lunes, 6 de enero de 2020

La extensión de un breve pensamiento.


La mente es otra voz del cuerpo. Un cuerpo sin mente, es de cierta forma artificial. Una mente sin cuerpo, no existe.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Abejorros


Pienso en el cuerpo de los animales, de los insectos; es obra de su día a día, y su día a día, como el de muchas especies, consiste en salir a buscar su comida. Esta búsqueda les implica relacionarse con la naturaleza, con las estaciones, con las cortezas, las texturas vegetales, e incluso, con la fuerza de otros seres. El hombre en algún momento también tuvo que vérselas día a día con la naturaleza. Experimentar el rigor y la incertidumbre. Hoy, este encuentro con la naturaleza es cada vez más esporádico, velado y limitado. Ya tenemos es que vérnosla día a día, jornada tras jornada, con otros humanos, con los productos de su ingenio: computadores, celulares, calles, carros, publicidades, noticias. A lo sumo, una pasajera lluvia, un calor insoportable o un sismo, nos recuerda que hay algo más allá, algo más absoluto que esa superficie humana.
Pienso en mí. Si tuviera que salir por la comida, relacionarme otra vez con los árboles o las raíces, mi cuerpo sería distinto. Más fuerte. Los perros domesticados suelen engordarse, volverse perezosos, demandantes. Veo desde mi ventana a los abejorros: ahí están, zumbando, escarbando en flores, acostumbrados a lo salvaje, viviendo gozosamente de lo perecedero, y me inspiran.  

lunes, 23 de diciembre de 2019

¿Qué lenguaje, por definición, no es inclusivo?



Entre la vasta diversidad, y la aún más vasta manera de clasificar esa diversidad, hay dos tipos de personas: las que estudian el lenguaje y las que quieren cambiarlo de acuerdo a su incomprensión del mismo, impulsadas (el femenino "...adas" corresponde al sujeto "las personas") por su ignorancia y sus caprichos. Me referiré particularmente a la expresión "todes", tan usada actualmente. Plural impreciso e indefinido: la primera vez que lo escuché fue en boca de una niña no sé de dónde, que era grabada por su madre con orgullo. Según los promotores de la idea, se debe decir “todes” porque si decimos “todos” o “todas” estamos excluyendo a quienes no se consideran ni “hombres” ni “mujeres”. La teoría es atractiva pero no deja de ser un producto de la ignorancia, de la más atrevida y totalitaria ignorancia. Es preocupante que estos impulsos revolucionaros sean llevados a cabo por personas que no han estudiado el complejísimo y elaborado sistema que es la lengua castellana. Al decir "todos" (dos de sus significados son: “Indica la totalidad de los miembros del conjunto denotado por el sintagma nominal al que modifica” y “Entero o en su totalidad. Usado modificando a sintagmas nominales definidos en singular con nombres contables”), de manera práctica, podríamos decir que tácitamente, estamos refiriéndonos a todos los seres humanos. Al decir "todas", en este mismo sentido estaríamos refiriéndonos tácitamente a todas las personas. El pretender que “todes” puede reemplazar o unificar el todos y el todas es arriesgado. Propone una situación ambigua, poco consciente, simplista. ¿Todes les o las o los qué? ¿A qué se refiere ese sufijo? 
El lenguaje es aliado de la justicia, la esperanza, la dignidad humana, la bondad. Si no es inclusivo, no puede ser lenguaje. El lenguaje está ahí para unirnos: somos los nosotros, los seres humanos, quienes lo usamos para separarnos.



jueves, 19 de diciembre de 2019

Elucubración: adictivos pajazos mentales.


Hace mucho tiempo, a Natalia París le preguntaron por sus gustos musicales. Ella respondió que le gustaba la música de los CD’s. Hoy, tratando de asimilar algunos ensayos de Walter Benjamin y un artículo del Huffingtonpost titulado “La fantasía es una droga”, comprendo mejor que siempre esa frase, esa respuesta de Natalia, la cual en su momento me causó risa y fue motivo de burlas.

