Decidí comprar un Cd.
Mientras pagaba sentí culpa. La colección crece más allá de mis capacidades de
almacenamiento. Pero no solo por eso: sentí que ese acto, el de comprar un Cd,
era un hábito adolescente, un gusto de cuando recién estaba empezando a
conformar los muros de mi propia caverna. Esa colección, junto con la
biblioteca, es algo privado que comparto con mis amigos. Productos comerciales
que son ornamentos de mi soledad, para mi soledad. “¿No se supone que
ahorrarías para viajar, para salir, para bajar del público al escenario?”, me
dije mientras me lo empacaban. Llegué a la casa y escuché dos o tres canciones.
Apagué el equipo. Sentí que ya no tengo tiempo para quedarme horas y horas escuchando
música. Tampoco ganas. Los días pasaron. Luego, en un trance mientras surfeaba
las toneladas de información de Instagram y Tinder me observé: ahora en mi
soledad también “trabajo”, también consumo “productos comerciales”. “No es que
no tenga tiempo – me dije —, es que ya no lo cuido. No es que ya no tenga ganas
de quedarme a solas escuchando música horas y horas, es que ahora estoy en las
profundidades de la distracción. Regalo mi atención a una plataforma que se
lucra de ella, cayendo así en la trampa de creer que existo en la medida en que
soy visto. Que no me pierdo de nada si sé en qué andan los demás”. En ese instante
tuve otra certeza: sí, puede que aún compre música a manera de hábito
perpetuado desde mi adolescencia, pero no solo es un acto justo y honrado
(porque la música no se hace ni se graba ni se distribuye gratis), es una forma
inconsciente de decirme a mí mismo que tal vez debiera desconectarme y no andar
pegado al celular todo el día. Que internet nos está matando. Que las compañías
celan nuestros ratos a solas. Sí: comprar Cd’s, o vinilos, es un acto romántico
con el que busco perpetuar viva una industria herida, y no depender de la
conexión a internet ni de mis datos móviles para escuchar música, para hacer
íntimo y entero el viaje que nos proponen los artistas en cada disco.
domingo, 27 de octubre de 2019
martes, 24 de septiembre de 2019
Astenofobia
Varias celebridades recientemente han aceptado padecer de diversos trastornos relacionados con la
ansiedad. Todos enuncian sus comunicados a manera de confesiones y advierten
que no es un problema de locos, que es necesario meditar, hacer ejercicio y, cómo
no, ir a donde un psiquiatra que los medique. Yo los contradigo y considero que
simplemente son muñecos de las corporaciones, gente inculta que no mide el
poder de los consejos que publicitan
en sus redes, y lo creo así porque he seguido recientes debates y publicaciones
que demuestran que tratar la ansiedad con medicamentos es formar adictos,
condenar, encubrir el problema y suprimir el síntoma. La ansiedad desaparece,
sí, pero su causa, no siempre; o mejor, muy pocas veces.
La psiquiatría está ideada para solucionar problemas relacionados con
la fisiología del cerebro, más que para atender a urgencias psicológicas y
emocionales. No es de escépticos decir que la medicación no sirve. El panorama
propuesto por estas celebridades es de claro adoctrinamiento: “no sufras:
obedece. Rígete por la nueva moral: pastillas, gimnasio, respira azul – exhala café,
cero azúcar, libre de gluten, gas el cigarrillo”. Creo que la ansiedad no
compromete tanto a quien la padece sino a la sociedad de la cual ese individuo
hace parte: ¿por qué cada día es mayor la ansiedad? ¿Qué relación tiene con los
hábitos de consumo… con la tecnología, la cual más que abrir un abanico de
posibilidades se termina imponiendo como la única opción? Hay conveniencia, oportunismo y un morbo
profesional por asignar nombres de patologías a condiciones emocionales que
podrían considerarse normales dentro de un ambiente como en el que ahora sobrevivimos. El hecho de que cada
bimestre miles de psicólogos obtengan su diploma, nos condena como sociedad a
que cada tanto tiempo esos profesionales
deberán justificar su profesionalismo
nombrando los procesos mentales de sus pacientes: sano, cuerdo, borderline,
bipolar, esquizoide, etc. También resulta ser así con los ingenieros y los
arquitectos, lo cual pareciera comprometer las pocas zonas verdes que le quedan
a la ciudad.
