La mente es otra voz del cuerpo. Un cuerpo sin mente, es de
cierta forma artificial. Una mente sin cuerpo, no existe.
lunes, 6 de enero de 2020
jueves, 26 de diciembre de 2019
Abejorros
Pienso en el cuerpo de los animales, de los insectos; es obra de su
día a día, y su día a día, como el de muchas especies, consiste en salir a
buscar su comida. Esta búsqueda les implica relacionarse con la naturaleza, con
las estaciones, con las cortezas, las texturas vegetales, e incluso, con la
fuerza de otros seres. El hombre en algún momento también tuvo que vérselas día
a día con la naturaleza. Experimentar el rigor y la incertidumbre. Hoy, este
encuentro con la naturaleza es cada vez más esporádico, velado y limitado. Ya
tenemos es que vérnosla día a día, jornada tras jornada, con otros humanos, con
los productos de su ingenio: computadores, celulares, calles, carros,
publicidades, noticias. A lo sumo, una pasajera lluvia, un calor insoportable o
un sismo, nos recuerda que hay algo más allá, algo más absoluto que esa
superficie humana.
Pienso en mí. Si tuviera que salir por la comida, relacionarme otra
vez con los árboles o las raíces, mi cuerpo sería distinto. Más fuerte. Los
perros domesticados suelen engordarse, volverse perezosos, demandantes. Veo
desde mi ventana a los abejorros: ahí están, zumbando, escarbando en flores,
acostumbrados a lo salvaje, viviendo gozosamente de lo perecedero, y me
inspiran.
lunes, 23 de diciembre de 2019
¿Qué lenguaje, por definición, no es inclusivo?
Entre la vasta diversidad, y la
aún más vasta manera de clasificar esa diversidad, hay dos tipos de personas:
las que estudian el lenguaje y las que quieren cambiarlo de acuerdo a su
incomprensión del mismo, impulsadas (el femenino "...adas" corresponde al sujeto "las personas") por su ignorancia y sus caprichos. Me referiré particularmente a la expresión "todes", tan usada actualmente. Plural impreciso e indefinido: la primera vez que lo escuché fue en
boca de una niña no sé de dónde, que era grabada por su madre con orgullo. Según
los promotores de la idea, se debe decir “todes” porque si decimos “todos” o “todas”
estamos excluyendo a quienes no se consideran ni “hombres” ni “mujeres”. La teoría es atractiva
pero no deja de ser un producto de la ignorancia, de la más atrevida y
totalitaria ignorancia. Es preocupante que estos impulsos revolucionaros sean
llevados a cabo por personas que no han estudiado el complejísimo y elaborado
sistema que es la lengua castellana. Al decir "todos" (dos de sus significados son: “Indica la totalidad de los miembros del conjunto
denotado por el sintagma nominal al que modifica” y “Entero o en su totalidad. Usado
modificando a sintagmas nominales definidos en singular con nombres contables”),
de manera práctica, podríamos decir que tácitamente, estamos refiriéndonos a
todos los seres humanos. Al decir "todas", en este mismo sentido estaríamos
refiriéndonos tácitamente a todas las personas. El pretender que “todes” puede
reemplazar o unificar el todos y el todas es arriesgado. Propone una situación
ambigua, poco consciente, simplista. ¿Todes les o las o los qué? ¿A qué se
refiere ese sufijo?
El lenguaje
es aliado de la justicia, la esperanza, la dignidad humana, la bondad. Si no es inclusivo, no puede
ser lenguaje. El lenguaje está ahí para unirnos: somos los nosotros, los seres
humanos, quienes lo usamos para separarnos.
jueves, 19 de diciembre de 2019
Elucubración: adictivos pajazos mentales.
Creo que la realidad virtual ocupará un gran puesto en nuestras
democracias. Creo que volveremos a guardarnos en nuestras casas para
conectarnos a esa realidad virtual, valiéndonos de un avatar, para lograr
experimentar lo que en sociedad nos estará velado y prohibido. Más allá de
experiencias eróticas (las cuales ocuparán gran parte del tiempo y de la
inversión) creo que esta dimensión será algo más que ocio y divertimiento. Será
un modo de vida sobre el cual se establecerán los sistemas políticos y
económicos.