Creo que la realidad virtual ocupará un gran puesto en nuestras democracias. Creo que volveremos a guardarnos en nuestras casas para conectarnos a esa realidad virtual, valiéndonos de un avatar, para lograr experimentar lo que en sociedad nos estará velado y prohibido. Más allá de experiencias eróticas (las cuales ocuparán gran parte del tiempo y de la inversión) creo que esta dimensión será algo más que ocio y divertimiento. Será un modo de vida sobre el cual se establecerán los sistemas políticos y económicos.
La “realidad”, esa que llamamos “vida real”, estará minada por leyes, y movernos será cada vez más riesgoso: fácilmente podríamos ser culpables de un crimen menor, de un abuso, de un derroche en contra del medio ambiente. Creo que la alternativa, el escape, será entonces esa realidad virtual, la cual se hará costumbre y hábito por la condición adictiva de las fantasías.

El panorama, más allá de que sea bueno, malo, comprensible o caótico, me horroriza. Y no por lo que será, sino por aquello que desde hace años ha venido pasando, tal vez porque desde hace tiempos estamos cimentando esa cueva, y andamos encaminados hacia ese futuro que no sé por qué me parece tan cercano y tan posible.

Para ilustrar esta idea, limito mi pensamiento (como es usual) al ámbito musical; a la industria de la música y al acto musical.

La música como acto, como fenómeno acústico llegó a mí por medio de la fiesta y la familia. Las guitarras, los requintos, las sillas haciendo de tambores me excitaron a un punto jamás concebido. Luego, la experimenté en conciertos, en la calle, en los buses.
La música como parte de una industria, como un fenómeno “virtual”, llegó en mayor medida y, además, de una manera muy íntima (por no decir solipsista) mediante videoclips, programas radiales,  cd’s, cassettes.

En 1997 creé un hábito: encerrarme en mi cuarto a fantasear que cantaba rap. La locación era el colegio. En el 2001 me di cuenta que ya iba siendo hora de pasar de la fantasía a la acción, pero la realidad me atropelló (las clases eran a las 7 de la mañana los sábados, cobraban mucho, el profesor nada más enseñaba “clásicos” y bambucos que no me envolvían) y abandoné la idea.
“Desde casa puedo aprender y hacer mucho” – pensé.
La fantasía siguió proporcionándome más satisfacciones que “la realidad”. El hábito se perpetuó aún cuando tenía agrupación, y ya no era solo en mi cuarto. Fantaseaba mientras miraba por la ventana del bus, imaginándome que cantaba frente a ciertos públicos (los objetivos eran líquidos, frecuentemente mujeres, distintas mujeres u hombres admirables como Jack Nicholson o quién sabe cuántos más). El fenómeno “virtual” se hizo permanente, interrumpido por las breves apariciones del fenómeno acústico. La música de los cd’s era mi favorita: en vivo ese rock n’ roll no se escuchaba tan bien.

Este hábito me permitió escapar de mi falta de aptitudes y fue paliativo ante mi tedio y mi incapacidad de congeniar con mujeres de mi edad. La casa fue mi escenario imaginario: el teatro de mi soledad hasta donde llegaron diversos ecos de artistas de distintas épocas, los cuales terminaron por convertirse en una forma de mi voz. Queen, Nirvana, The Doors, y un afortunado etcétera.

Hoy en día, la industria ya abarcó el fenómeno acústico. Una cosa es proporcionar todo para que Gardel pueda ir a cantar a Nueva York; otra es que Post Malone cante sobre la pista (la cual incluye hasta su voz). No me destino a hablar de purezas o de qué es mejor o peor. Si no de lo que yo quiero para mí. Me encanta, por ejemplo, el modo como la llamada música electrónica proporciona diversas herramientas y cómo se ha ido elevando hasta convertirse en lo que es hoy. Lo que me duele es que las élites de la música abandonen de una manera tan campante el acto musical en vivo (teniendo con qué pagarle a los intérpretes) y simplemente se dispongan a prestar su semblante. Me ofende que sean más celebrities que músicos; me alegra cuando se dan excepciones: Amy, Billie Eilish, Juanes, Bruno Mars.

Lo problemático es cuando creemos que la música es únicamente eso que sale por una bocina, por un parlante, y perdemos de escucha la realidad sonora que habitamos. Fue lo que más me enamoró de Cartagena y de Santa Marta: escuchar los vallenatos a la orilla del mar. Esa música al aire libre es tal vez lo que debiéramos rescatar, patrocinar, promover.
En este sentido, me duele pensar en la fase última de The Beatles. Comprendo que hayan querido dejar de tocar… ¡pero cuánta dicha habrían proporcionado! Esas canciones que nunca tocaron conservan un halo de boceto, de promesa no cumplida. ¡Qué especial, qué potente, qué real suena a nuestros oídos esa “Don’t let me down” del rooftop!

