Mi primer encuentro con la muerte fue cuando tenía trece años. El 29 de diciembre de 2001. En la tarde. A eso de las cuatro. Regalito, el perro amado de mi tía Luz Marina, amaneció enfermo. Mi hermano y yo la acompañamos a la veterinaria, pero ella debía cuidar a mi abuelita, encargarse de ella. Por eso nos quedamos solo nosotros, prometiéndole que estaríamos muy atentos y que ante cualquier emergencia la llamaríamos. Durante algunas horas, vimos cómo el perrito se recuperaba lenta y pesadamente. El color de su glande pasó de blanco a un débil rosa, y sus ojos fueron adquiriendo brillo y negrura. Todo esto era síntoma de mejoría. En la tarde, mi tía fue a visitarlo. El animalito no aguantó la emoción y murió en sus brazos. Yo lo vi desde el marco de la ventana: vi una nube inflarse en la profundidad de su mirada, dentro de sus pupilas. Vi su glande volver a quedar pálido. Vi la blanca apariencia que a veces tiene la muerte, similar a un apagarse, a un desteñirse. Vi el decaimiento volverse primero inmovilidad y luego rigidez. Yendo y viniendo, agarrándome la cabeza, vi el llanto de los mayores, la frustración del doctor, un triste rayo de sol. No sé por qué lo recuerdo hoy. La idea llegó hace diez minutos, mientras me bañaba. Creo que desde entonces tenía guardada esta tristeza. Quizá el agua tibia y el olor del jabón alcanzaron el coágulo, y lo diluyeron. O al menos este poquito.
viernes, 12 de julio de 2019
Regalito
Mi primer encuentro con la muerte fue cuando tenía trece años. El 29 de diciembre de 2001. En la tarde. A eso de las cuatro. Regalito, el perro amado de mi tía Luz Marina, amaneció enfermo. Mi hermano y yo la acompañamos a la veterinaria, pero ella debía cuidar a mi abuelita, encargarse de ella. Por eso nos quedamos solo nosotros, prometiéndole que estaríamos muy atentos y que ante cualquier emergencia la llamaríamos. Durante algunas horas, vimos cómo el perrito se recuperaba lenta y pesadamente. El color de su glande pasó de blanco a un débil rosa, y sus ojos fueron adquiriendo brillo y negrura. Todo esto era síntoma de mejoría. En la tarde, mi tía fue a visitarlo. El animalito no aguantó la emoción y murió en sus brazos. Yo lo vi desde el marco de la ventana: vi una nube inflarse en la profundidad de su mirada, dentro de sus pupilas. Vi su glande volver a quedar pálido. Vi la blanca apariencia que a veces tiene la muerte, similar a un apagarse, a un desteñirse. Vi el decaimiento volverse primero inmovilidad y luego rigidez. Yendo y viniendo, agarrándome la cabeza, vi el llanto de los mayores, la frustración del doctor, un triste rayo de sol. No sé por qué lo recuerdo hoy. La idea llegó hace diez minutos, mientras me bañaba. Creo que desde entonces tenía guardada esta tristeza. Quizá el agua tibia y el olor del jabón alcanzaron el coágulo, y lo diluyeron. O al menos este poquito.
jueves, 20 de junio de 2019
Con cierta paz.
Hace meses, me cifré en una discusión con un ser querido. El motivo:
un malentendido. ¿Con respecto a qué? Con respecto a la ley Anticorrupción. Su
postura era la siguiente: no estaba de acuerdo con la ley. A mí me pareció
inconcebible. ¿Cómo no estar de acuerdo ante una ley anticorrupción? ¡Cómo no! Ahora, mucho
después, comprendo.
