jueves, 16 de octubre de 2025

Compensación

 

Foto por José Andrés Quintero Restrepo

"Ya es hora"... le escuchaba decir a mi mamá. "Ya es hora, Juancito, ya son las y media", y yo sentía que su maternal delicadeza no hacía menos terrible la certeza de que otra mañana de colegio se abría ante mí. Luego, en el bachillerato y durante toda la universidad, me serví de alarmas para despertarme, sin jamás lograr acostumbrarme a ellas. Mis veinte fueron, en general, apacibles y bohemios. Cuando acabé mi pregrado, y me sumí en el desempleo, me despertaba en soledad, en el vacío de mi hogar, sin tener que recurrir a los relojes. 
De hecho, en esta época de voraz y desaforado narcisismo, definí en mis manifestaciones y visualizaciones como escenario del éxito la posibilidad de prescindir de las alarmas, de los llamados matutinos, de esa agresión ruidosa pactada con el pretencioso yo de la noche anterior.  
Pero como crecer es aprender a negociar, a ceder - o a cambiar-, ya he asimilado que el presente me exija el uso de despertadores. Sí: aún sueño con poder despertar sin valerme de ellos, ingresando suavemente a la vigilia, aperezado hasta la parálisis, aturdido de tan abundante y profundo dormir, pero también sé que mis intenciones actuales me solicitan acceder a su uso, por ejemplo, para poder hacer ejercicio antes de ir a trabajar. No obstante, como un truco secreto, cuento con una práctica que compensa esta violenta y malviajante forma de iniciar los días a través de un estallido: la meditación trascendental. Sí: medito inmediatamente me despierto. Me siento lo más erguido posible, algunas veces desorientado aún, y paso del sueño al mantra, al trance, a la profunda inmersión, al chapuzón a ojo cerrado. Esta práctica amortigua el dolor y la molestia. La gratificación es inmediata: funciona como un llamado a la acción. El enojo y la frustración se disipan. Libre de opiniones, de ánimo de competencia, de justificaciones, me hago consciente, me percato y, fresco, inicio cada jornada. Surgen consejos mentales, casi órdenes de voces imperativas entonadas por una gnosis indescifrable; uno de los más recientes: "saca tus libros de poesía y ubícalos en la mesa de centro para que cuando te sientes cerca en vez de perder tiempo en el celular te animes a leer dos o tres poemitas". También, la memoria canta. Un escenario recientemente reconstruido: la vez que Ringo Starr, refiriéndose a la meditación trascendental, dijo que su propósito impulsor luego de meditar era: "hoy voy a aprovechar lo máximo que pueda mi tiempo".