Calores escalofriantes reservados para cuando dejase aquello que inició probando; colores que llegarán a sus ojos por medio de la luz y no de la sangre. Será normal que algunas grietas anímicas rasguen su panorama.
viernes, 12 de julio de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Sobre este blog y su relación con Facebook y Twitter
El mundo es ancho y
ajeno: Ciro Alegría
Desde hace días, varios allegados han intentado motivarme a abrir una
cuenta de El Bailarín Sin Son en Facebook y Twitter. Ciertamente luego de
meditar acerca de esta decisión, debo decir que por varias razones (como
Bartleby el escribiente) preferiría no
hacerlo. Una de ellas es porque considero que mis intentos literarios aún
no merecen tan amplia e intensa difusión como la que ofrecen estos sitios Web.
Otro de los motivos por los cuales me abstengo de llevar a El Bailarín
Sin Son a alguna de las redes sociales en mención, está relacionado con el acto
mismo de escribir, o sea, las razones e intenciones conscientes (y hasta
inconscientes) por las cuales me gusta sentarme a hilar ideas e imágenes hechas
de palabras. Crear así constituye mi modo de vida y también, es mi modo de
disfrutar la vida. Publicar es algo distinto a la escritura, y creo que está relacionado con el ánimo de compartir; de hecho el medio elegido para
transmitirla es detalle esencial de la obra. Como dicen, "arte es incluso el modo como llegas al arte", y así como yo me he encontrado con otras obras, y algunos niños se han encontrado con tesoros hechos del mismo material del que están hechas sus fantasías, quiero que los lectores se encuentren con estos breves intentos literarios sin haberlos buscado.
Igualmente me gusta pensar que parte de lo que hago algún día para alguien representará un
regalo, una fuente de inspiración, un motivo para seguir, y por eso conservar
este sencillo blog en este casi inédito rincón de la red, sin mayor proyección o
publicidad que aquella que pueda conseguir en una conversación o en una modesta insinuación online, tal vez le haga
valioso para quienes lo frecuenten. Quizá estas frases resulten dulzonas y den
muestra de un exagerado romanticismo pero prefiero sentir eso que llegar a
convertirme en una obligación impuesta por el manipulable gusto de las mayorías.
Quiero aclarar que todo esto lo redacto como una confesión más que
como una explicación; esta última no la debo aún. Además quisiera aprender a vivir la vida como me gusta, y en este modelo personal, por
experiencia, siento que no debo darle
cabida a la interacción social promovida por mencionadas plataformas virtuales.
¿Por qué? Porque para mí carecen de valor y sentido; eso sí: nos servirán a los
jóvenes para conservar la antiquísima tradición de querernos identificar distinguiéndonos
de las demás generaciones.
Entre otros orígenes en los que fundo mi acción, escribo por impulso para
significarme y para evidenciar frente a mí la expansión cuántica del universo,
y no para imponerme, intimidar, entrometerme constantemente en las necesitadas
rutinas de los demás, o para ser recordado. El olvido es cosa que con los años
y tras tantos errores cometidos, se empieza a agradecer. Por eso opto con agrado por soñar que, como en las vacaciones de
la niñez (diciembre del 96’ o enero del 98’ en mi caso) cuando no añoraba
ningún tipo de poder, ni siquiera el de consumo, me levanto temprano para hacer durar el día divirtiéndome, sin temerle
tanto al anonimato, a la soledad ni al futuro.
domingo, 23 de junio de 2013
Gracias a José Augusto Trinidad Martínez Ruiz - Azorín
Escritor sofisticado cuyas creaciones lograron conmoverme, abrazando enteras varias de mis jornadas, sin generarme algún tipo de agotamiento. Además, no sé por qué sus obras me remitieron con agrado y gratitud a esas madrugadas en las que mi mamá entraba a la habitación y, para despertarme, suave decía: “ya es hora”. Debo reconocer que no me gustaba esta expresión porque representaba dejar el tibio dormir y emprender un compromiso matinal con la inmensa incertidumbre, con los instruidos e intimidantes profesores ibéricos, con la cultura, con la acción y, en general, con toda esa época colegial, hoy necesario puñado de recuerdos.
viernes, 24 de mayo de 2013
Ciudad de vitrales marmoleados
Aunque todo lo atraiga
hacia sí, ella es insular. Linda, atemorizada, aislada y emergente. De raíces
enfriadas por el rocío de los jardines que decoran sus lomas. Rejas, parques y
campanarios; de entre las tejas y los ladrillos, escurren y brotan las enredaderas
indiferentes y abrasivas, como pandillas silentes que algún día nos sumergirán de
tierna manera en sí y harán que, al pasar, el anciano piense ante el lóbrego
panorama: ¡cómo está de acabada Medellín! ¡Se marchitó como suavemente se
marchitan las flores de las silletas!
domingo, 28 de abril de 2013
¿Lo notaste?
