Desde niño, las imágenes brotan, espontánea e involuntariamente, en mi mente. A esas formaciones les llamo pensamientos. Sin ser palabra, son lenguaje. Mi relación con el dibujo está asentada en la necesidad de reproducir esos pensamientos fuera de mí para que los otros los vean, porque siento que son potentes, comunicativos, emocionantes. El intento fue casi siempre fallido, salvo por algunos dibujos con los que hice reír a unas cuantas personas. Esto me hizo buscar desesperadamente la escritura, la música, otros medios; por eso me expreso en pasado, sobre todo porque encontré un mecanismo, tal vez un método, al saber que podía solicitarle a mi hermano el favor de que los dibujara. Él, sin haber aprendido ninguna técnica, es capaz de reproducir con fuerza lo que mira y visualiza. De este diálogo surgió Cronux y, muchos años después, La Mirada de Apolo. Hoy, siendo un Sebas-profe de Artes, me pregunto por todo esto mientras me afeito, y, ciertamente, creo que lo que entorpeció mi capacidad representativa, y mi posterior volcamiento a otras maneras de exteriorización, fue la manera como solían exigirme que pintara, o sea, primero figurar con lápiz y luego colorear. Gran error. Terrible imposición. No siempre es útil, no siempre es necesario. No todo necesita un borrador, una pre-figuración. Un carboncillo ya es obra; hoy los músicos lo sabemos: el demo es ya de por sí la obra. Aplicar el color directamente funciona como ideología: en el colorear libre e inmediato se distribuyen ya los pesos, los aires, el gesto, la narración. Las obras de colorfield son una forma de sentir. Debajo del techo de madera de las técnicas colegiales podemos también resultar heridos: mis pensamientos no son figuras, sino sensaciones térmicas, cromáticas; son esencias, ambientes. De niño me frustré: quería pintar la bruma, ¿cómo se hace eso con lápiz? La bruma, no los pinos ni el frío: la bruma, su presencia, su descendimiento. ¿Acaso el lápiz puede marcarle un destino al color?
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