martes, 12 de marzo de 2013

Te mandan a decir...


... que en vez de renuncia, sea un sacrificio y que ojalá la culpa no intervenga en tus decisiones.

viernes, 1 de marzo de 2013

Viento es lo que queda del mundo que ahora es paisaje en el retrovisor



Sobre Vida Querida, casi un año después: Con mis recuerdos inventé historias, reuní e hilé textos aislados dentro de una misma intención, para agradecer según lo sentía, y manifestar que concibo la vida como lo que brota del corte, como la sabia continua, como un todo inevitable: como el único récord y la única fortuna de las especies.  

jueves, 14 de febrero de 2013

♫ “Vienen y van, pero nada te puede tocar” ♫


Le dije que nunca había pagado por sexo y que aquella noche no sería la primera vez. Por eso se animó a preguntarme por mis motivos, por la iniciativa de estar en ese lugar, tan lleno de ellas y de clientes evadiendo la monotonía a cambio de una culpa llevadera. Le expliqué que solamente quería conversar y aunque esto pareciera ser una medida extrema y denigrante, estar allí no me hacía sentir tan humillado como cuando debía, para besar a alguna otra conocida de bares o de aulas, simular durante semanas ser aquel hombre fresco y relajado, sin fantasías que le turben constantemente el espíritu, sin mayores deducciones y fijado a una practicidad destinada al éxito cotidiano.

De nuestro encuentro se suponía no quedaría ninguna historia; creo que ambos lo sentimos y que quizá escribir esto sea traicionar un pacto implícito, pero es inevitable porque la escritura es en parte una paciente mentira que, sin ser engañosa, somete al lector a un punto de vista limitado, como el personal, como el mío propio, como ocurre en este momento. Saberme allí no me produjo miedo, sino una arrogancia egoísta que creo conservar por ser egresado de una universidad, por sentirme privilegiado, aparentemente a salvo de todas las circunstancias ignominiosas que se inscriben diariamente en ese mapa virtual que solemos llamar sociedad, como para ahorrarnos explicaciones, como para entendernos mejor, como para convenir en una causa común: la sociedad aquello, la sociedad lo otro; a ese punto, un tanto anodino, he llegado con mi raciocinio y de ese punto en común, tan gastado como cuando se rima en un verso canción con pasión, espero sacar cada una de mis elucubraciones. Por eso quise desordenar mis precauciones, conversar sin ansiedad,  sentarme en el borde y mirar el vacío prometedor del precipicio; y así fue estar con ella.
Que esa noche, en ese sitio, el sexo fuera previsible, menoscabó su valor. Sabía que si accedía al canje, nuestros cuerpos se unirían con clichés y metodologías que conocí viendo pornografía. La misma rigidez, los cuerpos amasándose; la misma dinámica maquinal y la emergente geometría de piernas y senos; curvas, arrugas, látex y calor. Nada nuevo existiría sin afecto.

Preferí hablar, invitarla a una cerveza y luego a otra. Hablamos de ropa, su mayor vicio según lo mencionó. Yo le hablé de libros pero me sentí estúpido, imprudente y cobarde. Conversamos luego sobre el maquillaje y los circos; sobre viajes y la constitución humana del paraíso; sobre los cojines de los buses y los amaneceres inesperados; de aquellas tardes que uno espera despierto en la cama, pensando, con la esperanza de descobijar las certezas dentro de la mente, desempolvándose. Hablamos incluso de nuestros prejuicios con nosotros mismos, de cómo el sometimiento es un cierre de oportunidades. Hablamos hasta cuando nos interrumpió un hombre decidido a pagarle. Me quedé solo y quise entablar una charla con alguna otra del lugar, pero desistí por lo desesperado y suplicante de este gesto.

Preferí observar el show de la noche y no sé qué en el ambiente, o en la música, o en la mirella fashion que cada una lucía en el rostro, me recordó a Bajo Tierra y, de su Lavandería Real, el ambiente de mi infancia. Cuán lejanos lucen los noventas y cuán cercana, la vejez.
Casi cuarenta minutos después la vi salir; supuse que nuestra charla continuaría pero con su soledad, silencio y postura corporal, me pidió de modo cordial que la dejara trabajar, y obviamente yo me fui: ¿qué clase de humano es aquel que no reconoce el momento en el que ha empezado a estorbar? 

viernes, 18 de enero de 2013

Poca labia



Modestia, inteligencia, protocolo, prudencia o elegancia. Los motivos pueden ser tantos como personas dispuestas a expresarlos.
Alguien, en algún desafortunado momento, sugirió que hablar de fútbol, política o religión, en determinados espacios, era muestra de la pérdida de la decencia y del roce social. De esta manera, ante semejante propuesta que promovía las risas ligeras, el delicado consumo del fiambre y la más perfumada hipocresía nocturna, se deshiló el tiempo convencionalizándose tanto la ignorancia como la represión del impulso que insta al joven a conocer sobre política y religión, las cuales fueron igualadas a los sentires futboleros.
Así sea para hablar mal de ellas, así sea para despreciarlas, es necesario dialogar acerca de estas dos dimensiones del pensamiento humano; conocer al respecto y permearse de puntos de vista ajenos. Sino, de otro modo, pasa lo que actualmente ocurre: desentendimiento generalizado, sofocación, asfixia y una posterior putrefacción de las opiniones o creencias. Sépase que tal evasión quizá sea sugerida por quienes sueñan con un vetusto paraíso en macramé y viviendas dentro de segurísimos centros comerciales, donde solamente se dialogue a través de guiños y emoticonos :3

jueves, 17 de enero de 2013

El borde de una respuesta


Todo indica que madurar es saborear. Ante el aburrimiento lo ideal es desarrollar los sentidos y ser sensible a toda manifestación de la vida, a los espacios y al filo del tiempo.

jueves, 13 de diciembre de 2012

De lejos, lucirá.



