martes, 16 de marzo de 2021

Por admiración y resignación, imitamos.

    Foto por June Juno

“Los noticieros viven de las noticias”. Esta premisa, además de una obviedad, es una advertencia. Tal vez los noticieros no solo viven de transmitir “noticias”, sino que también viven de hacerlas, de transformar cualquier espacio en posibles escenarios “noticiosos”: la calle vacía, la plaza pública, una llanura, una selva, tu habitación. En consonancia, moldean –crean- su propio consumidor, su comunidad, sus confiados fanáticos, sus creyentes. Su tono es narcisista –redunda en su historial- alarmante, catastrofista. Según su lógica, hay que estar bien informado, y estar bien informado es saber de los conflictos en medio oriente, pero no lo es tanto saber preparar un buen plato de lentejas; o también, estar bien informado, es conocer las políticas que el gobierno deja ver, y no comprender cómo la realidad en Colombia se desarrolla a manera de bucle, sin estrategias sino de manera improvisada, centralizando el poder en unas cuantas familias y terratenientes – el frente nacional nunca se acabó: se transformó.


Cuando Daft Punk se separó, todos los noticieros quedaron maniatados: no podían hacer del suceso algo más noticioso: no pudieron exprimirlo: no había cómo. Solo tenían lo que había: un video que lo decía todo sin valerse de media explicación. Los medios esperaban una reverencia de parte de los Robots y ellos no se la hicieron: nunca se la harían.

Esa tarde descubrí que soy un adicto a ese tipo de realidad que promueven los noticieros. Necesitaba más del fin. Un post de Instagram, un comunicado, una entrevista, una gira de despedida. Hasta en este sentido, Daft Punk me cuestionó como lo había hecho siempre: enseñándome un modo y un camino. No por ser vanguardistas fueron los mejores: su superioridad reside en la elocuencia potente y tranquila con la que siempre procedieron.   


jueves, 18 de febrero de 2021

Aplausos

 

Era 1999. Tenía 10 años y me encantaba dibujar: a los personajes que salieran en la tv, todo lo que considerara expresivo, lo que veía desde el balcón del apartamento de mi abuelita. Los domingos, disfrutaba de leer el suplemento cultural del diario El Espectador. En una ocasión, me encontré con un dibujo de Gokú, de todos los personajes de Dragon Ball, el cual me pareció superior a todos los que yo había hecho hasta entonces. Me paralicé. Quedé entristecido al evidenciar cómo un niño menor que yo había un enviado un dibujo mucho mejor que todos los míos. Esa tarde, me dediqué a intentar lograr algo similar, cercano en cuanto a calidad, pero fue en vano. Descubrí que yo no servía de dibujante, que era mejor que me dedicara a otras cosas: a las tareas del colegio, tal vez, o a ver televisión y no pretender dibujar bien; recuerdo que empecé a ver mis dibujos anteriores como manchas sobre una hoja de papel con rayas. Sentí vergüenza.

Al otro día, me encontré con mis compañeros en el colegio. Fui capaz de expresar mis sentimientos, diluyéndolos en un tono humorístico, disimulando con chistes, fingiendo como si mi vergüenza y mi tristeza fueran falsas. Uno de ellos dijo: “eso no es un dibujo. Obviamente, no es real. Es calcado”. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza: yo juraba que el niño autor de esta obra que en aquel entonces percibí como hermosa y ejemplar, había representado, a partir de su memoria mnemotécnica, la forma, el gesto, los detalles de Gokú y de los demás personajes. Yo nunca pensé que fuera digno enviar un dibujo calcado. Eso era trampa. “Sí, además  - continuó mi compañero – mirá que el trazo se pierde; es un niño de seis años calcando una lámina del álbum”. Estos argumentos me reconfortaron, pero no lo suficiente como para volver a dibujar con tranquilidad, o al menos, sintiéndome el segundo mejor del mundo: claramente, el primero era mi hermano.

Hace días, mientras veía con gusto y detalle la cuenta de Instagram de un famoso, quedé impresionado con su belleza, con su cuerpo, con su gusto. Le mostré a mi hermano, con el agrado resignado con el cual se contempla lo imposible, el bello porte que dista de mis maneras, la hermosura y el estilo de este hombre. “Ah, pero eso está con más photoshop”, me respondió. “No, parce. Buscá las imágenes de google y véras”.

Distinto al orden en que narré, este segundo escenario me llevó al primero. Está presente en mí la tendencia a compararme, y a paralizarme al sentirme peor o menos bello que alguien lejano, traído a mí por un medio determinado. Tal vez vivamos en una sociedad de photoshop y papel calcante; quizá estas costumbres contengan en sí la falsificación, el engaño. Lo importante, independientemente de esto, es no dejar de dibujar. Concebir esas manchas en el papel rayado como valiosas expresiones de sí mismo. Son valiosas en cuanto registro humano. No hay que ser esclavo de la necesidad de ser tenido por artista o por hombre-hermoso. Quizá de hecho, ser incluido dentro de estas construcciones triunfantes de nuestra cultura, la del talentoso, la del genio, la del exitoso, resulte aún más paralizante… aunque… aquella tarde de 1999, cuando dejé de dibujar, empecé a escribir. A los meses, gané un concurso de cuento. Quizá el aplauso de los demás me hizo creer que soy escritor, que escribo bien.