Ese día nos
olvidamos de los colores; fue una tarde intensa de furores, agitaciones y
amarguras. Demasiado bombástico para ser demasiado real. ¿Tú lo notaste? En 1990,
en el tope de las Torres Gemelas, Depeche Mode interpretó Enjoy the Silence; en el
2001 surgió de manera explosiva, en contados minutos, la Zona Cero de New York;
y en el 2011, The Sound of Silence, cantada con emoción por su autor, Paul Simon, resonó
en el monumento fúnebre en honor a las víctimas mortales de aquel mal episodio que por televisión viví y no del
todo comprendí.
Luego, en el 2013, ¿notaste la
presencia de ese eco en el mundo del
silencio cuando la prensa notificó que habían encontrado el tren de
aterrizaje de uno de los aviones impactados contra las edificaciones? Nuevamente, orondas y agresivas, words like violence break the silence, trivializándome
y confundiéndome porque llegué a
creer en las teorías expuestas en los filmes representantes de la ansiosa y
esperanzada búsqueda de la verdad, como Zeitgest y Fahrenheit 9/11. ¿No estaba
todo claro? ¿No habíamos acordado estrechar nuestras manos debajo de la mesa y
aceptar el engaño como la única posible verdad en todo esto? ¿Vuelve esta carta
a estar en la baraja?
La historia
como cortina y la desconfianza como la neblina que nos impide reconocer con
nitidez los hechos; la decepción y el dolor que recordando se vivifican. ¿Estaba
allá o acá? ¿Sentí lo de allá y lo de acá? ¿O acaso los medios me permitieron
un estado de ilusoria bilocación? Transferencias pequeño Juan; industrialización, Globalización, hiperrealidad y Geopolítica.
Pero
entonces…
¿Qué se sigue? ¿Más conmoción? ¿Más ruido? Los signos son
evidentes pero la incapacidad de efectuar lo imaginado ya es general: Cual
comunes occidentales, estamos en contra de toda aquella idea que se impone por
sobre las ideas que nosotros queremos imponer. ¿Lo notaste? No dije nada que alguien
desconozca. He de respirar puesto que sólo así se ordenan los símbolos de la Creación, sin la necesidad de incurrir en esta clase de rebuscadas
coincidencias.
domingo, 21 de abril de 2013
Lo que se piensa estando bajo el agua
La mayor monotonía que he experimentado fue la de
pensar constante y permanentemente en circunstancias eróticas y
oportunidades pornográficas. Turbé el espíritu con ideales hasta cuando
entendí, un día de manera repentina, que más-no se podría-turbar, que era un
efecto de la dominación y que
la obra artística que uno ambiciona resulta estar contaminada hasta degradarse
y convertirse en meras obviedades con las que uno quiere únicamente agradar y
combinarse. Luego, al menos intentar pensar en esa obra la mitad de tiempo que invertí maquinando fantasías protagonizadas por aquellas quienes se incrustaron de manera inocente en mi mente
pervertida, preví que el arte, a corto plazo, sería un motivo imposible, otro
ideal que me apabullaría, un sueño imperceptible que no dejaría de contradecirme y que no me permitiría definir en ningún sentido y en ningún momento, pero que al
menos me haría sentir como si me estuviera creando un alma; igual a los lindos romances, distinguidos por siempre ser irreemplazables.
martes, 2 de abril de 2013
Suspira
Estará bien que presenciemos cómo la bola de cristal se
derrite y con ella, todas las creencias que encierra en sus lados infinitos de
promesas y sugestiones. En efecto, aspiro y espero que suspires: el presente sólo es
aquello que sueñas y recuerdas, como lo sueñas y lo recuerdas.