Me apasiona este tema y me siento en condiciones de opinar porque he
padecido ataques de pánico desde los catorce años, y múltiples episodios de
ansiedad generalizada desde mucho antes. Aún así (a pesar de), mediante estas
condiciones he logrado desarrollar mi vida, mis talentos, mis afectos, mi
sensibilidad. A los 21 quise tomar pastillas pero mi mamá me salvó al hacerme
reconsiderar la idea. Finalmente, presentí el coágulo, esa fobia a desmayarme,
a desvanecerme, otra vez, tal y como me había pasado ya dos veces antes. Ese
temor y la vergüenza posterior, el ser llamado “macho débil”, sentirme culpable
de no ser capaz, es el nudo estrecho en mi alma, en mi mente, en mi memoria. Rayar
tratando de darle un contorno a mi presentimiento me permitió acariciar el
dolor ignorado, la basura oculta debajo del tapete de la costumbre. Luego
empecé terapia psicoanalítica. De palabra en palabra, el coágulo se ha venido
diluyendo. Descubrí que de niño no entendía media palabra de las que me decían
(ni de las que repetía, ni de las del dogma); comprendí que seguí como se sigue
sin querer y que jamás comprendí nada de lo que memoricé. Ese proseguir aún sin
entender me generó un hastío que, sospecho, puede
llegar a estar relacionado de manera inconsciente con los dos
desvanecimientos que me generaron el trauma, la fobia, ese miedo a desmayarme. Tal
hastío, a su vez, me acercó a vivir una vida sin sentido, a amar el absurdo porque
es zona de promesas, sitio de recreo, nirvana. Hoy en día las aguas internas están
turbias; en ellas están flotando gruesos sedimentos de mi adolescencia, la cual
viví de manera pasiva frente al televisor, alejado del sol bajo el cual jugué,
nadé, bailé, corrí, soñé, cuando era más niño.
Si yo fuera una de esas celebridades no sembraría más ideales, ni
fáciles esperanzas. Solo abriría la pregunta: ¿Cuál es el mito que vives?, y
dejaría que cada quien se alargara íntimamente en su respuesta.
miércoles, 21 de agosto de 2019
Clase de Seis
Durante años me he acostado después de las doce de la
noche. Muchas veces sentí al reloj de la casa dar las
cuatro; sobre todo el año pasado, mientras grabábamos y mezclábamos los discos “Grietas” (https://www.youtube.com/watch?v=W_lJnDGlbQo&t=218s) y “Valeria Morning” (https://www.youtube.com/watch?v=86ZryoeHA4o&t=65s). A lo largo de este tiempo, aproximadamente siete años, siempre estuvo en mis planes acomodar mis jornadas a
horarios más diurnos, pero fue una decisión que nunca llegué a tomar ni efectuar.
Ahora pasa que, durante cuatro meses, deberé dictar una clase en el horario de las seis de la mañana.
Ya va uno.
Los
primeros días se me hizo fácil, pero luego el cuerpo me empezó a reclamar. Los
días que debía madrugar a las cinco de la mañana no dejaba de sentir hambre;
comer no me satisfacía. El insomnio llegó y vi toda la transición de domingo a lunes, y
eso que los lunes no debo madrugar: la clase más temprana de aquellos días es a
las diez de la mañana. Sí: simplemente me obligué a dormirme antes de las doce
y en vez de tranquilizarme, pararme, venirme al estudio desde donde escribo
esto, leer, prender el celular, tocar bajo, ver porno, me dediqué a pensar y a
pensar, a sobar y sobar las plumas, el cuerpo de ese insomnio que yo
mismo alimenté. Y es que está la tendencia a llamar insomnio a toda falta de
sueño, a toda demora en el quedarse dormido, a toda interrupción, a todo
estremecimiento nocturno. Y como es de prever, caí en el juego: no enunciaré
los extremos a los que llegaron mis reflexiones, mis extremas, rebuscadas,
lúcidas reflexiones. Con los días, hallé que hay diversos tipos de
insomnio, que este insomnio no es ninguno previo, que las causas
pueden variar, que una noche de insomnio, comparada con
las noches de borrachera, no se sienten tan horribles. Descubrí
que la situación de estos días es más una cuestión de ritmo temporal, de armonía cíclica, de disciplinarme y
procurar despertarme, comer y dormir, todos los días, a una misma hora.
