sábado, 19 de agosto de 2023

Un solo tema

 


Introducción:
Cuando toda risa es burla; cuando la esperanza, es solo lujuria: llega el momento de hablar de dopamina, de fugas, de - más o menos - la vida.

Dos maneras de mirar según la ciencia:
El doctor De La Rosa, para contarnos cómo funciona el cerebro, nos indica que hay dos conceptos clave: mirar hacia arriba y mirar hacia abajo. A la ascendente se suma el mirar lo que está lejos; a la descendente, el mirar lo que está cerca. Para procesar cada una de estas dos maneras, nuestro cerebro se sirve de un grupo de neurotransmisores específicos. Para mirar hacia abajo, lo que tengo cerca, lo que consumo, esa comida fácil de adquirir, usamos serotonina, endorfinas, endocanabinoides. Para mirar hacia arriba, lo lejano, eso que me cuesta más trabajo conseguir o lograr, participa la dopamina. El problema surge cuando me empeño en gastar la dopamina en fantasías: cuando insisto en gastar el combustible previsto para recorrer grandes distancias, en circuitos cada vez más cerrados en las mismas recompensas inmediatas, a fuerza, principalmente, de auto engaño y autocompasión. 

Dos maneras de mirar según una enseñanza budista:
Creo que fueron los monjes del Tibet quienes nos enseñaron que hay dos maneras de mirar: la del león y la del perro. Lo precisan así: "si lanzas un palo lejos de un perro, este va correr detrás del palo. Pero si lanzas un palo lejos de un león, este te perseguirá a ti. Con el fin de encontrar la esencia, tenemos que mirar hacia la dirección correcta: hacia adentro."
Yo me atreví a entenderlo así: la mirada del perro está centrada en el no- centro, es decir, en el centro efímero, o sea, el estímulo: la pelota, el hueso de caucho, la migaja de pan, el otro perro. Lo suyo es husmear, y sobrevive en la dispersión de un presente que no cesa de variar: va de aquí para allá, ladra, atiende. Por eso, un perro cazador debe ser entrenado en la mirada del león. Seguramente la viste en el zoológico o en algún programa de Animal Planet: al león no lo distrae de su cebra otra cebra. Sin vivir al acecho, su orientación es definitiva. No se queda en el rato, sino que cruza las nubes del hoy y se aloja en eso que considera su objetivo.  

Avioncitos de papel
La fuga de energía - por ejemplo, la tensión - conduce a la lesión. En la conducta, ¿qué puede tener registro e impacto de fuga? Recientemente he evaluado mi manera de relacionarme con las demás personas: si bien he sido disciplinado, me he sabido rodar por estímulos más que efímeros. Sí: he situado mi mirada en lo alto y lo lejano. He procurado cuidar mi combustible, mi dopamina, pero también me he dejado llevar distraídamente por los caminos cortos de la recompensa cada vez más inmediata. He procurado ser mirada de león, pero no me es ajena la mirada de perro. La lesión emocional, sentimental, surge de este hábito: de perseguir los palos que mi mente me lanza. Abandonar la introspección que es rugido, que promete sendas largas: y no estoy hablando de viajar y acumular kilómetros porque sí (el león no huye): me refiero a la construcción vital, de una obra - un libro, una canción, un movimiento - en mi caso.
Y duele a veces volver a los borradores del mail, a las páginas de los diarios, y ver todas esas posibilidades abandonadas: las imagino en perpetua espera, a libro cerrado, conmigo en una gran fiesta beoda  en Carlos E. o en el Parque del Poblado, o regalando mi soltería o banalizando mi afectividad en relaciones cada vez más impersonales y prescindibles. En tiempos en que empezamos a comprobar los riesgos a los que conduce alabar la debilidad y perseguir la fortaleza, trato de invitarme a ser fuerte y cuidar y proteger y cultivar esa penca delicada que es la obra que se logra con imágenes, voz y palabras. Estoy seguro de que a ningún poeta le gustaría que comparase su obra con un Kfir, pero es inevitable para mí verme ante sus textos como un avioncito de papel.  Sí: sé que ellos preferirían ser el avioncito de papel, pero dispongo de este símil para darle un cierre y agrupar todo lo que hoy he escrito: las fugas, la mirada baja y cerrada en lo inmediato, me convierten en un avioncito, que pudiendo ser de cualquier material, se limita al vuelo corto de un impulso, se limita a ser, quizá, de servilleta.  

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