Mencioné algo sin mucho interés y luego me preguntó: ¿Cómo descubriste los colores?
Seguramente algún gesto involuntario mío le indicó que debería darse a entender.
Sí, ¿dónde conociste los colores? ¿Dónde los sentiste por primera vez?-insistió.
No supe responder, sólo tartamudeé, como una sombra que se arrincona en el mutismo.
¿Lo notas? Lo que pasa- concluyó- es que pocas personas saben que los colores son el adorno artificial de elementos inertes, sin vida. No es que sea malo, sirve para generar símbolos, como los semáforos, pero es triste que se reduzca la percepción natural de tonalidades y que para muchos el verde, sea un solo verde, y el rojo, un único rojo. Igual con el azul, el gris, etcétera. Debería primar el interés de relacionarse con la vida a partir de los colores que en ella se encuentran; nadie los ve igual, nadie nunca los siente de una única manera. Buscar los colores en fuentes vivas. Lo digo porque todo eso tiene que ver con la capacidad de apreciación y de disfrute de la vida misma… con los años, son más aquellos quienes habitan la hiperrealidad, esa dimensión conformada por todo eso que permitimos que exista sin existir, como los sabores de los chiclets o la depresión. 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sobre el cono simiesco y la servidumbre detrás de la certidumbre



Me permito creer que el fuego es domesticable porque relaciono los incendios con los bomberos, grupo de personas anónimas dispuestas a salvarme.  Pero antes, el fuego, quemaba hasta cuando no quedara nada por quemar. El panorama detrás de la neblina podría llegar a ser una ciudad ardiente, habitada por mujeres que corrían dispuestas a ahogar las llamas con el agua de las tinajas que traían sobre sus cabezas. Tales esfuerzos valientes, por las particularidades de la actualidad, también me parecen ingenuos. 
Hoy, en el siglo XXI, mero puñado de años de la eternidad, se confía en los designios de la razón sobre la cual se instituye la ciencia, principal heredera de los métodos de la mitología religiosa. El credo está relacionado con la certidumbre. Un diagnóstico médico o psicológico, la señal de la Cruz de un Papa: por sus efectos, todo me parece igual luego de mirar El Incendio de Borgo, obra de Rafael.  

martes, 6 de noviembre de 2012

Lejano @hotmail.com



Silvestre nostalgia siento por aquellos sitios web que he abandonado para sumarme al avance y sentirme eficiente, conectado de modo social y capacitado para la interacción. Cuando ingreso a ellos, después de tensar la memoria con el objetivo de recordar las contraseñas correspondientes, los encuentro oxidados, cual buzones viejos o edificios abandonados; como ruinas sentimentales donde atesoro aquellos mensajes que nunca fui capaz de eliminar porque algo mío conservan. Una vez allí, el presente se hace estridente porque todo el pasado, su raíz, parece haber sido una ilusión; como si, sin saberlo, me hubiera sumado a un denso experimento. Y esta sensación algo paranoica, antes de herirme el orgullo, me cuestiona por todo aquello que pasó y dejó de pasar con todas aquellos desconocidos que resulté distinguiendo entre los anónimos, por no saber si en alguna era los humanos avanzaremos sin dejar ruinas, y por la necesidad e importancia de éstas.
Luego, ¿qué haremos con los basureros y los cementerios? ¿Los volveremos laboratorios... carnicerías?

jueves, 18 de octubre de 2012

Soy lo que sueña un animal dormido


Tan fuente de absurdos es la irracionalidad como el exceso de razón. El sentido de cualquier obra pareciera depender de quien la aprecie. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Leve lluvia durante medio día diagonal


Dulcemente, después de los veinticinco, prefirió detenerse y arriesgarse a perder todo lo que había logrado hasta ese momento.
Por los afanes de un horario  y la urgencia de una meta, los recuerdos de su pasado, siempre joven,  eran pálidos y débiles. Claro, como nunca fue suficiente, ni para sí misma ni para los demás, dejó de mirar alrededor y resumió su alegría al placer. No se preparó con paciencia, sino que se calentó en el microondas; sin humo ni burbujas, ardió en vez de hervir: todo muy en orden, ¿cierto?
Intentó lo que no le interesaba y así permaneció; creyó que todo lo demás era curiosidad; que todo lo que le atraía era porque le gustaba. Trabajaba para sentir que  estaba viva y que era alguien entre los otros. Más que obediencia, se trataba de haberse acostumbrado a hacer muy bien lo que no le gustaba.
Cuando buscó consuelo entre los intelectuales, los encontró incrustados en la desesperanza, en discursos fallidos erigidos irresponsablemente sobre frases de genios difuntos, en debates deshilados de personas que parecían bordear de modo cobarde el acto de vivir.  
Pero volvió a los libros y, en uno de los poemas de Pombo, señor al que siempre subestimó, encontró el motivo para detenerse y el sabor dulce de su existir: “…tan sólo miel saca el bueno, do el malo sólo veneno…”.
Luego, con una sonrisa esperanzada, celebró tan discreto triunfo personal.