Pero mi resignación no incluye la aceptación. Algo sí diré acerca de todo el parloteo de aquellas esperas ansiosas por el sol y el descanso de la mente.
Las clases de seis son
síntoma también de una sociedad aún bucólica, aún moralista. “En el campo” las
cinco de la mañana ya es tarde; pero también es tarde las ocho de la
noche. ¿Ser capaz de madrugar, de cumplir aún sin dormir nos hace, me hace “verraquito”?
¿Qué objetivo tiene serlo? Creo que es inhumano con la materia que se dicta a
esta hora porque sea como sea es un blablablá que el alumno no alcanza a
aprovechar muy bien. El fenómeno de la clase de seis, en sí, es más interesante
que muchos temas que se dictan en ese horario. Me atrevo a creer, como ya lo
dije, que es por un espíritu social aferrado a las condiciones del campo, de la
granja. ¿Por qué no empezamos las jornadas a las nueve? ¿Por qué trabajamos
tanto? ¿Somos eficientes o estamos acostumbrados a ser lentos y lerdos debido a
que, la mayoría (y basta haber tenido twitter, o Facebook en algún momento para comprobarlo), no
podemos con la somnolencia y la pesadumbre, producto sombrío de un horario? La madrugada es una delicia: inspira. Pero hay que reconocerse:
¿soy capaz de formarme rutinas que me permitan disfrutar de ella sin sentir que
estoy ebrio de insomnio, mareado de tanta gana de apoyar cabeza y dormir?
Sea como sea, es parte de la vida. Una experiencia humana. La consecuencia de no podernos olvidar de nosotros mismos, como nos lo dice Borges.
viernes, 16 de agosto de 2019
Los lados
Discutía una vez con una amiga acerca de las clases sociales
y las malas condiciones laborales. Nuestros puntos de vista se bifurcaron, se
opusieron, cuando ella me manifestó que la existencia de los malos trabajos era
cuestión de políticas públicas, de administraciones. Que la izquierda (término que no logré
clarificar en ningún momento de nuestra charla) nunca permitiría malas
condiciones laborales. Mi mente se llenó de ejemplos con los cuales contradecir
su punto pero pasó que cruzábamos por una acera sobre la cual se extendía un
gran vómito multicolor que parecía estarnos gritando. Era una mancha viscosa,
casi burbujeante que alguien había dejado allí. Yo sentí que el mismo vómito,
que esta experiencia visual, era más potente que cualquier experiencia verbal,
y le pregunté qué hacer con este tipo de situaciones, cómo afrontarlas, desde
esa izquierda que ella promocionaba.
Se quedó mirándome y luego habló.
- La izquierda desarrollaría robots para
limpiarlos.
Su respuesta produjo en mí real sorpresa. Era una buena
respuesta. A mí me bastó. Pero luego ella continuó.
- Mentiras — advirtió — la izquierda no permitiría que unas máquinas reemplazaran a las
personas. Luego de los limpiadores, serían a los celadores, a los mensajeros, y
hasta a los periodistas a los que nos reemplazarían. Creo que ese vómito debe
dejarse ahí… o no sé… que los estudiantes trabajen y sean los encargados de ese tipo de cosas.
Se quedó callada pero sin dejar de pensar.