Primero: se trata de una ley que protege a la ley misma. Eso
indica qué tipo de personas habitamos este país. Es un blindaje con rastros de
balas. Según el título oficial, se trata de “una ley que crea la ley de protección
y compensación al denunciante de actos de corrupción administrativa”. Esto me
lleva al segundo punto: los mecanismos y procedimientos de gobierno están, solo
que deben ser respetados y ese respeto debe ser asegurado. Una ley anticorrupción demuestra el fracaso de las
tres ramas del poder. Tercero: se somete la aprobación de la ley al voto de los
mandatarios, quienes por definición misma de sus cargos y sus poderes, son los
cuestionados por corrupción. Esto lleva a que el dinero invertido sea mal invertido.
Y ese el cuarto numeral de mi reflexión: esto es solo un costoso esfuerzo hecho
sin estrategia.
Así me abro a la divagación pensando en el planeta tierra, roca
esférica y achatada que gira alrededor de fuego. Pienso que uno de los retos
del siglo XXI será librarnos del derecho penal, de los procedimientos de los
abogados, de sus triquiñuelas y perversidades.
Anhelo con temor un nuevo salvajismo.
Los encargados de aprobar la ley
Anticorrupción son los mismos corruptos, los que han demostrado no saber
proceder sin anticipar sus intereses privados a los intereses públicos. Estado Islámico no surgió por cualquier cosita: la situación mundial
nos exige, más que siempre, afinar las fibras de nuestra humanidad, ser buenos
sin ostentación religiosa, bondadosos sin definir esa bondad en términos de
espiritualidad o moralidad. Humanos humanistas que respetemos al otro, que
admiremos al otro, que cuidemos al otro. Y a nosotros mismos.
martes, 28 de mayo de 2019
Desinteresadamente
Pienso...
La fiesta se perturba si ponemos en ella un interés más allá
de ella misma. Igual pasa con la música, con la lectura, con la creación… con
la vida misma... con este blog. Nada ulterior define las experiencias. Nada debiera hacerlo. Vivirlas,
entregándonos a los múltiples presentes que nos ofrecen, es más beneficioso, más
justo; con ellas, con nosotros.
Estamos acostumbrados a hacer las cosas con algún objetivo (calmarnos,
por ejemplo), pero, en este punto de mi vida, creo que el objetivo es la acción
misma: escribir para ser escuchado no es tan revelador como escribir y
descubrir en el acto, la brecha enorme que existe entre lo que pensamos tranquilamente y lo que somos
capaces de reproducir con palabras, oraciones, párrafos, versos o estrofas. La
fama suele ser la gran promesa, la gran esperanza: pero la admiración
de aquellos tocados por la obra propia es un billete falso si no se ha cultivado en uno el gusto por realizar
aquella labor a la cual se debe la condición de celebridad.
martes, 30 de abril de 2019
Más que Cine
Cierto cine norteamericano está basado en el derroche. No se
aprovechan al máximo elementos emocionantes. No es necesaria una plaga; basta
con una situación y una sola cucaracha. Recuerdo esa película en la que Jim
Carrey obtiene los poderes de Dios. De por sí, el mero hecho de encontrarse con
Dios, de un diálogo con él, ya es
suficiente. ¿Qué haría Jean Cocteau con esta idea? En la misma película, por
la mañana y por la noche, el protagonista escucha dentro de su cabeza todos los
rezos, todas las súplicas a él dirigidas; ¿no es eso suficiente? Pienso en
Funes el Memorioso de Borges o en Mulholland Drive de David Lynch… Creo que destacar este
aspecto es importante (Otros títulos: Face/off, Constantine, Misión Imposible) porque representa un modo de
vida típico estadounidense. Su cine lo exportan y lo venden tan fácil e
irresponsablemente como su estilo de vida ideal, y cuando uno conserva la
intención de crear, se debe proteger de los imaginarios que estos productos
generan y engendran. ¿Cómo definir lo emocionante? ¿La acción? ¿El heroísmo?