La “realidad”, esa que llamamos “vida real”, estará minada por leyes, y
movernos será cada vez más riesgoso: fácilmente podríamos ser culpables de un
crimen menor, de un abuso, de un derroche en contra del medio ambiente. Creo
que la alternativa, el escape, será entonces esa realidad virtual, la cual se hará
costumbre y hábito por la condición adictiva de las fantasías.
El panorama, más allá de que sea bueno, malo, comprensible o caótico,
me horroriza. Y no por lo que será, sino por aquello que desde hace años ha
venido pasando, tal vez porque desde hace tiempos estamos cimentando esa cueva, y andamos encaminados hacia ese
futuro que no sé por qué me parece tan cercano y tan posible.
Para ilustrar esta idea, limito mi pensamiento (como es usual) al ámbito musical; a la
industria de la música y al acto musical.
La música como acto, como fenómeno acústico llegó a mí por medio de la
fiesta y la familia. Las guitarras, los requintos, las sillas haciendo de
tambores me excitaron a un punto jamás concebido. Luego, la experimenté en conciertos, en la
calle, en los buses.
La música como parte de una industria, como un fenómeno “virtual”, llegó en mayor medida y, además, de una manera muy íntima (por no decir solipsista) mediante videoclips, programas radiales, cd’s, cassettes.
La música como parte de una industria, como un fenómeno “virtual”, llegó en mayor medida y, además, de una manera muy íntima (por no decir solipsista) mediante videoclips, programas radiales, cd’s, cassettes.
En 1997 creé un hábito: encerrarme en mi cuarto a fantasear que
cantaba rap. La locación era el colegio. En el 2001 me di cuenta que ya iba
siendo hora de pasar de la fantasía a la acción, pero la realidad me atropelló (las
clases eran a las 7 de la mañana los sábados, cobraban mucho, el profesor nada
más enseñaba “clásicos” y bambucos que no me envolvían) y abandoné la idea.
“Desde casa puedo aprender y hacer mucho” – pensé.
“Desde casa puedo aprender y hacer mucho” – pensé.
La fantasía siguió proporcionándome más satisfacciones que “la
realidad”. El hábito se perpetuó aún cuando tenía agrupación, y ya no era solo
en mi cuarto. Fantaseaba mientras miraba por la ventana del bus, imaginándome que cantaba frente a ciertos públicos (los
objetivos eran líquidos, frecuentemente mujeres, distintas mujeres u hombres
admirables como Jack Nicholson o quién sabe cuántos más). El fenómeno “virtual” se hizo permanente, interrumpido por las
breves apariciones del fenómeno acústico. La música de los cd’s era mi favorita:
en vivo ese rock n’ roll no se escuchaba tan bien.
Este hábito me permitió escapar de mi falta de aptitudes y fue
paliativo ante mi tedio y mi incapacidad de congeniar con mujeres de mi edad. La
casa fue mi escenario imaginario: el teatro de mi soledad hasta donde llegaron
diversos ecos de artistas de distintas épocas, los cuales terminaron por convertirse en
una forma de mi voz. Queen, Nirvana, The Doors, y un afortunado etcétera.
Hoy en día, la industria ya abarcó el fenómeno acústico. Una cosa es
proporcionar todo para que Gardel pueda ir a cantar a Nueva York; otra es que
Post Malone cante sobre la pista (la cual incluye hasta su voz). No me destino
a hablar de purezas o de qué es mejor o peor. Si no de lo que yo quiero para
mí. Me encanta, por ejemplo, el modo como la llamada música electrónica
proporciona diversas herramientas y cómo se ha ido elevando hasta convertirse
en lo que es hoy. Lo que me duele es que las élites de la música abandonen de
una manera tan campante el acto musical en vivo (teniendo con qué pagarle a los
intérpretes) y simplemente se dispongan a prestar su semblante. Me ofende que
sean más celebrities que músicos; me alegra cuando se dan excepciones: Amy,
Billie Eilish, Juanes, Bruno Mars.
