Pero, ¿de dónde llegan las flores, las mariposas y los pájaros que hay en el jardín? (...) El habitante de Laponia sabe que hallará a su reno en el otro mundo, y el samoyedo a su perro.
Gustav Theodor Fechner
Antecedentes del antecedente: Recuerdo mi infancia a través de los miedos. ¿Vivo aún bajo su efecto? ¿Se transformaron, se matizaron, se mezclaron, desaparecieron? Todavía me considero un analfabeta en interpretar y leer el código de mi mente, pero el pánico y el insomnio enseñan: también la sobria alegría y el saber reírse de sí mismo. La culpa, el pecado, el temor a los impulsos propios enferman el cuerpo, desangran el entendimiento: por este motivo los mandamientos, o las bienaventuranzas, o el noble camino óctuple, sirven más si se entienden no como leyes o recetas para hacerle frente al miedo de la "condenación perpetua de mi alma", sino como consejos, recomendaciones para vivir de un modo más cómodo, sano, creativo, riguroso y tranquilo en medio del caos que nos cruza y nos circunda. Hoy me asomo a mi pasado apoyándome en la ventana de la escritura y, al detallarlo a fuerza de recuerdos, lo veo como si se tratara del más intrincado laberinto, pero, a pesar de todo (este "pesar" viene de peso y de pesadumbre), soy consciente que nunca creí ni en el Cielo ni en el Infierno; sí, en el espíritu, en la vivencia de Dios.
Antecedente: Me encuentro leyendo la antología "Libro del cielo y del infierno" de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Me habría gustado llegar a esta lectura a mis trece años. El título indica con precisión la naturaleza de los textos que lo conforman. Sin intención de resumen más sí de síntesis, considero que lo impactante es que no en todas las culturas ni en todos los textos hay una pregunta por la muerte al referirse a las nociones de celestial o infernal.
Hecho que me inspira a escribir esta entrada: Estaba concentrado leyendo cuando vi una letra moverse. Similar a una parte diminuta de una t o de una f que se resbala, un pequeño insecto vagó por las páginas. Quise aplastarlo pero no fui capaz: la temática del libro me lo impedía. Bastaba con apoyar mi pulgar suavemente para darle muerte a este pequeñísimo ser. Pero, ¿cómo podría menospreciar su vida, su forma biológica, en medio de una lectura de Swedenborg? ¿A dónde van las criaturas? La pregunta infantil no tiene clara respuesta: ¿existen los estratos en el Cielo? ¿Las fronteras allí también son invisibles? Un movimiento y ese ser terminaría en su paraíso o en su infierno. Asesinarlo no era una opción.
La situación se alargó un par de minutos hasta que la errancia del insecto se trasladó a la mesa donde me encontraba leyendo. Impaciente, asustado ante su fragilidad y vulnerabilidad, decidí irme. Desde el Metro vi el cielo: me costó no sentirme igual de frágil y vulnerable. ¿Qué "mirada" está puesta sobre nosotros y no podemos sino ignorarla?
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