viernes, 26 de abril de 2019
Creampie
Este abril fue un mes de
escritura y vida. Si debiera decir de qué trató lo resumiría en un nombre (que
contiene muchos otros nombres): Fernando Pessoa. Su facilidad y estilo para aceptar
las múltiples voces que lo habitan, y desarrollarlas como posibilidades de
expresión, me invita a aceptar las que están dentro de mí. Esto me llevó a escribir
mucho y publicar nada. También reflexioné: mi búsqueda actual es pararme con
mejor postura, procurar ser justo, aprovechar mi tiempo (y todas las divagaciones acerca de lo que
es “aprovechar” el tiempo me llevan a una idea mayor: vivir la vida). También, surgió la pregunta: acaso, de tantos condones usados, ¿no me habré
acostumbrado a ser infecundo? En eso ha consistido el futuro: que el placer sea cada vez más inconsecuente. Mi obra, de modo contrario, sobre todo las canciones y los cuentos,
es la semilla con la que pretendo ser fecundo, preñar a la sociedad que habito. Debo habituarme a las consecuencias.
miércoles, 20 de marzo de 2019
Al Maestro
Tal vez la felicidad, más que un
episodio, sea una cotidianidad o un modo de vida. Hoy lo pienso porque sé que fui un afortunado al haber
compartido cotidianidades con el maestro Gildardo Lotero. Las voces siguen
siendo a pesar de quedarse sin cuerpo: la memoria se vale de una misteriosa
acústica, de una física que nos resulta oscura, no porque sea malvada sino
porque es indómita, aterradora y atractiva. La memoria, como una cotidianidad,
será ahora la encargada de unirnos. Me hará falta: diré que recuerdo como
diálogos de un sueño cada uno de nuestros encuentros, que lo veo mirarme, corregirme, recomendarme a Paul Auster, compadecerse de mí, reír conmigo… y de mí. Hoy vuelvo a este documento, Discurso sobre el Estilo, de Georges-
Louis Leclerc conde de Buffón, el primero que nos dio a leer, el primero que
leí durante la carrera. Recordarlo es recordar amistades; avivar el fuego de
mis diecisiete años; volver a sentir que falta mucho para cumplir 23 y, no sin ingenuidad, poder entonces
decir “crecí”. Él fue una luz temprana para este muchacho miope; él será una
estrella que brilla y sin estar ahí.
miércoles, 6 de febrero de 2019
Lo importante
Son individuos
interesados por ciertos fenómenos; no son un colectivo. Tampoco una logia o una
pandilla. Repito: son individuos interesados por ciertos fenómenos.
Circunscriben su trabajo, sus acciones, dentro del nombre Unloquer, pero eso no
es importante; tampoco lo es, definir cuándo surgieron o un interés principal
que los hermane. Así, no es necesario – ni tampoco importante - hablar de una
fecha de conformación o de un grupo conformado. Sin embargo, se podría hablar
de unas ochenta personas implicadas, pero los integrantes no son fijos y
enumerarlos o nombrarlos además de errático sería fútil. Es más importante – y
enriquecedor - observar cómo se organizan alrededor de un problema y entender
que si lo hacen, no es para solucionarlo sino para lograr un mejor
entendimiento del mismo a partir de la acción. Surge entonces un intento de
sumatoria, un llamado que alguno que otro integrante atiende, cada uno a su
momento, y se logra establecer un interés en torno al cual gravitarán aquellas
mentes durante quién sabe cuánto tiempo. Hay momentos de trabajo intenso que
cada quien asume a su propio ritmo, muy conscientes de que en cada interacción,
de que en cada acercamiento activo, hay una enorme posibilidad de aprendizaje.
El individuo se da cuenta entonces que no hay intermediarios, que no siempre es
fatal avanzar a oscuras, que en medio del desorden se aprende.
En algún momento,
uno de ellos me sugirió la noción de bandada de pájaros, o de un enjambre para
explicarme no su metodología sino su comportamiento. Esta metáfora me pareció
sucinta, tal vez demasiado escueta, pero es, en efecto, bastante precisa: son
un ágil grupo mutable cuyos miembros han venido definiendo espacios dónde
compartir la curiosidad y divertirse exigiéndole a la propia inteligencia.
