jueves, 24 de julio de 2025

Desde el futuro, una línea salvavidas

 


El grunge trajo palabras nuevas a mi vida, un drama beatnik, el peso de algunas sensatas contradicciones. Lo mortuorio y lo colorido, los sepulcros floridos, la anatomía de combinaciones inusitadas. Aquella nota suicida, carta de despedida de Kurt Cobain, aligeró los aires, renovó mis lecturas. En su delirio desata lo prosaico. Supe que la escritura era arte plástica gracias a él; luego lo comprobé en otros "Altazores".
Lo particular fue que conforme fui ganando palabras dejé de anhelar la vejez. 
¿Qué territorio incierto será tal edad, tales escenarios? 
Recién en el '21, gracias al ejercicio, comprendí que mi calistenia cotidiana no versa de "lucir bien" en el espejo; se fundamenta en el hecho de hacer todo lo posible, de ser lo suficientemente constante, como para llegar a viejo en excelentes condiciones de movilidad, de pensamiento, de emoción. 
Y ahí surgió el pensamiento menos grunge de mi vida, o mejor, el pensamiento que disipó los rastros, los vestigios de ese estilo que tanto me cautivó y que de alguna forma, entre ironía y autosabotajes, persistía a manera de negativismo, pereza, joroba y (caprichoso) nihilismo. 
Tengo noventa o cien años; me veo en un cerro, una especie de colina frente al mar; me siento como en casa, en paz, protegido, seguro. La brisa rosa del ocre amanecer es todo lo que me rodea. Suenan las ramas más altas de los árboles. Son eucaliptos; comprendo ahora la antigüedad que Borges le asignó a este aroma. Estoy semidesnudo, tal y como me gusta ejercitarme desde hace tanto tiempo. Me elevo sobre la barra, en movimientos fluidos, fuertemente. En los segundos de descanso, entre serie y serie, pienso en mi vida; de manera particular, recuerdo los problemas de mis 30. "Qué época"... Me río: todo se solucionó de un modo rápido, fácil, beneficioso, creativo. Sigo siendo un optimista.
Cierro mis ojos: me veo escribiendo esta frase.

domingo, 13 de julio de 2025

Acerca de una canción de Las Deseo

 

Foto por David Kurtiz.

En diciembre escribí una canción llamada "Sin dólares en Medellín". Surgió, como siempre, mientras fantaseaba. La escucho y noto la ironía: en esta etapa de mi vida, caracterizada por mi renovada intención de asentarme en Medellín, más que en otras esferas (como la familia, por ejemplo), me imaginé cómo serían los escenarios de una eventual partida, del desplazamiento, del desarraigo. No sin cierto ánimo nadaísta, sentí - involuntariamente - a la ciudad como una mujer, como una ex pareja. Urdí la imaginaria ira, la sentida narración. Pero rumiar aclara los sabores: de irme, puede que salga, que me vaya hablando mal de ella (no son pocas las personas que han quedado enojadas conmigo por, simplemente, no haber querido darles lo que de mí, sin razón alguna, esperaban), pero no persistiría mucho tiempo ni en las diatribas ni en la queja. No voy a hablar mal de mi ex, no hay que hacerlo, pensé y ya así lo canto. Sumado a este juego hay otro elemento, un término que se hace presente pero desde su ausencia: en ningún momento hablo de Medellín como valle, porque lo que quiero narrar es la ciudad desconectada de su natural geografía; es decir, cuando como sociedad volvamos a ser más valle, más montaña, más cuenca de río, que dinámica urbana, que paila caliente, tomaremos mayor perspectiva y le habremos dado contornos humanizantes al capitalismo. Por el momento, somos un hervidero del comercio. 
Y no es el río el que va en contravía.
No es el río al que hay que canalizar.