar la incertidumbre, todas las variantes
que se nos escapan, mediante leyes, normas y dictámenes. Pero, por naturaleza, sabemos que sólo nos
queda confiar en la voluntad humana y está claro que antes que alguien actúe
por voluntad, lo hace es por necesidad.
...¿Cuántas encarnadas necesidades anteceden nuestra comodidad y fundamentan nuestra civilización?...
domingo, 24 de agosto de 2014
A mi hijo
Me encuentro a mí misma, de nuevo, esperándote. Desde el balcón de otra edad, desde otra vida. Sé lo que aún no quieres saber. Sé que te estás esforzando por creer que estás pasando bueno. Sé por qué mañana, luego de tanta noche, querrás salir corriendo, pero quejarse trae consecuencias. ¿Vivirás de arrepentimiento en arrepentimiento? Tú decides. Mas no te mientas. Vuelve a leer: no te mientas. Miénteme pero no te mientas porque de ti depende que te guste existir. Yo sólo puedo esperarte y esperar que la botella no te dure toda la vida.
sábado, 9 de agosto de 2014
La intensa búsqueda de aquello que no se quiere encontrar
No perder oportunidad alguna para dejar de creer y a la vez caer en la tentación de creer que se tiene tiempo... y así envejecer poniéndose a sí mismo en fila de espera. Hábitos semanales, incapacidad para ver "más allá", refugiarse en la importancia de vivir el presente. Pero, ¿qué es el presente? Fétidos guayabos, árboles partidos por un rayo, ecos de fiestas, sueños melancólicos, cervezas trapenses en promoción y una mascota que al otro día te mira. El presente es necesidad de orden, uno brindado por la claridad de la que me alejan palabras como amor, error, libertad, dignidad y felicidad...
... pequeñas siestas en un taxi. Las luces de la falta de memoria que es la misma falta de control... "soy algo más que un ebrio" quisiera creer pero... como dije, hoy no sé por qué no pierdo ninguna oportunidad para dejar de creer. Lo único de lo que no dudo es del placer efímero, que por efímero me pesa más.
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