- La derecha
si es una cosa muy brava — declaró — nos enferma y luego no se
responsabiliza de nada.
viernes, 12 de julio de 2019
Regalito
Mi primer encuentro con la muerte fue cuando tenía trece años. El 29 de diciembre de 2001. En la tarde. A eso de las cuatro. Regalito, el perro amado de mi tía Luz Marina, amaneció enfermo. Mi hermano y yo la acompañamos a la veterinaria, pero ella debía cuidar a mi abuelita, encargarse de ella. Por eso nos quedamos solo nosotros, prometiéndole que estaríamos muy atentos y que ante cualquier emergencia la llamaríamos. Durante algunas horas, vimos cómo el perrito se recuperaba lenta y pesadamente. El color de su glande pasó de blanco a un débil rosa, y sus ojos fueron adquiriendo brillo y negrura. Todo esto era síntoma de mejoría. En la tarde, mi tía fue a visitarlo. El animalito no aguantó la emoción y murió en sus brazos. Yo lo vi desde el marco de la ventana: vi una nube inflarse en la profundidad de su mirada, dentro de sus pupilas. Vi su glande volver a quedar pálido. Vi la blanca apariencia que a veces tiene la muerte, similar a un apagarse, a un desteñirse. Vi el decaimiento volverse primero inmovilidad y luego rigidez. Yendo y viniendo, agarrándome la cabeza, vi el llanto de los mayores, la frustración del doctor, un triste rayo de sol. No sé por qué lo recuerdo hoy. La idea llegó hace diez minutos, mientras me bañaba. Creo que desde entonces tenía guardada esta tristeza. Quizá el agua tibia y el olor del jabón alcanzaron el coágulo, y lo diluyeron. O al menos este poquito.
jueves, 20 de junio de 2019
Con cierta paz.
Hace meses, me cifré en una discusión con un ser querido. El motivo:
un malentendido. ¿Con respecto a qué? Con respecto a la ley Anticorrupción. Su
postura era la siguiente: no estaba de acuerdo con la ley. A mí me pareció
inconcebible. ¿Cómo no estar de acuerdo ante una ley anticorrupción? ¡Cómo no! Ahora, mucho
después, comprendo.
Primero: se trata de una ley que protege a la ley misma. Eso
indica qué tipo de personas habitamos este país. Es un blindaje con rastros de
balas. Según el título oficial, se trata de “una ley que crea la ley de protección
y compensación al denunciante de actos de corrupción administrativa”. Esto me
lleva al segundo punto: los mecanismos y procedimientos de gobierno están, solo
que deben ser respetados y ese respeto debe ser asegurado. Una ley anticorrupción demuestra el fracaso de las
tres ramas del poder. Tercero: se somete la aprobación de la ley al voto de los
mandatarios, quienes por definición misma de sus cargos y sus poderes, son los
cuestionados por corrupción. Esto lleva a que el dinero invertido sea mal invertido.
Y ese el cuarto numeral de mi reflexión: esto es solo un costoso esfuerzo hecho
sin estrategia.
Así me abro a la divagación pensando en el planeta tierra, roca
esférica y achatada que gira alrededor de fuego. Pienso que uno de los retos
del siglo XXI será librarnos del derecho penal, de los procedimientos de los
abogados, de sus triquiñuelas y perversidades.
Anhelo con temor un nuevo salvajismo.
Los encargados de aprobar la ley
Anticorrupción son los mismos corruptos, los que han demostrado no saber
proceder sin anticipar sus intereses privados a los intereses públicos. Estado Islámico no surgió por cualquier cosita: la situación mundial
nos exige, más que siempre, afinar las fibras de nuestra humanidad, ser buenos
sin ostentación religiosa, bondadosos sin definir esa bondad en términos de
espiritualidad o moralidad. Humanos humanistas que respetemos al otro, que
admiremos al otro, que cuidemos al otro. Y a nosotros mismos.
martes, 28 de mayo de 2019
Desinteresadamente
Pienso...
La fiesta se perturba si ponemos en ella un interés más allá
de ella misma. Igual pasa con la música, con la lectura, con la creación… con
la vida misma... con este blog. Nada ulterior define las experiencias. Nada debiera hacerlo. Vivirlas,
entregándonos a los múltiples presentes que nos ofrecen, es más beneficioso, más
justo; con ellas, con nosotros.
