Antes, el
acto era conectarse a Internet. Una llamada podía tumbar la conexión.
Navegábamos frágilmente, pero con cierto rumbo.
Ahora, el
acto es desconectarse de Internet. Aún dormidos estamos navegando, pero ya sin
rumbo, en un scroll infinito producto de la adicción.
Sí: más
que navegantes, somos náufragos.
A veces,
un chispazo, un reflejo, un dolor, nos hace recordar la utilidad de
Internet.
Hace
algunos años, un grupo de hombres y mujeres se cansaron de Dios y lo convirtieron
en idea, fetiche y sofisma.
Confío
que algún día se repita la ocasión, la víctima no será menos inocente: un feral
Zaratustra se pregunta, en la mitad del bosque: "¡Cómo es posible! Este
Santo aún no ha oído que Internet ha muerto".
Y con su
muerte, ¿cuánto arte? ¿Cuánta música sanadora? ¿Cuántas verdades? ¿Cuántos
blogs como este?

No hay comentarios:
Publicar un comentario