Y quizá solo fueron aplausos.


martes, 16 de febrero de 2021

La vergüenza de no ser idiota

 

Una y otra vez intento observar, para luego describir, el efecto de las redes sociales en el comportamiento de mi mente. Recientemente he descubierto que han generado en mí la sensación de hacinamiento. El ruido de los demás se me hace rutina por medio de mi habitual y creciente consumo de contenidos prescindibles; a la vez, mi hacer llega como ruido a los demás. Somos miles de personas creando, opinando, juzgando, mintiendo, vendiendo; también, creándonos, vendiéndonos... Mientras más pegado esté al celular, más sumido estaré dentro del pogo, dentro del ruidoso atiborramiento. Estoy seguro de que el desespero no me desespera más de lo que me entristece. Cada día que pasa, cada noche que huyo del silencio y de la soledad en un interminable scroll, es como si deforestaran una parte de mí, como si secaran un río y construyeran en su lugar un mall, un edificio de catorce pisos. Creo que el ser humano irá comprendiendo (o al menos yo espero lograrlo en algún momento, y actuar de acuerdo a esta comprensión, sin retrocesos éticos) que la cibernética no contiene todas las tecnologías que debemos implementar para vivir de un modo pleno, y que necesitamos de espacios verdes, apartados de la civilización, silenciosos, indocumentados, vírgenes, tanto en nuestra mente como en el planeta, para sobrevivir, o al menos para comprobarnos a nosotros mismos que no somos una especie en extremo idiota.  

lunes, 1 de febrero de 2021

Vida Contenido

 

Hace poco escuché a un estudiante decir, refiriéndose acerca de su relación con la música, que a él siempre le había llamado mucho la atención ese tipo de contenido. La expresión fue reveladora: la música, para muchas personas, es simplemente contenido. Contenido de redes, contenido como si fuera una oferta de zapatos o cualquier cosa, contenido similar a productos que son consumidos y desechados de manera simultánea. No creo que sea nuevo, no creo que sea sorprendente; no todos los secretos deben generar sorpresa. Y no es que la música haya dejado de ser importante: cosificar, reducir a contenido la belleza es algo común y general. Sigue siendo importante pero ha sido devaluada y menospreciada; del mismo modo, la pintura es más que cuadros; la literatura, mucho más que frases cortas fuera de contexto.

Quisiera darme a entender, quizá resumir, mediante una comparación (que no deja de ser mi manera de teorizar): los videojuegos se han sabido mostrar y vender como algo más que contenido, como algo más que un modo de pasar la tarde. Los videojuegos son la vida para muchas personas: crean allí nuevas personalidades suyas, se proyectan, luchan y viven con pasión y método. Esa realidad, que no se atreven ni se permiten considerar falsa o alterada, les atrae, les alienta: eso es lo que siempre ha sido para mí la música, la literatura y en general diversas áreas del arte. No sé qué sentir al creer, y ligeramente sospechar, que muchas personas, hábiles e inteligentes para la música y el drama, tal vez hoy consagran sus tardes, sus noches, sus dineros, a formarse para ser mejores gamers. Allí, en esa dimensión, no hay tantos juicios... ni pandemias… y es probable que de hecho, sirva de base para crear otra realidad, en la cual, quién sabe, juegan a tocar la guitarra en un solitario campo florido y primaveral con el que sueñan.


domingo, 17 de enero de 2021

Crítica a un argumento

 

La Iglesia somos todos: creyentes, agnósticos, ateos. Algunos ministros, autoridades de la Iglesia católica colombiana, aceptaron dinero, riquezas de la mano de Pablo Escobar. Muchas personas (parte del cuerpo de la Iglesia), consideran que él, Pablo, era muy bueno porque daba mucho, muchas cosas. Cristo, sus parábolas, son para mí un eje moral, una energía vital con la cual siempre estoy en permanente diálogo. Recuerdo el pasaje bíblico narrado en Lucas 21, referente a la ofrenda de la viuda pobre. Jesús se encuentra en el templo junto con sus apóstoles, y ven a algunos hombres ricos dejar ofrendas cuantiosas en las cajas, mientras que una anciana, pobre y viuda solo echó dos moneditas de muy poco valor.  Jesús les dice: “Les aseguro que esta viuda pobre dio más que todos los ricos, porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, que es tan pobre, dio todo el sustento que tenía”. Hay otras traducciones, con resoluciones diversas, pero creo que la idea principal se conserva en cada una. Sobre Pablo, sobre todos los traquetos que pretenden lavar sus malas acciones a fuerza de regalos, de ofrendas cuantiosas, recae este comentario, este juicio del Mesías: están dando de lo que les sobra, no de lo que les falta. Hoy, esa anciana viuda y pobre, representa a muchas personas: el padre de familia que a pesar de la crisis generada por la pandemia, decide invertir en la educación de sus hijos, por ejemplo.