Toda realidad es aprendida y pronto sabremos que deberemos acostumbrarnos a
envejecer, sin creer mucho en lo que aseguren los demás, ni tampoco en los dictámenes
de las bolas de cristal, que parecen estar vivas, pero no más que tú. En efecto, concéntrate y suspira.
martes, 12 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
Viento es lo que queda del mundo que ahora es paisaje en el retrovisor
Sobre Vida Querida, casi un año después: Con mis recuerdos
inventé historias, reuní e hilé textos aislados dentro de una misma intención, para agradecer según lo sentía, y manifestar que concibo la vida
como lo que brota del corte, como la sabia continua, como un todo inevitable: como el único récord y la única fortuna de las especies.
jueves, 14 de febrero de 2013
♫ “Vienen y van, pero nada te puede tocar” ♫
Le dije que
nunca había pagado por sexo y que aquella noche no sería la primera vez. Por
eso se animó a preguntarme por mis motivos, por la iniciativa de estar en ese
lugar, tan lleno de ellas y de clientes evadiendo la monotonía a cambio de una
culpa llevadera. Le expliqué que solamente quería conversar y aunque esto
pareciera ser una medida extrema y denigrante, estar allí no me hacía sentir tan humillado como cuando debía, para besar
a alguna otra conocida de bares o de aulas, simular durante semanas ser aquel hombre
fresco y relajado, sin fantasías que le turben constantemente el espíritu, sin
mayores deducciones y fijado a una practicidad destinada al éxito cotidiano.
De nuestro
encuentro se suponía no quedaría ninguna historia; creo que ambos lo sentimos y que quizá escribir esto sea traicionar un pacto implícito, pero es inevitable
porque la escritura es en parte una paciente mentira que, sin ser engañosa,
somete al lector a un punto de vista limitado, como el personal, como el mío
propio, como ocurre en este momento. Saberme allí no me produjo miedo, sino una arrogancia egoísta que
creo conservar por ser egresado de una universidad, por sentirme
privilegiado, aparentemente a salvo de todas las circunstancias ignominiosas que
se inscriben diariamente en ese mapa virtual que solemos llamar sociedad, como
para ahorrarnos explicaciones, como para entendernos mejor, como para convenir en una causa común: la sociedad aquello, la sociedad lo otro; a ese punto, un tanto anodino, he llegado con mi raciocinio y de ese punto en común, tan gastado como cuando
se rima en un verso canción con pasión, espero sacar cada una de mis
elucubraciones. Por eso quise desordenar
mis precauciones, conversar sin ansiedad,
sentarme en el borde y mirar el vacío prometedor del precipicio; y así fue
estar con ella.
Que esa
noche, en ese sitio, el sexo fuera previsible, menoscabó su valor. Sabía que si
accedía al canje, nuestros cuerpos se unirían con clichés y metodologías que conocí viendo pornografía. La misma rigidez, los cuerpos amasándose; la misma
dinámica maquinal y la emergente geometría de piernas y senos; curvas, arrugas,
látex y calor. Nada nuevo existiría sin afecto.
Preferí
hablar, invitarla a una cerveza y luego a otra. Hablamos de ropa, su mayor
vicio según lo mencionó. Yo le hablé de libros pero me sentí estúpido,
imprudente y cobarde. Conversamos luego sobre el maquillaje y los circos; sobre
viajes y la constitución humana del paraíso; sobre los cojines de los buses y los amaneceres inesperados; de aquellas tardes que uno espera despierto en la cama,
pensando, con la esperanza de descobijar las certezas dentro de la mente, desempolvándose.
Hablamos incluso de nuestros prejuicios con nosotros mismos, de cómo el
sometimiento es un cierre de oportunidades. Hablamos hasta cuando nos interrumpió un hombre
decidido a pagarle. Me quedé
solo y quise entablar una charla con alguna otra del lugar, pero desistí por lo
desesperado y suplicante de este gesto.
Preferí
observar el show de la noche y no sé qué en el ambiente, o en la música, o en
la mirella fashion que cada una lucía
en el rostro, me recordó a Bajo Tierra y, de su Lavandería Real, el ambiente de mi infancia. Cuán lejanos lucen los noventas y cuán cercana, la vejez.
Casi cuarenta
minutos después la vi salir; supuse que nuestra charla continuaría pero con su soledad,
silencio y postura corporal, me pidió de modo cordial que la dejara trabajar, y
obviamente yo me fui: ¿qué clase de humano es aquel que no reconoce el momento
en el que ha empezado a estorbar?
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