Vanos jueces, creyéndose - quién sabe por qué- legitimadores, fingieron darme consejos: ecos de su terca mediocridad, estas máximas eran obtusas opiniones mediante las cuales insistían en denigrar; por ejemplo, llamando chisga al oficio del cantante a sueldo. Eran perezosos que no escatimaban en hacer el esfuercito de pararse de la cama o de su silla de gamer para acudir a su red social preferida y maltratar desde allí al industrioso. En el trato personal, jamás fueron amigos: si me hablaron fue para invadir mi carril: nunca se acercaron para mi bienestar: como un perro que monta a otro, con sus cuerpos debilitados en ridículos excesos consumistas, llamaron crítica constructiva al lixiviado de su envidia.
Para acabar de ajustar y calzar, luego supe que hablaban mal de mí sin acudir a los veraces motivos por los cuales podían fácilmente hacerlo, sino valiéndose de embustes. Una parte de mí los comprende: era el último cartucho de sus fallidos intentos por seducir a mis leales y preciosas amigas. Como una bola de nieve, hoy su anonimato no los respalda como creadores de culto libres de los loores cuestionables del mainstream y la industria: simplemente demuestra lo que fueron siempre: sombras desorientadas, niñez aún herida, meros idólatras sin genuina sensibilidad por la Música.
Vuelvo, luego de muchos años, y encuentro que sigues escribiendo, y que has publicado un libro. Te leo, en este texto en el que se siente la rabia, y en el texto de "Patico Pato Patricia", en el que le escribes a tu prima, en medio de nostalgia, de tristeza, y también de alegría por lo compartido. Agradezco mucho tus palabras. Un abrazo Juan Sebastián, y ánimo. Mucho ánimo.
ResponderEliminarUn gusto volvernos a encontrar, Carlos Mario. Te recuerdo con admiración y cariño. Gracias por leerme. Aproveché y también leí, con renovada alegría, tu blog. Si lo deseas puedes escribirme al mail de contacto y nos conversamos de un modo más frecuente. Un abrazo!
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