Lo problemático es cuando creemos que la música es únicamente eso que
sale por una bocina, por un parlante, y perdemos de escucha la realidad sonora
que habitamos. Fue lo que más me enamoró de Cartagena y de Santa Marta:
escuchar los vallenatos a la orilla del mar. Esa música al aire libre es tal
vez lo que debiéramos rescatar, patrocinar, promover.
En este sentido, me duele pensar en la fase última de The Beatles. Comprendo que hayan querido dejar de tocar… ¡pero cuánta dicha habrían proporcionado! Esas canciones que nunca tocaron conservan un halo de boceto, de promesa no cumplida. ¡Qué especial, qué potente, qué real suena a nuestros oídos esa “Don’t let me down” del rooftop!
En este sentido, me duele pensar en la fase última de The Beatles. Comprendo que hayan querido dejar de tocar… ¡pero cuánta dicha habrían proporcionado! Esas canciones que nunca tocaron conservan un halo de boceto, de promesa no cumplida. ¡Qué especial, qué potente, qué real suena a nuestros oídos esa “Don’t let me down” del rooftop!
El hecho por el cual me pregunto esto es, sin duda alguna, por los
pánicos que he venido sufriendo desde hace años. Lo que pasa en la vida real lo
contrasto con lo que pasa en los medios, en “esa virtualidad”. Ya con los
Smartphones la vida real es cada vez más invadida por esa vida virtual.
Instagram, WhatsApp, Facebook. Amores platónicos, musas de neón. Me pregunto si de cierta manera esto congestionó
mi mente, la enfermó; así como hay gente intolerante a la lactosa, supongo que
pueden existir intolerancias a ciertas herramientas de comunicación. El
sustrato de mis pánicos es aquella época en la que dejé de salir a jugar y a
“parchar”, y simplemente me encerré a evocar irrealidades, y a pajearme... sobretodo
mentalmente.
Claramente, visto así, los problemas no son los CD’s o esa realidad
virtual futura, sino el modo como se pueden llegar a usar: las evasiones, el
hecho de no afrontarse… y esto puede ser riesgoso, y hay que aprender a usar los objetos.
Los comerciantes nos llenaron de cosas: no es labor del pensante definir si son
cosas buenas o malas, porque, lógicamente, las cosas no son buenas o malas de
por sí. El uso que se les da define ese valor, pero, ojo, no hay que ser
ingenuos: hay cosas, herramientas, grilletes, que fueron diseñadas
para ser usadas de cierta manera. Esa manera no debiera ser impuesta. Esa
manera debiera ser solo otra alternativa.
Esta elucubración atiende a la pluralidad. Es un llamado, una invitación, sobre todo a
los más jóvenes y solitarios, a tomar riesgos, a que no
dejemos que pongan tan fácilmente aparatos en nuestras manos y bolsillos. Es
también una petición – un íntimo recordatorio — de que nos conservemos más imaginativos
que fantasiosos: no creamos que ese multiverso creado a punta de productos
culturales constituye una dimensión más digna o mejor que la realidad que día a
día debemos afrontar. No escapemos, así “Colombia”, su población, los gustos servidos
y sembrados por los medios, nos hagan dar ganas de escapar a cada rato.
martes, 26 de noviembre de 2019
Paro
Siempre he sido muy lento para
entender y muy apresurado para sacar conclusiones. Eso es un fenómeno
particularmente nocivo cuando se trata de comprender un fenómeno como el Paro
Nacional que se estableció el 21 de noviembre y que hoy, al parecer, no se
levantará pronto. Esto más que una opinión es un intento de comprensión, tal
vez escuálido e impreciso, de este fenómeno.
