El grunge trajo palabras nuevas a mi vida, un drama beatnik, el peso de algunas sensatas contradicciones. Lo mortuorio y lo colorido, los sepulcros floridos, la anatomía de combinaciones inusitadas. Aquella nota suicida, carta de despedida de Kurt Cobain, aligeró los aires, renovó mis lecturas. En su delirio desata lo prosaico. Supe que la escritura era arte plástica gracias a él; luego lo comprobé en otros "Altazores".
Lo particular fue que conforme fui ganando palabras dejé de anhelar la vejez.
¿Qué territorio incierto será tal edad, tales escenarios?
Recién en el '21, gracias al ejercicio, comprendí que mi calistenia cotidiana no versa de "lucir bien" en el espejo; se fundamenta en el hecho de hacer todo lo posible, de ser lo suficientemente constante, como para llegar a viejo en excelentes condiciones de movilidad, de pensamiento, de emoción.
Y ahí surgió el pensamiento menos grunge de mi vida, o mejor, el pensamiento que disipó los rastros, los vestigios de ese estilo que tanto me cautivó y que de alguna forma, entre ironía y autosabotajes, persistía a manera de negativismo, pereza, joroba y (caprichoso) nihilismo.
Tengo noventa o cien años; me veo en un cerro, una especie de colina frente al mar; me siento como en casa, en paz, protegido, seguro. La brisa rosa del ocre amanecer es todo lo que me rodea. Suenan las ramas más altas de los árboles. Son eucaliptos; comprendo ahora la antigüedad que Borges le asignó a este aroma. Estoy semidesnudo, tal y como me gusta ejercitarme desde hace tanto tiempo. Me elevo sobre la barra, en movimientos fluidos, fuertemente. En los segundos de descanso, entre serie y serie, pienso en mi vida; de manera particular, recuerdo los problemas de mis 30. "Qué época"... Me río: todo se solucionó de un modo rápido, fácil, beneficioso, creativo. Sigo siendo un optimista.
Cierro mis ojos: me veo escribiendo esta frase.