Estos espacios son conceptos, problemáticas, obsesiones; no un lugar, ni una
oficina, ni un taller, ni una casa cultural. Unos se reúnen los martes, otros
los miércoles, otros los viernes, y hay quienes nunca lo hacen. Suelen moverse
dentro de una democracia, pero esta tampoco es permanente: en algunos momentos
es preciso que haya un dictador: el afán y la urgencia traen consigo la
dictadura.
Su método general
es el interés; el interés contemplativo y a la vez activo: este nace en el
individuo y luego, en un foro o vía mail, ese individuo lo comparte al
indeterminado resto. En esta manifestación, a veces ocurre la magia del
contagio: así se comprueba que era un coágulo, un abismo presente en otros. Aparecen
después las categorías del léxico, las palabras, los intentos de clasificación:
“esto es una problemática”, “esto, una solución”. Entre ambos términos, el
error, eso que tanto necesitan, eso que tanto nos enseña cuando se le aprecia,
cuando se le estudia, cuando se vuelve un interés en sí.
La acción directa
sobre ese asunto de interés devuelve la libertad a los individuos: o mejor,
renueva la libertad de las personas. Es hacer en vez de comprar;
activarse en vez de quejarse. No hay moralejas porque no se auguran buenos
resultados – ni siquiera resultados – pero sí un desarrollo de la conducta
desde el movimiento y la comprobación directa.
martes, 29 de enero de 2019
Ladrones todos
Mis padres me enseñaron que la
ocasión hace al ladrón. Imaginemos un almacén al que le han roto a pedradas el
cristal. La gente puede entrar y salir. En un momento, algunos osados entran y
sacan objetos de valor. Luego, cientos se suman. Al cabo del rato, son miles.
El dueño del almacén intenta poner otra barrera, otro cristal, pero los
ladrones empiezan a reclamar y derrumban todo. Incluso llaman “anticuado” al
dueño. “Ahora las cosas son así”, le dicen. Tal sucede con la industria de la
música. ¿En qué momento empezamos a regalar nuestro trabajo? Sí: soy ferviente
seguidor de romanticismos tipo “la música es de todos”, “la música es el pulso
del corazón popular”, “la música es un espíritu que llama a sus elegidos”. Creo
en eso, pero lamentablemente no somos tratados ni beneficiados como a los
sacerdotes, ni como a grandes industriales y ni siquiera como los cafeteros
inscritos en gremios. El músico, el creador, está solo. Y el robo se hizo costumbre
y se dejó de llamar robo; ahora es “un nuevo modelo”, pero no por generalizado ha
dejado de ser usurpación. Comprar discos es de fetichistas: ya está Spotify,
YouTube. El facilismo vuelve a ganar otro imposible.
Este escrito me lo inspira la
respuesta de una señora. Me dijo que no compraba CD’s ni Discos porque no era
consumista y no respaldaba el derroche. Bien… sería válido si no gastara TANTO
en bolsos, zapatos, ropa, prendas deportivas, gafas, accesorios, decoración
para el hogar, productos para el pelo (no me refiero a una higiene básica), bicicletas…
y un etcétera fácilmente evidenciable.
Ahora bien, tampoco soy ciego a
los avances. Pero hay que tener presente que la tecnología es una filosofía. Sí:
la tecnología es una filosofía. Y bien, su efecto en nosotros debe ser
asimilado con cuidado. ¿Qué ventaja hay en tener todo gratis? ¿Qué se fomenta?
Pagar por algo no siempre es una imposición o un gesto propio de un mundo en
ruinas: en absoluto. Poder pagar, sea como sea, por algo, por un producto, es
darle una continuidad a nuestra fuerza de trabajo: con determinado esfuerzo
hice tal tarea. Por realizar tal acción me pagaron un valor que la representa.
