El siguiente texto versa sobre la masturbación, o mejor, en su profundidad, sobre buscar la calma mediante la agitación.
No es un chiste, así parezca.
Siento que haber crecido en un entorno académico católico me generó una antipatía por cierta moralidad, o de un modo más específico, una necesidad urgente de cuestionar toda clasificación entre el bien y el mal. Los sistemas religiosos, con sus mecanismos de control de la conciencia mediante la acción de la culpa, acallaron preguntas. De este modo, la religión más que una vía de liberación fue vía de opresión. En particular, el no hacer cifraba el mérito, sin abrir un portal posterior a la voluntad de hacer algo. Por ejemplo, de los diez mandamientos, ¿cuántos dicen "no hagas esto"? La mayoría. Luego, si no robo, ¿qué hago? si no miento o cometo adulterio, ¿qué puedo hacer? ¿Cuál es el opuesto activo? ¿Cómo asumir, desglosar la eventual pulsión?
La parálisis, la privación, parecía ser el medio y el fin en sí mismo.
Privarse hasta cuando no tengas ni ganas de privarte.
Y aunque crecí en un ambiente familiar y social en el que era claro que la puerta del apetito es la prohibición, y en el cual pude encontrar (y aún encuentro) sinfín de interlocutores con los cuales inteligir y reírnos de los métodos eclesiales y de poder sobre los cuerpos, es importante volver en uno, repetir la toma de conciencia, y lavar un poco más, porque creo que la psique no se sana inmediatamente. Creo que, similar a un apartamento, hay que estarla limpiando constantemente y repetir y repetir y repetir como cuando se barre o como cuando uno se estrega los dientes. Y sí: de esto han hablado muchos autores, pero es importante trabajarlo en uno, con alianzas pero sin atajos. De hecho, no hay atajos, y mucho menos retóricos.
Todo está en el cuerpo, así no parezca.
Esta aversión al dogma, manifiesto en oponerme a la privación, me llevó, entre tanto, a ser pajizo, por decirlo de un modo elocuente. Si en el catecismo decía que no, para mí era un futuro sí. Y nadie estaba para decirme lo contrario: una de mis primeras búsquedas en Google (suena extraño) fue acerca de este tema. Iba a bibliotecas e investigaba.
Había un nudo:
1. Masturbarme era descargarme, una especie de descompresión. Esto me significaba una liberación. Pero, ¿de qué? O sea, ¿qué me cargaba, me comprimía, me sometía? Imágenes, grupos de imágenes, complejos. La fantasía sexual no es solo genital: incluye prestigio, escenas, escenarios, objetos mágicos flotando alrededor.
Pero lo que impulsa (ojo: digo impulsa y no expulsa) es que recientemente descubrí que tal vez haya un escalón previo a la construcción o préstamo del complejo, que termina cargándome y comprimiéndome: la forma de significar el cuerpo de la mujer. Es un resumen burdo decirlo como lo diré pero igual ni tú ni yo tenemos tiempo: la manera como me enseñaron a desear, así como el contenido del deseo, es de por sí la carga, el peso, impuesto.
Volvamos a pensar en ti y en mí como Sísifos: en un mundo sin dioses, ¿quién nos arrojó tras la piedra en el eterno peñasco?
2. Masturbarme era ocupar mi pensamiento con fantasías eróticas. La construcción era tan rápida que parecía involuntaria. El procedimiento generaba disfrute, pero varias veces lograba sentirlo, profundamente, como una pérdida de tiempo. Entendía lo de turbación. Nombrarlo de otras formas no sirvió. Era una agitación de la cual recuperarme era complejo. Quedaba en trance, y no estoy hablando de unos minutos, sino de semanas e incluso meses en los que quedaba excitado por el accionar de un complejo de imágenes en mi efervescente mente. El malestar era general. Fiebre. Calentura. Energía contenida. Implosión. Chernóbil, y yo teniendo que ir a un colegio católico masculino a estudiar. Durante años pensé que el malestar era culpa, un cimiento del constructo católico en mi psique. Pero no, ya sé que no: siempre estoy educando, aleccionando, a ese que fui, pero ese que fui, desde la niñez me está enseñando en este momento de mi vida, más de lo que yo pude preveerlo. Esa expulsión era un desahogo, ¿y qué me estaba ahogando?
3. Masturbarme era quedarme sin los elementos con los cuales alquimizar mi realidad. Los adjetivos para la energía siempre son discursivos: digamos solamente energía y ya: nada de energía sexual. En mí tenía esa energía, que era energía de querer descubrir miles de cosas, energía de crear, energía de interactuar, energía de sanar, energía etcétera. Esa privación impuesta no solo es dañina sino que sabotea el logro de la contención por conocimiento. Sí: prescindir de algo no es lo mismo que desconocerlo. Un no que deje de abrir las puertas al futuro mediante un sí, es un no estéril. En este caso, más que privarse, es almacenar energía, semilla, capacidad de pensamiento, para alquimizar. ¿Qué quiero decir con alquimizar? Transformar, asimilar; transformarse, asimilarse. Tener un objetivo de vida, un propósito, una aspiración profunda, así sea en boceto, es clave.
La privación impuesta no me dejó comprender lo evidente y me confundió. Quizá la masturbación sí debilita el cerebro de algunas personas. Quizá, incluso, nos sumerge, inconscientemente, en una forma de reaccionar ante la abundancia y la riqueza. La masturbación excesiva es un derroche, un gasto hormiga. Las corporaciones del porno, camaleónicas, astutas, directas y miméticas, se benefician. Saber invertir no es solo cuestión de pesos, euros y dólares. El antojo porno suele ser más de pose que de conexión, así como la compra compulsiva no atiende ninguna primera necesidad, y el antojo de azúcar está lejos, pero lejos, de ser hambre.
Colofón:
El cuerpo es un creador natural, y debemos escucharlo porque tenemos mucho que aprender. No te entrometas en el diálogo ni dejes que el dogma del momento irrumpa: cállate, callales, y escúchate, contémplate.
Y para celebrar esta capacidad, quiero darle luz a algo que escribí seguramente intoxicado y que había abandonado en mi lista de borradores de Gmail, y que hace un momento encontré buscando las notas acerca de los temas referidos:
El vaho,
la venganza de los que en silencio se secan.
Fósiles en la cobija,
en un papel,
directo al agua,
y a veces a la basura.
Es curioso, simbólico,
El óleo más fino
¿Qué hacer con la semilla?
Hábito y alabanza,
me frena,
me resta,
la pornografía se sembró
y se quedó en mí como una esperanza:
de ahí la promiscuidad,
fuente de los mil perdones
que no pedí.