Las cosas en Colombia no están
bien. Eso no es algo del actual gobierno (y quiero decir actual gobierno en vez
de nuevo gobierno, porque quienes nos gobiernan cambian de presidentes y
alcaldes como cambiando de máscara). Es una situación que se ha perpetuado durante décadas, ya siglos: una economía trastabillante encargada de atender los
intereses de otros países, militarmente fuertes; una población empobrecida; una élite cada vez más decidida a conservar sus privilegios a costa del
bienestar de muchos otros; corrupción, payola, etcétera. En fin: los
colombianos ya no tenemos temor de Dios
y esta particularidad, en vez de convertirnos en un país libre y liberado, nos
convirtió en una nación que ya no le tiene miedo a robar, ni a matar, ni a
herir, ni a mentir poniendo la mano sobre la Biblia. Y hay que tener en cuenta
que si uno no comete ningún crimen debe ser más por amor al prójimo y a sí
mismo, que por temor a Dios. No estábamos preparados para ser buenos cuando
nadie nos ve y, en parte, esta violencia, creo, es resultado de la angustia que genera la
libertad de pensamiento de nuestra era, libertad con la que no hemos sabido
lidiar. Ahora bien, en lo concreto, este disgusto generalizado se ha mantenido.
Durante el mandato de Uribe ni siquiera se podía considerar un descontento o un
paro como el que se está dando ahora. Al menos ahora la población puede reclamar.
Hace semanas en Chile, debido al incremento del pasaje del bus, la población se
levantó. “No más”, dijeron, y se lanzaron hastiados, ya molestos, debido a este
detonante. Hicieron pedir perdón a su presidente, quien es de políticas de
derecha. Luego, en Bolivia, debido a la sospecha de fraude en las elecciones
presidenciales, la población salió a las calles a protestar e hicieron que Evo
Morales, presidente de políticas de izquierda que gobernó durante catorce años (seis más que
Uribe), decidiera renunciar. Los colombianos sentimos que la protesta era un
método efectivo. Pero acá no hubo un detonante como el incremento del pasaje
del bus o el fraude electoral. Hubo muchos motivos que se vinieron mezclando, volviéndose
colada espesa, hasta el punto de convertirse en detonante. La semana antes del Paro
se denunció que en un bombardeo del ejército contra una de las disidencias de
la “extinta” guerrilla habían caído ocho niños (y se sospecha que al final fueron
dieciocho); esto se volvió polémica
pero no alcanzó a ser un detonante (a mi modo de ver, detonantes para una revolución hay a diario en Colombia: muertes, robos, maltrato...). Se programó entonces un paro para el
jueves 21 pero algunos grupos empezaron desde el 20; se exigían diferentes
acciones; se marchaba por diversos motivos.
En general fue así: unos protestaban
por el mal funcionamiento de las EPS (sin precisarse cuál exactamente), otros
por la corrupción (la corrupción como algo general y no como algo concreto y
abstracto – tal cual es), otros por la impunidad que cobija a los bancos.
También se marchó por la desigualdad, por la ineptitud de la que acusan al congreso.
Unos exigían que se cumplieran los acuerdos de Paz; otros, la renuncia del
presidente electo aunque, a la vez, defendieron la constitución cuando el alcalde
de Medellín propuso una asamblea nacional constituyente por miedo a que Uribe fuera a aprovechar. Las marchas, por lo
general, fueron pacíficas, amables, sentidas. Pero, ¿qué era lo que pedían? ¿A
quién se debía escuchar primero? ¿Qué era lo que se suponía tendrían que hacer
las autoridades? ¿Debía el presidente renunciar? ¿Si renunciaba pasaría a la historia como un hombre que escuchó a su pueblo? y luego, ¿qué? ¿A quién se elige? ¿De dónde se sacaría el presupuesto para las próximas
elecciones? ¿A dónde íbamos con esto? ¿Cuál era la respuesta ideal esperada? La
marcha por sí misma, me parece, es esa respuesta ideal esperada: demostrar que
aún hay unión, que no desconocemos el mal del otro, que somos todavía, en
tiempos de fatal y tóxico individualismo, una nación, con nuestros símbolos,
nuestros dolores, nuestras alegrías.