Estamos acostumbrados a hacer las cosas con algún objetivo (calmarnos,
por ejemplo), pero, en este punto de mi vida, creo que el objetivo es la acción
misma: escribir para ser escuchado no es tan revelador como escribir y
descubrir en el acto, la brecha enorme que existe entre lo que pensamos tranquilamente y lo que somos
capaces de reproducir con palabras, oraciones, párrafos, versos o estrofas. La
fama suele ser la gran promesa, la gran esperanza: pero la admiración
de aquellos tocados por la obra propia es un billete falso si no se ha cultivado en uno el gusto por realizar
aquella labor a la cual se debe la condición de celebridad.
martes, 30 de abril de 2019
Más que Cine
Cierto cine norteamericano está basado en el derroche. No se
aprovechan al máximo elementos emocionantes. No es necesaria una plaga; basta
con una situación y una sola cucaracha. Recuerdo esa película en la que Jim
Carrey obtiene los poderes de Dios. De por sí, el mero hecho de encontrarse con
Dios, de un diálogo con él, ya es
suficiente. ¿Qué haría Jean Cocteau con esta idea? En la misma película, por
la mañana y por la noche, el protagonista escucha dentro de su cabeza todos los
rezos, todas las súplicas a él dirigidas; ¿no es eso suficiente? Pienso en
Funes el Memorioso de Borges o en Mulholland Drive de David Lynch… Creo que destacar este
aspecto es importante (Otros títulos: Face/off, Constantine, Misión Imposible) porque representa un modo de
vida típico estadounidense. Su cine lo exportan y lo venden tan fácil e
irresponsablemente como su estilo de vida ideal, y cuando uno conserva la
intención de crear, se debe proteger de los imaginarios que estos productos
generan y engendran. ¿Cómo definir lo emocionante? ¿La acción? ¿El heroísmo?
viernes, 26 de abril de 2019
Creampie
Este abril fue un mes de
escritura y vida. Si debiera decir de qué trató lo resumiría en un nombre (que
contiene muchos otros nombres): Fernando Pessoa. Su facilidad y estilo para aceptar
las múltiples voces que lo habitan, y desarrollarlas como posibilidades de
expresión, me invita a aceptar las que están dentro de mí. Esto me llevó a escribir
mucho y publicar nada. También reflexioné: mi búsqueda actual es pararme con
mejor postura, procurar ser justo, aprovechar mi tiempo (y todas las divagaciones acerca de lo que
es “aprovechar” el tiempo me llevan a una idea mayor: vivir la vida). También, surgió la pregunta: acaso, de tantos condones usados, ¿no me habré
acostumbrado a ser infecundo? En eso ha consistido el futuro: que el placer sea cada vez más inconsecuente. Mi obra, de modo contrario, sobre todo las canciones y los cuentos,
es la semilla con la que pretendo ser fecundo, preñar a la sociedad que habito. Debo habituarme a las consecuencias.
miércoles, 20 de marzo de 2019
Al Maestro
Tal vez la felicidad, más que un
episodio, sea una cotidianidad o un modo de vida. Hoy lo pienso porque sé que fui un afortunado al haber
compartido cotidianidades con el maestro Gildardo Lotero. Las voces siguen
siendo a pesar de quedarse sin cuerpo: la memoria se vale de una misteriosa
acústica, de una física que nos resulta oscura, no porque sea malvada sino
porque es indómita, aterradora y atractiva. La memoria, como una cotidianidad,
será ahora la encargada de unirnos. Me hará falta: diré que recuerdo como
diálogos de un sueño cada uno de nuestros encuentros, que lo veo mirarme, corregirme, recomendarme a Paul Auster, compadecerse de mí, reír conmigo… y de mí. Hoy vuelvo a este documento, Discurso sobre el Estilo, de Georges-
Louis Leclerc conde de Buffón, el primero que nos dio a leer, el primero que
leí durante la carrera. Recordarlo es recordar amistades; avivar el fuego de
mis diecisiete años; volver a sentir que falta mucho para cumplir 23 y, no sin ingenuidad, poder entonces
decir “crecí”. Él fue una luz temprana para este muchacho miope; él será una
estrella que brilla y sin estar ahí.
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