miércoles, 24 de agosto de 2022

El camino

 


Soñé que en una de las montañas del bosque habían encontrado un supuesto cadáver. Cuando las autoridades fueron a ver, se trataba de un hombre que se había quedado dormido. Al preguntarle por qué, él respondió que iba “camino al camino”. Yo sabía cuál era ese camino. Lo recordé. No era uno trazado por profesionales de la ingeniería civil o de la arquitectura; era un camino que había sido hecho en bajada (muy pocos logran andarlo de subida) por mil y un personas necesitadas, afanadas y urgidas, yendo directo al vicio y a sus placeres. En el suelo árido que lo conforma (“las piedras del camino, son el camino”) se reconoce una insistencia, un sendero corte, una herida cargada con los vestigios del dolor y la angustia con la que fue trazado por infinidad de adictos y curiosos decididos. El destino son la satisfacción y el sentimiento de culpa. Los primeros que lo cruzaron se abrieron paso entre la maleza y las ramas altas, y quienes les siguieron nos dejaron el paso libre a los que después vinimos. Cada vez que yo pasé por allí, me aseguré de dejar la vía despejada para los que vendrían luego, pero nunca se encuentra uno con alguien: por el camino se anda solo. Varias veces he intentado devolverme, ascender a través de él para salir, y aunque a veces he creído estar fuera, de repente, es fácil encontrarse nuevamente dentro de sus contornos; lo difícil es precisar cómo evitarlo. Aún así, la consciencia que lo insufla de vida es candorosa y compasiva al hacernos creer que no estamos de nuevo recorriéndolo, sino solo soñándolo.  


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