Luego de esta
primera agitación, en una de las marchas posteriores a ese gran encuentro del
21 de noviembre, un miembro del esmad hirió de muerte a un joven de 17 años con
un arma no convencional, la cual está prohibida por el Derecho Internacional Humanitario.
Esto “ya sí” es un detonante, un detonante que habían demostrado necesitar varios tuiteros diciendo al anunciar falsamente que en tal protesta había muerto tal joven
(puras mentiras y exageraciones producto de la ansiedad de tener la razón, de la urgencia de justificar un prejuicio apasionado). El problema ahora es que
el desmonte del esmad parece ser el motivo por el cual se marcha; pero no. Hay muchas
otras causas que, según lo vi en las marchas del 21, deben ser prioritarias. La
represión no es solo policial. Es cotidiana, entre conciudadanos.
Y es que (...ya empiezo a divagar...) ¿el país son
las leyes con que nos gobiernan? ¿El modo como el presidente decida mandar? ¿El
país es el presidente? Las preguntas que me surgen son esas. ¿Qué se busca
concretamente con el paro? ¿Qué se debe atender primero? ¿Por qué esperamos a
que reaccionaran nuestros vecinos para hacerlo nosotros? Creemos que nos hemos
vuelto resistentes al dolor, al propio y al ajeno, que somos fuertes, pero no;
somos insensibles. A las nuevas generaciones les horroriza el modo en que los
mayores vivimos. Nos sentimos solos, decaídos, avergonzados. Un triunfo
deportivo, o el éxito de tal representante del país, nos entusiasman cada vez menos.
Hay dolores incrustados en nuestro inconsciente colectivo, rabias, duelos,
incomprensiones que debemos atender. Este país (por influjo de los represivos medios, los cuales
son magistrales representantes de la más brutal, cruda y cruel corrupción) vive
de polémicas. Se atiende la polémica mas no la noticia. Se alimenta el ánimo de
polémicas, mas no de sutiles y constantes injusticias, las cuales son, a todo
plazo, las que más nos afectan. Y esta es una clara evidencia de cómo y cuán
torpemente tiendo a sacar conclusiones.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Solo estar
De todas las expresiones enigmáticas de Cerati, la
que más frecuentemente me aborda y me deja pensando es una que canta en la canción
“Vivo” de su álbum “Siempre es hoy”; esta expresión es: “entender que solo
estar es más puro”. Si tan frecuentemente me aborda y me deja pensando es porque
me gustaría saber a qué se refiere, es decir, si a “solamente estar” o a “estar
solo”. Esto en parte tiene que ver con algo que ya mencioné en otro momento de
este blog; precisamente en esta entrada: http://elbailarinsinson.blogspot.com/2012/08/algunos-entienden-y-comparten-este.html.
Pero si esta expresión me atrae sobre tantas otras de
Cerati, que me encantan y me cuestionan, no es únicamente por motivos
gramaticales o semánticos. Más allá de esta naturaleza, la idea se abre, a mi modo de ver, en dos ramificaciones igual de sugerentes. Si el “solo estar” hace referencia a “estar solo”
puede implicar pureza, pero sabemos también que el diablo frecuenta soledades. Si, de otra manera, el “solo estar”
significa “solamente estar”, creo que nos veremos relacionados con la idea de la
meditación, con la sustancia del decrecimiento económico, con la esencia de la
paciencia y la contemplación. Me gusta entenderlo así porque podemos solamente
estar cuando nos recostamos en el vientre de la mujer amada, pensando en nada, soñando despiertos. O también cuando vamos en el bus y la
vida entera se nos resume a una elucubración espumosa y agradable. Solamente
estar es más puro porque somos los ojos con los que el Universo se mira a sí
mismo, porque nuestras almas al flotar
son las nubes más brillantes…
domingo, 27 de octubre de 2019
Un motivo vivo y, tal vez, pasajero
Decidí comprar un Cd.