El hecho por el cual me pregunto esto es, sin duda alguna, por los pánicos que he venido sufriendo desde hace años. Lo que pasa en la vida real lo contrasto con lo que pasa en los medios, en “esa virtualidad”. Ya con los Smartphones la vida real es cada vez más invadida por esa vida virtual. Instagram, WhatsApp, Facebook. Amores platónicos, musas de neón. Me pregunto si de cierta manera esto congestionó mi mente, la enfermó; así como hay gente intolerante a la lactosa, supongo que pueden existir intolerancias a ciertas herramientas de comunicación. El sustrato de mis pánicos es aquella época en la que dejé de salir a jugar y a “parchar”, y simplemente me encerré a evocar irrealidades, y a pajearme... sobretodo mentalmente.

Claramente, visto así, los problemas no son los CD’s o esa realidad virtual futura, sino el modo como se pueden llegar a usar: las evasiones, el hecho de no afrontarse… y esto puede ser riesgoso, y hay que aprender a usar los objetos. Los comerciantes nos llenaron de cosas: no es labor del pensante definir si son cosas buenas o malas, porque, lógicamente, las cosas no son buenas o malas de por sí. El uso que se les da define ese valor, pero, ojo, no hay que ser ingenuos: hay cosas, herramientas, grilletes, que fueron diseñadas para ser usadas de cierta manera. Esa manera no debiera ser impuesta. Esa manera debiera ser solo otra alternativa.

Esta elucubración atiende a la pluralidad. Es un llamado, una invitación, sobre todo a los más jóvenes y solitarios, a tomar riesgos, a que no dejemos que pongan tan fácilmente aparatos en nuestras manos y bolsillos. Es también una petición – un íntimo recordatorio — de que nos conservemos más imaginativos que fantasiosos: no creamos que ese multiverso creado a punta de productos culturales constituye una dimensión más digna o mejor que la realidad que día a día debemos afrontar. No escapemos, así “Colombia”, su población, los gustos servidos y sembrados por los medios, nos hagan dar ganas de escapar a cada rato.

martes, 26 de noviembre de 2019

Paro



Siempre he sido muy lento para entender y muy apresurado para sacar conclusiones. Eso es un fenómeno particularmente nocivo cuando se trata de comprender un fenómeno como el Paro Nacional que se estableció el 21 de noviembre y que hoy, al parecer, no se levantará pronto. Esto más que una opinión es un intento de comprensión, tal vez escuálido e impreciso, de este fenómeno. 

Las cosas en Colombia no están bien. Eso no es algo del actual gobierno (y quiero decir actual gobierno en vez de nuevo gobierno, porque quienes nos gobiernan cambian de presidentes y alcaldes como cambiando de máscara). Es una situación que se ha perpetuado durante décadas, ya siglos: una economía trastabillante encargada de atender los intereses de otros países, militarmente fuertes; una población empobrecida; una élite cada vez más decidida a conservar sus privilegios a costa del bienestar de muchos otros; corrupción, payola, etcétera. En fin: los colombianos ya no tenemos temor de Dios y esta particularidad, en vez de convertirnos en un país libre y liberado, nos convirtió en una nación que ya no le tiene miedo a robar, ni a matar, ni a herir, ni a mentir poniendo la mano sobre la Biblia. Y hay que tener en cuenta que si uno no comete ningún crimen debe ser más por amor al prójimo y a sí mismo, que por temor a Dios. No estábamos preparados para ser buenos cuando nadie nos ve y, en parte, esta violencia, creo, es resultado de la angustia que genera la libertad de pensamiento de nuestra era, libertad con la que no hemos sabido lidiar. Ahora bien, en lo concreto, este disgusto generalizado se ha mantenido. Durante el mandato de Uribe ni siquiera se podía considerar un descontento o un paro como el que se está dando ahora. Al menos ahora la población puede reclamar. 