   

domingo, 27 de diciembre de 2020

Reflexión Causa


El modelo de negocio y el producto se corresponden entre sí. El pan blanco, industrial, depende de su modelo de negocio, y ese modelo de negocio termina afectando la naturaleza, la calidad de ese producto. Creo que también pasa lo mismo con la música: la industria discográfica debe adaptarse a las nuevas tecnologías: el rockstar, por ejemplo, empieza a desaparecer, a cambiar, a transformarse al punto de no retorno con respecto se va consolidando en la cotidianidad, en la omnipresencia, el internet. 
Ya lo advertía Rafael, mediante Heráclito, en su obra "La Escuela de Atenas": "toda autoridad es pasajera". En parte, por eso, en una de las más recientes canciones que escribí, digo: "¿Qué tan pasajero es lo que vendrá?"

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Leer y escribir el cuerpo

 

Debo confesarlo: uno de mis grandes descubrimientos de este año, fue un canal de YouTube. Se trata de Athlean X, más precisamente, de Jeff Cavaliere, el entrenador fundador del mismo. Durante años busqué ejercicios y rutinas qué implementar, y mediante las cuales sentirme más fuerte, mejorar mi estado físico, corregir mi mala postura. El resultado de mi búsqueda era la prolongación digital de lo que niño hallaba en la unidad deportiva de Belén o en el patio del colegio: gente intimidante, con un cuerpo suficientemente ejercitado y cultivado, balbuceando ideas entre su jadeo y su cansancio. Estas ideas eran soportadas en su experiencia, y sus músculos eran su único argumento: ¿cómo contradecir a alguien que tiene un six pack, o pectorales grandes y anchos? En realidad, aunque me intimidaron, nunca me convencieron. Las “velitas” y las “barritas” me vencieron; las pesas me superaron; el sudor en mi frente tardó horas en aparecer. Pero cuando descubrí el canal que defino como uno de mis grandes descubrimientos de este año, fue distinto: la lógica, la ciencia detrás de cada rutina, la concepción íntegra de mente – músculo, me encantaron, me hipnotizaron. No pensé que implementaría los ejercicios que Jeff propone; ni siquiera estimaba la posibilidad de pasar del nivel de principiante a intermedio: en un principio, simplemente veía los videos con gusto, para comprender mejor la función de determinado grupo muscular, o saber cuántas calorías consumía en una noche de copas (…y cuántos burpees debía hacer para quemarlas…). Sentí que nunca había comprendido mi cuerpo y mi metabolismo: crucé la frontera de mis prejuicios y reconocí sin angustia ni conflicto la riqueza, la generosidad, que nos brinda este popular youtuber. Por citar un ejemplo, en armonía con la introspección que tanto me apasiona, en uno de sus videos él plantea la importancia de determinar claramente las razones por las cuales uno se ejercita (… o deja de hacerlo). Sin esta claridad, el propósito, muy probablemente, será vulnerable al menor obstáculo, o a la impaciencia. Esto fue decisivo, en mi caso, para persistir. Y quiero enumerar algunas razones:

1. Ejercitarme, como escribir antes de dormirme, me hace bien. Me tranquiliza. Es como si la ansiedad se desinflamara en mi interior.

2. Me acerca a conceptos existenciales fundamentales, como la fuga de energía, o la correcta relación entre la mente y el músculo; con respecto a esto último, cuando me subo a una barra, cuando hago una dominada, establezco un puente entre mis bíceps y mi mente en el chispazo de un pensamiento. Es un trazo de conciencia que echa luz sobre los músculos. Esto, en un sentido psicoanalítico, es cultivar el cuerpo, y me atrevo a decirlo: a crear el cuerpo. El organismo es la maquinaria: el cuerpo es el resultado de la apropiación que logra un sujeto sobre el organismo del que está dotado. ¿Qué era el hombro para mí? ¿Existía? ¿Los antebrazos? ¿Los flexores de la cadera?

3. En este sentido, me acerca a la verdad de mi organismo: es una expresión problemática, lo sé, pero a mi modo de ver, el cuerpo, o mejor, el organismo es una maquinaria perfecta: sabe aprovechar completamente los nutrientes de un mango, de un plato de avena, de una guayaba.

4. Comprendo mejor la función de los músculos y me incrementa la capacidad de resistencia. Antes, hace muy poco, cuando no hacía nada de ejercicio (es decir, toda mi vida hasta el julio pasado), me mareaba con facilidad. El ejercicio me exige, me fortalece, y no solo la zona abdominal, mis piernas, mis brazos: también el cerebro, mi respiración, mi palpitar.

5. Hacer ejercicio impacta mi emoción, mi intelecto, mi intuición. Este impacto, en cuanto es vivaz y me entusiasma, considero que es positivo.