Mientras pagaba sentí culpa. La colección crece más allá de mis capacidades de
almacenamiento. Pero no solo por eso: sentí que ese acto, el de comprar un Cd,
era un hábito adolescente, un gusto de cuando recién estaba empezando a
conformar los muros de mi propia caverna. Esa colección, junto con la
biblioteca, es algo privado que comparto con mis amigos. Productos comerciales
que son ornamentos de mi soledad, para mi soledad. “¿No se supone que
ahorrarías para viajar, para salir, para bajar del público al escenario?”, me
dije mientras me lo empacaban. Llegué a la casa y escuché dos o tres canciones.
Apagué el equipo. Sentí que ya no tengo tiempo para quedarme horas y horas escuchando
música. Tampoco ganas. Los días pasaron. Luego, en un trance mientras surfeaba
las toneladas de información de Instagram y Tinder me observé: ahora en mi
soledad también “trabajo”, también consumo “productos comerciales”. “No es que
no tenga tiempo – me dije —, es que ya no lo cuido. No es que ya no tenga ganas
de quedarme a solas escuchando música horas y horas, es que ahora estoy en las
profundidades de la distracción. Regalo mi atención a una plataforma que se
lucra de ella, cayendo así en la trampa de creer que existo en la medida en que
soy visto. Que no me pierdo de nada si sé en qué andan los demás”. En ese instante
tuve otra certeza: sí, puede que aún compre música a manera de hábito
perpetuado desde mi adolescencia, pero no solo es un acto justo y honrado
(porque la música no se hace ni se graba ni se distribuye gratis), es una forma
inconsciente de decirme a mí mismo que tal vez debiera desconectarme y no andar
pegado al celular todo el día. Que internet nos está matando. Que las compañías
celan nuestros ratos a solas. Sí: comprar Cd’s, o vinilos, es un acto romántico
con el que busco perpetuar viva una industria herida, y no depender de la
conexión a internet ni de mis datos móviles para escuchar música, para hacer
íntimo y entero el viaje que nos proponen los artistas en cada disco.
martes, 24 de septiembre de 2019
Astenofobia
Varias celebridades recientemente han aceptado padecer de diversos trastornos relacionados con la
ansiedad. Todos enuncian sus comunicados a manera de confesiones y advierten
que no es un problema de locos, que es necesario meditar, hacer ejercicio y, cómo
no, ir a donde un psiquiatra que los medique. Yo los contradigo y considero que
simplemente son muñecos de las corporaciones, gente inculta que no mide el
poder de los consejos que publicitan
en sus redes, y lo creo así porque he seguido recientes debates y publicaciones
que demuestran que tratar la ansiedad con medicamentos es formar adictos,
condenar, encubrir el problema y suprimir el síntoma. La ansiedad desaparece,
sí, pero su causa, no siempre; o mejor, muy pocas veces.
La psiquiatría está ideada para solucionar problemas relacionados con
la fisiología del cerebro, más que para atender a urgencias psicológicas y
emocionales. No es de escépticos decir que la medicación no sirve. El panorama
propuesto por estas celebridades es de claro adoctrinamiento: “no sufras:
obedece. Rígete por la nueva moral: pastillas, gimnasio, respira azul – exhala café,
cero azúcar, libre de gluten, gas el cigarrillo”. Creo que la ansiedad no
compromete tanto a quien la padece sino a la sociedad de la cual ese individuo
hace parte: ¿por qué cada día es mayor la ansiedad? ¿Qué relación tiene con los
hábitos de consumo… con la tecnología, la cual más que abrir un abanico de
posibilidades se termina imponiendo como la única opción? Hay conveniencia, oportunismo y un morbo
profesional por asignar nombres de patologías a condiciones emocionales que
podrían considerarse normales dentro de un ambiente como en el que ahora sobrevivimos. El hecho de que cada
bimestre miles de psicólogos obtengan su diploma, nos condena como sociedad a
que cada tanto tiempo esos profesionales
deberán justificar su profesionalismo
nombrando los procesos mentales de sus pacientes: sano, cuerdo, borderline,
bipolar, esquizoide, etc. También resulta ser así con los ingenieros y los
arquitectos, lo cual pareciera comprometer las pocas zonas verdes que le quedan
a la ciudad.
