jueves, 25 de septiembre de 2025

Mirar sin querer entender

 


Hace muchísimos años, transmitieron -no recuerdo por cuál canal- una serie llamada Beast Wars. La manera como yo me acerqué a ella pude comprenderla luego de leer a John Berger y a Susan Sontag, muchísimos años después, o sea, hace poco. Recuerdo que el horario en el que la televisaban variaba constantemente, lo cual me impidió seguir su hilo argumentativo. Sin embargo, cada vez que lograba pescarla, me quedaba mirándola, así no entendiese nada. No sabía quién era el protagonista, o cual, el antagonista, pero sus formas, sus colores, el diseño de espacios y de sonido, todo me resultaba tan agradable a la vista, que, para disfrutarla, me bastaba ese ver sin mirar, esa atención apreciativa y desapegada de los relatos, de las historias que, en ese momento, dejaron de justificar la existencia de una caricatura. 

Recientemente leí algo de Lin Chi, algo más o menos así: "Mi labor, como maestro zen, es librarte de tus opiniones". Esta idea, esta ambición, me emocionó y me remontó a esas tardes, mañanas, noches, en que, incauto, me encontraba con esta serie en medio de mi zapeo noventero. Ese niño que entonces era, hoy me lo enseña todo: ante los problemas, ante los triunfos (y sí: hay también triunfos problemáticos), ante casi cualquier fenómeno, es una ventaja, una habilidad, poder mirar, contemplar, sin querer comprender o entender. La poesía es quizá una evocación de esos trances; la crítica (que no es lo mismo que la reseña literaria) es la incapacidad de morar así una imagen. 

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Algo brotó en un sueño, luego de la discusión

 


Si hay fuerza, será la de la ternura: soy de esos a quien la pasión entorpece. Tras el espasmo, el desinterés. Un comentario ligero que no pasó desapercibido: la suave tensión entre dos imanes, nublos cargados, lectores cautivos de la noción de verdad. Un perdón no resuelto desgarra el tejido de la amistad trenzada durante años: hay fatiga si hay fuga: fugitivo, un pensamiento, o mejor, un ángel me sigue como una sombra. Amado Amigo: me guardé, como un secreto, que mi intención fue dibujar en tu mente esta roca seca: te prefiero como poeta, y lo que más me gustó del film fueron los poemas de la novel, tan parecidos a ciertos movimientos de tu vuelo lírico, valientes guardianes de la cotidianidad.  

martes, 2 de septiembre de 2025

Dibujar, colorear.

 


Desde niño, las imágenes brotan, espontánea e involuntariamente, en mi mente. A esas formaciones les llamo pensamientos. Sin ser palabra, son lenguaje. Mi relación con el dibujo está asentada en la necesidad de reproducir esos pensamientos fuera de mí para que los otros los vean, porque siento que son potentes, comunicativos, emocionantes. El intento fue casi siempre fallido, salvo por algunos dibujos con los que hice reír a unas cuantas personas. Esto me hizo buscar desesperadamente la escritura, la música, otros medios; por eso me expreso en pasado, sobre todo porque encontré un mecanismo, tal vez un método, al saber que podía solicitarle a mi hermano el favor de que los dibujara. Él, sin haber aprendido ninguna técnica, es capaz de reproducir con fuerza lo que mira y visualiza. De este diálogo surgió Cronux y, muchos años después, La Mirada de Apolo. Hoy, siendo un Sebas-profe de Artes, me pregunto por todo esto mientras me afeito, y, ciertamente, creo que lo que entorpeció mi capacidad representativa, y mi posterior volcamiento a otras maneras de exteriorización, fue la manera como solían exigirme que pintara, o sea, primero figurar con lápiz y luego colorear. Gran error. Terrible imposición. No siempre es útil, no siempre es necesario. No todo necesita un borrador, una pre-figuración. Un carboncillo ya es obra; hoy los músicos lo sabemos: el demo es ya de por sí la obra. Aplicar el color directamente funciona como ideología: en el colorear libre e inmediato se distribuyen ya los pesos, los aires, el gesto, la narración. Las obras de colorfield son una forma de sentir. Debajo del techo de madera de las técnicas colegiales podemos también resultar heridos: mis pensamientos no son figuras, sino sensaciones térmicas, cromáticas; son esencias, ambientes. De niño me frustré: quería pintar la bruma, ¿cómo se hace eso con lápiz? La bruma, no los pinos ni el frío: la bruma, su presencia, su descendimiento. ¿Acaso el lápiz puede marcarle un destino al color?