Hace semanas en Chile, debido al incremento del pasaje del bus, la población se levantó. “No más”, dijeron, y se lanzaron hastiados, ya molestos, debido a este detonante. Hicieron pedir perdón a su presidente, quien es de políticas de derecha. Luego, en Bolivia, debido a la sospecha de fraude en las elecciones presidenciales, la población salió a las calles a protestar e hicieron que Evo Morales, presidente de políticas de izquierda que gobernó durante catorce años (seis más que Uribe), decidiera renunciar. Los colombianos sentimos que la protesta era un método efectivo. Pero acá no hubo un detonante como el incremento del pasaje del bus o el fraude electoral. Hubo muchos motivos que se vinieron mezclando, volviéndose colada espesa, hasta el punto de convertirse en detonante. La semana antes del Paro se denunció que en un bombardeo del ejército contra una de las disidencias de la “extinta” guerrilla habían caído ocho niños (y se sospecha que al final fueron dieciocho); esto se volvió polémica pero no alcanzó a ser un detonante (a mi modo de ver, detonantes para una revolución hay a diario en Colombia: muertes, robos, maltrato...). Se programó entonces un paro para el jueves 21 pero algunos grupos empezaron desde el 20; se exigían diferentes acciones; se marchaba por diversos motivos. 
En general fue así: unos protestaban por el mal funcionamiento de las EPS (sin precisarse cuál exactamente), otros por la corrupción (la corrupción como algo general y no como algo concreto y abstracto – tal cual es), otros por la impunidad que cobija a los bancos. También se marchó por la desigualdad, por la ineptitud de la que acusan al congreso. Unos exigían que se cumplieran los acuerdos de Paz; otros, la renuncia del presidente electo aunque, a la vez, defendieron la constitución cuando el alcalde de Medellín propuso una asamblea nacional constituyente por miedo a que Uribe fuera a aprovechar. Las marchas, por lo general, fueron pacíficas, amables, sentidas. Pero, ¿qué era lo que pedían? ¿A quién se debía escuchar primero? ¿Qué era lo que se suponía tendrían que hacer las autoridades? ¿Debía el presidente renunciar? ¿Si renunciaba pasaría a la historia como un hombre que escuchó a su pueblo? y luego, ¿qué? ¿A quién se elige? ¿De dónde se sacaría el presupuesto para las próximas elecciones? ¿A dónde íbamos con esto? ¿Cuál era la respuesta ideal esperada? La marcha por sí misma, me parece, es esa respuesta ideal esperada: demostrar que aún hay unión, que no desconocemos el mal del otro, que somos todavía, en tiempos de fatal y tóxico individualismo, una nación, con nuestros símbolos, nuestros dolores, nuestras alegrías. 

Luego de esta primera agitación, en una de las marchas posteriores a ese gran encuentro del 21 de noviembre, un miembro del esmad hirió de muerte a un joven de 17 años con un arma no convencional, la cual está prohibida por el Derecho Internacional Humanitario. Esto “ya sí” es un detonante, un detonante que habían demostrado necesitar varios tuiteros diciendo al anunciar falsamente que en tal protesta había muerto tal joven (puras mentiras y exageraciones producto de la ansiedad de tener la razón, de la urgencia de justificar un prejuicio apasionado). El problema ahora es que el desmonte del esmad parece ser el motivo por el cual se marcha; pero no. Hay muchas otras causas que, según lo vi en las marchas del 21, deben ser prioritarias. La represión no es solo policial. Es cotidiana, entre conciudadanos. 
Y es que (...ya empiezo a divagar...) ¿el país son las leyes con que nos gobiernan? ¿El modo como el presidente decida mandar? ¿El país es el presidente? Las preguntas que me surgen son esas. ¿Qué se busca concretamente con el paro? ¿Qué se debe atender primero? ¿Por qué esperamos a que reaccionaran nuestros vecinos para hacerlo nosotros? Creemos que nos hemos vuelto resistentes al dolor, al propio y al ajeno, que somos fuertes, pero no; somos insensibles. A las nuevas generaciones les horroriza el modo en que los mayores vivimos. Nos sentimos solos, decaídos, avergonzados. Un triunfo deportivo, o el éxito de tal representante del país, nos entusiasman cada vez menos. Hay dolores incrustados en nuestro inconsciente colectivo, rabias, duelos, incomprensiones que debemos atender. Este país (por influjo de los represivos medios, los cuales son magistrales representantes de la más brutal, cruda y cruel corrupción) vive de polémicas. Se atiende la polémica mas no la noticia. Se alimenta el ánimo de polémicas, mas no de sutiles y constantes injusticias, las cuales son, a todo plazo, las que más nos afectan. Y esta es una clara evidencia de cómo y cuán torpemente tiendo a sacar conclusiones.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Solo estar