Me apasiona este tema y me siento en condiciones de opinar porque he
padecido ataques de pánico desde los catorce años, y múltiples episodios de
ansiedad generalizada desde mucho antes. Aún así (a pesar de), mediante estas
condiciones he logrado desarrollar mi vida, mis talentos, mis afectos, mi
sensibilidad. A los 21 quise tomar pastillas pero mi mamá me salvó al hacerme
reconsiderar la idea. Finalmente, presentí el coágulo, esa fobia a desmayarme,
a desvanecerme, otra vez, tal y como me había pasado ya dos veces antes. Ese
temor y la vergüenza posterior, el ser llamado “macho débil”, sentirme culpable
de no ser capaz, es el nudo estrecho en mi alma, en mi mente, en mi memoria. Rayar
tratando de darle un contorno a mi presentimiento me permitió acariciar el
dolor ignorado, la basura oculta debajo del tapete de la costumbre. Luego
empecé terapia psicoanalítica. De palabra en palabra, el coágulo se ha venido
diluyendo. Descubrí que de niño no entendía media palabra de las que me decían
(ni de las que repetía, ni de las del dogma); comprendí que seguí como se sigue
sin querer y que jamás comprendí nada de lo que memoricé. Ese proseguir aún sin
entender me generó un hastío que, sospecho, puede
llegar a estar relacionado de manera inconsciente con los dos
desvanecimientos que me generaron el trauma, la fobia, ese miedo a desmayarme. Tal
hastío, a su vez, me acercó a vivir una vida sin sentido, a amar el absurdo porque
es zona de promesas, sitio de recreo, nirvana. Hoy en día las aguas internas están
turbias; en ellas están flotando gruesos sedimentos de mi adolescencia, la cual
viví de manera pasiva frente al televisor, alejado del sol bajo el cual jugué,
nadé, bailé, corrí, soñé, cuando era más niño.
Si yo fuera una de esas celebridades no sembraría más ideales, ni
fáciles esperanzas. Solo abriría la pregunta: ¿Cuál es el mito que vives?, y
dejaría que cada quien se alargara íntimamente en su respuesta.
miércoles, 21 de agosto de 2019
Clase de Seis
Durante años me he acostado después de las doce de la
noche. Muchas veces sentí al reloj de la casa dar las
cuatro; sobre todo el año pasado, mientras grabábamos y mezclábamos los discos “Grietas” (https://www.youtube.com/watch?v=W_lJnDGlbQo&t=218s) y “Valeria Morning” (https://www.youtube.com/watch?v=86ZryoeHA4o&t=65s). A lo largo de este tiempo, aproximadamente siete años, siempre estuvo en mis planes acomodar mis jornadas a
horarios más diurnos, pero fue una decisión que nunca llegué a tomar ni efectuar.
Ahora pasa que, durante cuatro meses, deberé dictar una clase en el horario de las seis de la mañana.
Ya va uno.
Los
primeros días se me hizo fácil, pero luego el cuerpo me empezó a reclamar. Los
días que debía madrugar a las cinco de la mañana no dejaba de sentir hambre;
comer no me satisfacía. El insomnio llegó y vi toda la transición de domingo a lunes, y
eso que los lunes no debo madrugar: la clase más temprana de aquellos días es a
las diez de la mañana. Sí: simplemente me obligué a dormirme antes de las doce
y en vez de tranquilizarme, pararme, venirme al estudio desde donde escribo
esto, leer, prender el celular, tocar bajo, ver porno, me dediqué a pensar y a
pensar, a sobar y sobar las plumas, el cuerpo de ese insomnio que yo
mismo alimenté. Y es que está la tendencia a llamar insomnio a toda falta de
sueño, a toda demora en el quedarse dormido, a toda interrupción, a todo
estremecimiento nocturno. Y como es de prever, caí en el juego: no enunciaré
los extremos a los que llegaron mis reflexiones, mis extremas, rebuscadas,
lúcidas reflexiones. Con los días, hallé que hay diversos tipos de
insomnio, que este insomnio no es ninguno previo, que las causas
pueden variar, que una noche de insomnio, comparada con
las noches de borrachera, no se sienten tan horribles. Descubrí
que la situación de estos días es más una cuestión de ritmo temporal, de armonía cíclica, de disciplinarme y
procurar despertarme, comer y dormir, todos los días, a una misma hora.