Parte de ese valor me permitirá obtener ciertos productos. Algunos me vendrán
gratis, pero otros, dado que corresponden a una acción esforzada de otros,
también merecen ser pagos. La justicia es la playa donde golpean las olas de la
lógica.
miércoles, 23 de enero de 2019
Una forma de vida
Vuelvo a ciertos episodios de
Duke Nukem, Doom y Age of Empires, y me estremezco. Estos, para mí, no fueron
meros videojuegos con los que me entretuve y que abandoné una vez superados los
obstáculos. No. Fueron mundos por los cuales divagué durante casi una década, y
por donde salí a caminar matando monstruos, presencias estridentes que me
dejaron de sorprender o asustar. Los jugué en todos los niveles de dificultad;
me dejé matar, y pasé mi injustificado tedio cometiendo absurdos dentro de
estas plataformas. Me sabía las claves de memoria; en las noches soñaba que
jugaba. Hoy, casi trece años después de la última vez que jugué alguno de estos
tres, me siento mal y evalúo por qué.
Tal vez sea debido a un ideal: en
este punto de mi vida quisiera haber tenido una niñez diferente. Haber actuado de un modo distinto. Pero en los
años más recientes mi comportamiento ha sido similar, lineal con respecto
aquellos tiempos: Facebook, Twitter, pornografía, Instagram, Musician'sFriend, BBC, ElColombiano, tonterías en YouTube... Por eso, no sería sensato “culparme” por no haber actuado de
un modo que aún hoy no soy capaz de adoptar. Sí: ahora me sentiría mejor
conmigo mismo si hubiera sido menos sedentario y más de salir a la calle; si en
vez de pasarme horas frente a la pantalla, hubiera seguido yendo a la Unidad
Deportiva de Belén a jugar basket con extraños y marihuaneros, tal y como lo
hice junto con mis primos y mi hermano hasta 1997. Sí: hubo épocas en que fui callejero,
inocente e indocumentado, pero son muy inferiores, tristemente inferiores, a la
cantidad de períodos en que me la pasé sumido en esa fantasía tenebrosa de
disparar a todo lo que se moviera, de caer de pie desde el piso décimo, de tirar bombas, de reventar grietas de la pared, de matar.
Me paseo ahora
por esos mundos y recuerdo que cuando jugaba, meditaba. Algunos pensamientos
vuelven: así siento de nuevo la televisión al fondo, el olor a comida, el
llamado de mi mamá. Sería injusto decir que pude o que debí haber sido distinto
si aún hoy no soy capaz de cambiar.
Pero, ¿para qué cambiar?
Profundizar en ese malestar, más
que satisfacción o paz, traerá respuestas: por ejemplo, ¿por qué todos los héroes y
personajes con los cuales de niño yo soñaba, eran jóvenes evasivos que vivían en
una van, dentro de un espeso bosque, sin televisión, ni teléfono, ni cuentas
por pagar; sin hijos, ni biblioteca, ni miedo; creyentes del diálogo que no querían ser héroes?
Sigo rumiando...
viernes, 28 de diciembre de 2018
¿Compro luego existo?
Una tarde me quedé mirando los peces del edificio de Suramericana. Les
estaban cambiando el agua y los tenían reducidos a unos cuantos metros cúbicos.
Los vi quedarse quietos, apenas aleteando, ahorrativos. Pensé que cuando me
acerco a fin de mes, me comporto de un modo parecido. No me muevo casi. Me
guardo. Apenas respiro. Divagué
entonces. Mi ambiente vital no es más el natural que el creado: ¿acaso soy lo
que pueda salir y gastar, compartir, invertir, invitar? Lo relacioné con la
escena final de Gravity. La película. Cuando ella, la astronauta logra
aterrizar, luego de haber estado muy cerca de morir por la falta de aire, y
nada de espaldas en una laguna llena de insectos, respirando agitada largas
bocanadas del ambiente natural, de ese ambiente en el que naturalmente somos,
hecho de oxígeno, rayo de sol que no es rayo dañino, agua y éter. Esa es la
verdadera textura de la existencia. Basta con estar y ser capaz de percibirlo.
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