De todas las expresiones enigmáticas de Cerati, la que más frecuentemente me aborda y me deja pensando es una que canta en la canción “Vivo” de su álbum “Siempre es hoy”; esta expresión es: “entender que solo estar es más puro”. Si tan frecuentemente me aborda y me deja pensando es porque me gustaría saber a qué se refiere, es decir, si a “solamente estar” o a “estar solo”. Esto en parte tiene que ver con algo que ya mencioné en otro momento de este blog; precisamente en esta entrada:  http://elbailarinsinson.blogspot.com/2012/08/algunos-entienden-y-comparten-este.html.
Pero si esta expresión me atrae sobre tantas otras de Cerati, que me encantan y me cuestionan, no es únicamente por motivos gramaticales o semánticos. Más allá de esta naturaleza, la idea se abre, a mi modo de ver, en dos ramificaciones igual de sugerentes. Si el “solo estar” hace referencia a “estar solo” puede implicar pureza, pero sabemos también que el diablo frecuenta soledades. Si, de otra manera, el “solo estar” significa “solamente estar”, creo que nos veremos relacionados con la idea de la meditación, con la sustancia del decrecimiento económico, con la esencia de la paciencia y la contemplación. Me gusta entenderlo así porque podemos solamente estar cuando nos recostamos en el vientre de la mujer amada, pensando en nada, soñando despiertos. O también cuando vamos en el bus y la vida entera se nos resume a una elucubración espumosa y agradable. Solamente estar es más puro porque somos los ojos con los que el Universo se mira a sí mismo, porque nuestras almas al flotar son las nubes más brillantes…

domingo, 27 de octubre de 2019

Un motivo vivo y, tal vez, pasajero


Decidí comprar un Cd. Mientras pagaba sentí culpa. La colección crece más allá de mis capacidades de almacenamiento. Pero no solo por eso: sentí que ese acto, el de comprar un Cd, era un hábito adolescente, un gusto de cuando recién estaba empezando a conformar los muros de mi propia caverna. Esa colección, junto con la biblioteca, es algo privado que comparto con mis amigos. Productos comerciales que son ornamentos de mi soledad, para mi soledad. “¿No se supone que ahorrarías para viajar, para salir, para bajar del público al escenario?”, me dije mientras me lo empacaban. Llegué a la casa y escuché dos o tres canciones. Apagué el equipo. Sentí que ya no tengo tiempo para quedarme horas y horas escuchando música. Tampoco ganas. Los días pasaron. Luego, en un trance mientras surfeaba las toneladas de información de Instagram y Tinder me observé: ahora en mi soledad también “trabajo”, también consumo “productos comerciales”. “No es que no tenga tiempo – me dije —, es que ya no lo cuido. No es que ya no tenga ganas de quedarme a solas escuchando música horas y horas, es que ahora estoy en las profundidades de la distracción. Regalo mi atención a una plataforma que se lucra de ella, cayendo así en la trampa de creer que existo en la medida en que soy visto. Que no me pierdo de nada si sé en qué andan los demás”. En ese instante tuve otra certeza: sí, puede que aún compre música a manera de hábito perpetuado desde mi adolescencia, pero no solo es un acto justo y honrado (porque la música no se hace ni se graba ni se distribuye gratis), es una forma inconsciente de decirme a mí mismo que tal vez debiera desconectarme y no andar pegado al celular todo el día. Que internet nos está matando. Que las compañías celan nuestros ratos a solas. Sí: comprar Cd’s, o vinilos, es un acto romántico con el que busco perpetuar viva una industria herida, y no depender de la conexión a internet ni de mis datos móviles para escuchar música, para hacer íntimo y entero el viaje que nos proponen los artistas en cada disco.

martes, 24 de septiembre de 2019

Astenofobia



Varias celebridades recientemente han aceptado padecer de diversos trastornos relacionados con la ansiedad. Todos enuncian sus comunicados a manera de confesiones y advierten que no es un problema de locos, que es necesario meditar, hacer ejercicio y, cómo no, ir a donde un psiquiatra que los medique. Yo los contradigo y considero que simplemente son muñecos de las corporaciones, gente inculta que no mide el poder de los consejos que publicitan en sus redes, y lo creo así porque he seguido recientes debates y publicaciones que demuestran que tratar la ansiedad con medicamentos es formar adictos, condenar, encubrir el problema y suprimir el síntoma. La ansiedad desaparece, sí, pero su causa, no siempre; o mejor, muy pocas veces.