Pero mi resignación no incluye la aceptación. Algo sí diré acerca de todo el parloteo de aquellas esperas ansiosas por el sol y el descanso de la mente.
Las clases de seis son
síntoma también de una sociedad aún bucólica, aún moralista. “En el campo” las
cinco de la mañana ya es tarde; pero también es tarde las ocho de la
noche. ¿Ser capaz de madrugar, de cumplir aún sin dormir nos hace, me hace “verraquito”?
¿Qué objetivo tiene serlo? Creo que es inhumano con la materia que se dicta a
esta hora porque sea como sea es un blablablá que el alumno no alcanza a
aprovechar muy bien. El fenómeno de la clase de seis, en sí, es más interesante
que muchos temas que se dictan en ese horario. Me atrevo a creer, como ya lo
dije, que es por un espíritu social aferrado a las condiciones del campo, de la
granja. ¿Por qué no empezamos las jornadas a las nueve? ¿Por qué trabajamos
tanto? ¿Somos eficientes o estamos acostumbrados a ser lentos y lerdos debido a
que, la mayoría (y basta haber tenido twitter, o Facebook en algún momento para comprobarlo), no
podemos con la somnolencia y la pesadumbre, producto sombrío de un horario? La madrugada es una delicia: inspira. Pero hay que reconocerse:
¿soy capaz de formarme rutinas que me permitan disfrutar de ella sin sentir que
estoy ebrio de insomnio, mareado de tanta gana de apoyar cabeza y dormir?
Sea como sea, es parte de la vida. Una experiencia humana. La consecuencia de no podernos olvidar de nosotros mismos, como nos lo dice Borges.
viernes, 16 de agosto de 2019
Los lados
Discutía una vez con una amiga acerca de las clases sociales
y las malas condiciones laborales. Nuestros puntos de vista se bifurcaron, se
opusieron, cuando ella me manifestó que la existencia de los malos trabajos era
cuestión de políticas públicas, de administraciones. Que la izquierda (término que no logré
clarificar en ningún momento de nuestra charla) nunca permitiría malas
condiciones laborales. Mi mente se llenó de ejemplos con los cuales contradecir
su punto pero pasó que cruzábamos por una acera sobre la cual se extendía un
gran vómito multicolor que parecía estarnos gritando. Era una mancha viscosa,
casi burbujeante que alguien había dejado allí. Yo sentí que el mismo vómito,
que esta experiencia visual, era más potente que cualquier experiencia verbal,
y le pregunté qué hacer con este tipo de situaciones, cómo afrontarlas, desde
esa izquierda que ella promocionaba.
Se quedó mirándome y luego habló.
- La izquierda desarrollaría robots para
limpiarlos.
Su respuesta produjo en mí real sorpresa. Era una buena
respuesta. A mí me bastó. Pero luego ella continuó.
- Mentiras — advirtió — la izquierda no permitiría que unas máquinas reemplazaran a las
personas. Luego de los limpiadores, serían a los celadores, a los mensajeros, y
hasta a los periodistas a los que nos reemplazarían. Creo que ese vómito debe
dejarse ahí… o no sé… que los estudiantes trabajen y sean los encargados de ese tipo de cosas.
Se quedó callada pero sin dejar de pensar.
- La derecha
si es una cosa muy brava — declaró — nos enferma y luego no se
responsabiliza de nada.
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