La psiquiatría está ideada para solucionar problemas relacionados con la fisiología del cerebro, más que para atender a urgencias psicológicas y emocionales. No es de escépticos decir que la medicación no sirve. El panorama propuesto por estas celebridades es de claro adoctrinamiento: “no sufras: obedece. Rígete por la nueva moral: pastillas, gimnasio, respira azul – exhala café, cero azúcar, libre de gluten, gas el cigarrillo”. Creo que la ansiedad no compromete tanto a quien la padece sino a la sociedad de la cual ese individuo hace parte: ¿por qué cada día es mayor la ansiedad? ¿Qué relación tiene con los hábitos de consumo… con la tecnología, la cual más que abrir un abanico de posibilidades se termina imponiendo como la única opción?  Hay conveniencia, oportunismo y un morbo profesional por asignar nombres de patologías a condiciones emocionales que podrían considerarse normales dentro de un ambiente como en el que ahora sobrevivimos. El hecho de que cada bimestre miles de psicólogos obtengan su diploma, nos condena como sociedad a que cada tanto tiempo esos profesionales deberán justificar su profesionalismo nombrando los procesos mentales de sus pacientes: sano, cuerdo, borderline, bipolar, esquizoide, etc. También resulta ser así con los ingenieros y los arquitectos, lo cual pareciera comprometer las pocas zonas verdes que le quedan a la ciudad.

Me apasiona este tema y me siento en condiciones de opinar porque he padecido ataques de pánico desde los catorce años, y múltiples episodios de ansiedad generalizada desde mucho antes. Aún así (a pesar de), mediante estas condiciones he logrado desarrollar mi vida, mis talentos, mis afectos, mi sensibilidad. A los 21 quise tomar pastillas pero mi mamá me salvó al hacerme reconsiderar la idea. Finalmente, presentí el coágulo, esa fobia a desmayarme, a desvanecerme, otra vez, tal y como me había pasado ya dos veces antes. Ese temor y la vergüenza posterior, el ser llamado “macho débil”, sentirme culpable de no ser capaz, es el nudo estrecho en mi alma, en mi mente, en mi memoria. Rayar tratando de darle un contorno a mi presentimiento me permitió acariciar el dolor ignorado, la basura oculta debajo del tapete de la costumbre. Luego empecé terapia psicoanalítica. De palabra en palabra, el coágulo se ha venido diluyendo. Descubrí que de niño no entendía media palabra de las que me decían (ni de las que repetía, ni de las del dogma); comprendí que seguí como se sigue sin querer y que jamás comprendí nada de lo que memoricé. Ese proseguir aún sin entender me generó un hastío que, sospecho, puede llegar a estar relacionado de manera inconsciente con los dos desvanecimientos que me generaron el trauma, la fobia, ese miedo a desmayarme. Tal hastío, a su vez, me acercó a vivir una vida sin sentido, a amar el absurdo porque es zona de promesas, sitio de recreo, nirvana. Hoy en día las aguas internas están turbias; en ellas están flotando gruesos sedimentos de mi adolescencia, la cual viví de manera pasiva frente al televisor, alejado del sol bajo el cual jugué, nadé, bailé, corrí, soñé, cuando era más niño.
Si yo fuera una de esas celebridades no sembraría más ideales, ni fáciles esperanzas. Solo abriría la pregunta: ¿Cuál es el mito que vives?, y dejaría que cada quien se alargara íntimamente en su respuesta.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Clase de Seis


Durante años me he acostado después de las doce de la noche. Muchas veces sentí al reloj de la casa dar las cuatro; sobre todo el año pasado, mientras grabábamos y mezclábamos los discos “Grietas” (https://www.youtube.com/watch?v=W_lJnDGlbQo&t=218s) y “Valeria Morning” (https://www.youtube.com/watch?v=86ZryoeHA4o&t=65s). A lo largo de este tiempo, aproximadamente siete años, siempre estuvo en mis planes acomodar mis jornadas a horarios más diurnos, pero fue una decisión que nunca llegué a tomar ni efectuar. 
Ahora pasa que, durante cuatro meses, deberé dictar una clase en el horario de las seis de la mañana. 
Ya va uno.
Los primeros días se me hizo fácil, pero luego el cuerpo me empezó a reclamar. Los días que debía madrugar a las cinco de la mañana no dejaba de sentir hambre; comer no me satisfacía. El insomnio llegó y vi toda la transición de domingo a lunes, y eso que los lunes no debo madrugar: la clase más temprana de aquellos días es a las diez de la mañana. Sí: simplemente me obligué a dormirme antes de las doce y en vez de tranquilizarme, pararme, venirme al estudio desde donde escribo esto, leer, prender el celular, tocar bajo, ver porno, me dediqué a pensar y a pensar, a sobar y sobar las plumas,  el cuerpo de ese insomnio que yo mismo alimenté. Y es que está la tendencia a llamar insomnio a toda falta de sueño, a toda demora en el quedarse dormido, a toda interrupción, a todo estremecimiento nocturno. Y como es de prever, caí en el juego: no enunciaré los extremos a los que llegaron mis reflexiones, mis extremas, rebuscadas, lúcidas reflexiones. Con los días, hallé que hay diversos tipos de insomnio, que este insomnio no es ninguno previo, que las causas pueden variar, que una noche de insomnio, comparada con las noches de borrachera, no se sienten tan horribles. Descubrí que la situación de estos días es más una cuestión de ritmo temporal, de armonía cíclica, de disciplinarme y procurar despertarme, comer y dormir, todos los días, a una misma hora.
Pero mi resignación no incluye la aceptación. Algo sí diré acerca de todo el parloteo de aquellas esperas ansiosas por el sol y el descanso de la mente.
Las clases de seis son síntoma también de una sociedad aún bucólica, aún moralista. “En el campo” las cinco de la mañana ya es tarde; pero también es tarde las ocho de la noche. ¿Ser capaz de madrugar, de cumplir aún sin dormir nos hace, me hace “verraquito”? ¿Qué objetivo tiene serlo? Creo que es inhumano con la materia que se dicta a esta hora porque sea como sea es un blablablá que el alumno no alcanza a aprovechar muy bien. El fenómeno de la clase de seis, en sí, es más interesante que muchos temas que se dictan en ese horario. Me atrevo a creer, como ya lo dije, que es por un espíritu social aferrado a las condiciones del campo, de la granja. ¿Por qué no empezamos las jornadas a las nueve? ¿Por qué trabajamos tanto? ¿Somos eficientes o estamos acostumbrados a ser lentos y lerdos debido a que, la mayoría (y basta haber tenido twitter, o Facebook en algún momento para comprobarlo), no podemos con la somnolencia y la pesadumbre, producto sombrío de un horario? La madrugada es una delicia: inspira. Pero hay que reconocerse: ¿soy capaz de formarme rutinas que me permitan disfrutar de ella sin sentir que estoy ebrio de insomnio, mareado de tanta gana de apoyar cabeza y dormir? 
Sea como sea, es parte de la vida. Una experiencia humana. La consecuencia de no podernos olvidar de nosotros mismos, como nos lo dice Borges.

viernes, 16 de agosto de 2019

Los lados


Discutía una vez con una amiga acerca de las clases sociales y las malas condiciones laborales. Nuestros puntos de vista se bifurcaron, se opusieron, cuando ella me manifestó que la existencia de los malos trabajos era cuestión de políticas públicas, de administraciones. Que la izquierda (término que no logré clarificar en ningún momento de nuestra charla) nunca permitiría malas condiciones laborales. Mi mente se llenó de ejemplos con los cuales contradecir su punto pero pasó que cruzábamos por una acera sobre la cual se extendía un gran vómito multicolor que parecía estarnos gritando. Era una mancha viscosa, casi burbujeante que alguien había dejado allí. Yo sentí que el mismo vómito, que esta experiencia visual, era más potente que cualquier experiencia verbal, y le pregunté qué hacer con este tipo de situaciones, cómo afrontarlas, desde esa izquierda que ella promocionaba. Se quedó mirándome y luego habló.

-        La izquierda desarrollaría robots para limpiarlos.

Su respuesta produjo en mí real sorpresa. Era una buena respuesta. A mí me bastó. Pero luego ella continuó.

-        Mentiras — advirtió — la izquierda no permitiría que unas máquinas reemplazaran a las personas. Luego de los limpiadores, serían a los celadores, a los mensajeros, y hasta a los periodistas a los que nos reemplazarían. Creo que ese vómito debe dejarse ahí… o no sé… que los estudiantes trabajen y sean los encargados de ese tipo de cosas.

Se quedó callada pero sin dejar de pensar.

-        La derecha si es una cosa muy brava — declaró — nos enferma y luego no se responsabiliza de nada.